El murciélago

La prohibición de bajar a la playa con animales ya no tenía sentido.

No había playa.

Nuestro río Negro, que baña y divide horizontalmente al Uruguay a la altura de San Gregorio de Polanco en Tacuarembó, mostraba en pleno verano una crecida impresionante.

Del muro de la rambla dentro del camping donde antes se caminaba una cuadra hasta la orilla, ahora pescábamos bagres y dientudos y se zambullían los muy diestros. Había fácil cuatro metros de hondura, asomaban sólo copas de árboles del arenal, y las ramas eran usadas de trampolín por los gurises-rana que todo pueblo costero tiene, esos que aprenden a nadar antes que a caminar con firmeza.

El balneario del interior profundo de aproximadamente tres mil habitantes y más de ciento cincuenta años, no era el mismo excepto por la calma y el ritmo pausado de su sencilla y afectuosa gente.

Medrado a cierta edad el entusiasmo de acampar, compartíamos rancho grande con la familia para tener cerca a cuatro generaciones al menos por unos días antes de la vorágine del año escolar: abuelos, padres, nietos y bisnietos.

Y heme aquí de madrugada y despierta en medio de felices y numerosos durmientes, atisbando el enorme e impecable quincho con terror desde abajo de la almohada donde el instinto me hizo guarecerme (¿?) del intruso que acabo de ver a mi regreso del baño: un murciélago.

Tuve el dudoso privilegio de ser la única sorprendida por su vuelo que atravesó la casa de un extremo al otro y deberé probar dicha cohabitación nocturna ya que luego no se divisó al ratón volador aún con linterna.

Superado el primer espanto, opté por esperar el amanecer sentada en una silla, convencida que desde las alturas el repulsivo acompañante de vacaciones reía de mi ignorante necedad, al actuar como si sólo los humanos tuviésemos derecho a la vida existiendo una escala biológica tan diversa y necesaria.

Al pasar los días recuperé la calma aún sonando en mis oídos el chillido fantasmal.

Un 70% son insectívoros y la mayor parte frugívoros (comen frutas); algunos se alimentan de pequeños vertebrados como ranas, roedores, o de sangre. Son los encargados de exterminar insectos mientras las aves duermen, ¡casi 600 en una hora! Se les protege en su hábitat natural y es bastante usual encontrarlos en techos altos de construcciones antiguas o en cajones de ventanas donde anidan y tienen crías.

Me sentí tan culpable que pensé en buscarlo para acariciarlo y preguntarle qué le gustaría cenar.

Habría tenido ocasión de hacerlo porque por lo visto se aquerenció y volvió ­cosa que me ocultaron­ entrando como si nada por la puerta de atrás las dos noches mientras hacíamos fuego en el parrillero. A estas alturas padre, hijo y marido, ahuyentaron definitivamente tamaña amenaza a la paz pública, evaluando mis vigilias llorisconas y el miedo de las nenas que se mudaron abajo al saber del huésped no invitado.

Reflexionaba sobre el imprescindible rol de cada ser viviente en la Naturaleza y su equilibrio, y en cómo últimamente con más furia, el planeta parece querer deshacerse de la gente.

La Tierra no aguanta ya tanta manipulación insensata.

Dijo Pepe Mujica, nuestro flamante presidente de la República ante la Asamblea General el día que asumió:

«Hoy la comunidad internacional pide que nos pensemos a nosotros mismos como miembros de una especie, cuyo hábitat está cada vez más amenazado. Hace años que el país ha incorporado una fuerte conciencia sobre el tema, ha legislado con sabiduría y ha operado con decisión y transparencia. Pero la tensión, entre el cuidado del medio ambiente y la expansión productiva, va a ir en aumento.

Hemos reservado las estrategias de medio ambiente, para ser tratadas en régimen de políticas de Estado.

El Estado deberá arbitrar y tomar las mejores decisiones.

Tenemos que decidirlo entre todos. Y después, enfrentar las consecuencias entre todos».

¿Cómo haremos para conciliar adelanto tecnológico con respeto al ecosistema?

Cambios climáticos, inundaciones permanentes, sequías, movimientos telúricos, maremotos y tsunamis, son moneda corriente e impiden manejar riesgos. La Cumbre de Copenhague logró resultados pobres en la reducción de emisiones de gases invernadero por parte de países industrializados, con incidencia en atenuar impactos como el calentamiento global conducente a la elevación de los niveles del mar.

Casi siempre los ricos vivieron cerca de las costas…

Eso tal vez sí, comience a cambiar ahora.

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