Una placa para Pierra Curie

En la Plaza que lleva el nombre de Marie Curie, en la Av. Luis Alberto de Herrera casi Rivera, en una mañana otoñal de Montevideo se descubrió un monolito con una placa alusiva a tan ilustre y destacada científica, que más que francesa, lo fue del mundo, ya que su obra científica luego continuada por su hija Irène y su esposo Frèdèric Joliot (más conocido en el ámbito por los luchadores por la paz en el mundo en la época de la Guerra Fría como Joliot Curie) pues el trabajo y la dedicación de esa familia al servicio de la investigación científica los colocó en la historia como protagonistas de primera línea en la búsqueda de los secretos de la materia, de su desintegración en elementos, partículas, moléculas, etcétera, que el cientista en el estudio y en práctica de laboratorio puede dominar, ejerciendo gravitación indiscutible en la tecnología médica.

Así recibieron el premio Nobel de Física por sus descubrimientos en la radioactividad, donde aportaron elementos nuevos como el radio y el polonio. La física, la química, fueron el sentir de su existencia.

Marie, luego de la trágica muerte de su esposo en un accidente (atropellado por un coche de caballos mientras caminaba hacia su laboratorio) fundó en París, en 1914, el Instituto Curie.

Los Curie son símbolos en la física: el curio, en el espacio un asteroide se denomina Curie, y en la Luna y en Marte hay cráteres con el nombre de Curie.

Tanto Marie e Irène, como Frèdèric, murieron víctimas de las consecuencias del contacto incesante con un material contaminante, por lo tanto peligroso.

Aportaron a la humanidad descubrimientos fundamentales para auscultar el cuerpo humano y a la vez, debidamente administrados, atacar malignidades de enfermedades ayer incurables, como el cáncer.

Pagaron con sus vidas la curiosidad científica y el valor de no medir consecuencias personales cuando se trata de investigar.

Humanizaron la ciencia y ofrendaron sus vidas, el don más preciado, para avanzar en el dominio de la impenetrabilidad de la materia.

Aquí, en Uruguay, hubo un médico apasionado de la física y las radiaciones, y a los 24 años se instaló en el Instituto de Radiología, hoy Instituto Nacional de Oncología. Después de 1958 se transforma en su director, siendo uno de los médicos radiólogos más notables de la medicina nacional, el doctor Alfonso Frangella, quien estrenara la aplicación de betatrón en el Instituto y también fuera víctima de la maligna enfermedad contra la que tanto luchó.

Cuidado por el equipo de asistentes del Instituto, falleció el 9 de setiembre de 1978; allí mismo fue velado y despedido por sus colegas, y con ellos, toda la grey médica del Uruguay.

El callejón del Instituto espera una placa que perpetúe la memoria de un hombre sabio y un médico ejemplar.

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