Alternativas al capitalismo
Es ya común hablar del fracaso o al menos el agotamiento del «capitalismo salvaje», según la expresión de Juan Pablo II, vale decir de los dogmas y recetas del Consenso de Washington. La minimización del Estado, las privatizaciones, el endiosamiento del mercado, la desregulación, todo ello exhibió fracasos rotundos no sólo en cuanto a sus efectos sociales sino, también, en cuanto a lograr las metas económicas fijadas. La reciente crisis de la burbuja inmobiliaria estadounidense, crisis que, globalización mediante, afectó al resto del mundo, vino a desnudar definitivamente el fracaso de las recetas neoliberales.
Los bancos, rescatados por el Estado sacrificando recursos destinados al área social, vuelven a especular ahora contra esos mismos estados que los salvaron de la crisis que esos mismos bancos provocaron. Se priorizó la economía por encima de la política en ese afán ultraliberal de desregularización a rajatabla, exigiendo que el Estado tuviera un papel mínimo sin intervenir para nada en la economía; pero cuando las papas empiezan a quemar, es él el único capaz de conjurar la crisis, y a él apelan los popes del neoliberalismo y los dueños del capital. Que el Estado no se inmiscuya y nos permita seguir enriqueciéndonos pero que nos asista cuando la situación se nos va de las manos.
Ahora bien, frente esta realidad que vivimos desde los años ochenta del siglo pasado y que marca el comienzo del nuevo siglo, no aparecen alternativas sólidas; no hay respuestas plausibles. Una vez derrumbado el mundo socialista con la Unión Soviética a la cabeza, el mundo no ha encontrado una alternativa al modelo de desarrollo capitalista. Con todos sus defectos y sus desbordes autoritarios, el bloque socialista fungía como una alternativa real y como un freno al imperialismo sin moral. Al mismo tiempo, los países de Europa occidental buscaban un equilibrio entre los dos polos tratando de suavizar los efectos sociales del capitalismo mediante políticas de corte socialdemócrata; el laborismo inglés, el socialismo francés (e incluso el gaullismo con su postura antiestadounidense), las coaliciones de centro izquierda en Italia, se presentaban como una tercera vía posible y factible.
Sin embargo, luego de la implosión de la URSS, y como efecto del avance arrollador del neoliberalismo y la globalización (al amparo de teorías que marcaban el fin de la historia y de las ideologías), se fue verificando un corrimiento de la socialdemocracia europea desde el centro hacia la derecha del espectro político y hacia posturas económicas cada vez más lejanas del socialismo. La famosa «Tercera vía» impulsada por el gobierno laborista de Tony Blair fue un ejemplo de lo que acabamos de decir; con el agregado de un alineamiento con la política internacional estadounidense que llevó a Inglaterra a convertirse en una suerte de peón de EEUU en Europa cuando acompañó las invasiones a Afganistán e Irak.
En este panorama, parecería que es en Latinoamérica donde empiezan a asomar alternativas posibles a un sistema económico cuyas crisis van agotándolo poco a poco. Claro está que esa izquierda latinoamericana tiene componentes bien distintos de lo que fue la izquierda europea. En primer lugar, está impregnada de un nacionalismo marcado y, en varios países, del fenómeno del indigenismo en una suerte de sincretismo político muy peculiar.
Los gobiernos de Argentina, Brasil, Uruguay y Chile (aunque luego de veinte años el progresismo haya perdido el gobierno) como los de Venezuela, Bolivia y Ecuador, aunque desde la derecha y los medios del poder se los quiera dividir, presentan una característica común: buscan concretar una alternativa creíble al neoliberalismo. Con sus matices, sus ritmos y énfasis diferentes, son el corazón de un camino nuevo. Con los pies sobre la tierra y la mirada en la utopía.
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