El alto precio de la dignidad
Por Nahum Bergstein Analista ([email protected])
» La muerte es victoria cuando los rígidos despojos son afirmación del ideal y del honor».
¿ Quién, cuándo y dónde fue escrita esta frase?
El autor es el comandante Huber Matos, maestro rural, doctor en pedagogía, quien en 1956 se unió a la guerrilla castrista y se convirtió en poco tiempo en el jefe de la columna militar 9, la que más combates libró para derrocar a Batista. Cuando la Revolución triunfó enero de 1959, la foto de la entrada a La Habana del victorioso Fidel Castro flanqueado por Camilo Cienfuegos y Huber Matos, recorrió el mundo. Matos pasó a ser gobernador militar de la región de Camagüey e integrante del primer gobierno revolucionario. Renunció 9 meses después, desconforme por la forma solapada con que el gobierno estaba entregando la revolución a los comunistas. Encarcelado, tras un juicio sumario se le impuso el 21 de octubre de 1979 una condena de 20 años de prisión la cual cumplió íntegramente. El último día, un sargento entró a la celda y le dijo: «Vístase, Ud. se va hoy.» Frente al portón lo esperaba el hijo del presidente de Costa Rica Rodrigo Carazo.
Huber Matos escribió esta frase en la pared de su celda 11 años antes, el 1º de marzo de 1968, fecha en la cual, resistiéndose a permanecer desnudo, incomunicado y en régimen de castigo permanente, comenzó una huelga de hambre: «¡O me respetan o me echan a la fosa!»
En los días subsiguientes bebía agua y, cuando caía en estado de sopor, lo alimentaban en forma intravenosa. En sus memorias, recuerda así sus vivencias de entonces: «Pasan días y más días. No hay noción del tiempo, no hay esperanza. La muerte sería una solución. Pero no llega.» Afortunadamente, para él no llegó. El 12 de agosto sus reclamos fueron concedidos, incluso el uniforme amarillo de los presos políticos, y puso fin a la huelga. Pesaba 47,25 Kg.
En cambio, Orlando Zapata Tamayo, 43 años de edad, albañil y plomero, sin ser relevante en la disidencia recibió una condena de 3 años, prolongados a 36 (no se trata de una errata de imprenta) por su contumaz rebeldía, declarado prisionero de conciencia por Amnesty International, no tuvo la misma suerte. Inició una huelga de hambre a raíz del maltrato carcelario. Se le alimentó también con agua y suero, pero tras 85 días de ayuno, algo falló y murió en prisión.
Huber Matos dijo que la guerra en prisión es una lucha solitaria por la dignidad, y la huelga el último recurso contra el abuso. La muerte del prisionero como consecuencia de una huelga de hambre es un acto de rebeldía del cual abominan los dictadores por su capacidad de contagio.
Tengo la impresión de que en Cuba los opositores a quienes el régimen denomina «gusanos» (dicho sea de paso, el término «gusano» aplicado a opositores o enemigos políticos no es un invento castrista. En agosto de 1939, antes de la invasión a Polonia, Hitler dijo a sus generales: «Nuestros enemigos son gusanos. Lo demostraron en Munich»), están siendo neutralizados como resultado de varias tácticas, a cual más intimidatoria, como las privaciones de libertad a disidentes por períodos cortos, proscripciones, escarnio público, etc.
A pesar de ello, la muerte de Orlando Zapata puede revertir esta situación galvanizando la disidencia y atrayendo la atención de la opinión pública hacia los aproximadamente 200 prisioneros políticos del régimen. Es verdad que Zapata no es el primer preso político que muere en una cárcel cubana a causa de ese tipo de protesta. Pedro Luis Boitel murió tras 53 días de ayuno y la tragedia no tuvo consecuencias políticas. Pero sucedió en 1972, cuando la Unión Soviética estaba en su apogeo. Hoy es otro mundo.
Los principales periódicos de Occidente están haciendo oír su voz. Estados Unidos, la Unión Europea, y organizaciones de derechos humanos (no escuché las reacciones de las ONG uruguayas) exigen la libertad de los presos políticos. El «Washington Post» editorializa expresando que la muerte de Zapata demuestra el fracaso de las concesiones que se hicieron para mejorar la situación de los derechos humanos en Cuba.
Lo de Lula es un caso aparte. La muerte de Zapata no lo disuadió de viajar el mismo día a Cuba para reafirmar su apoyo al régimen y manifestó que una carta previa de 50 presos políticos pidiendo que interceda por su liberación y por Orlando Zapata, no llegó a sus manos. Eso sí; lamentó su muerte.
Pero la ola de condenas internacionales se mantiene vigorosamente. Por cierto, hay excepciones. Una de ellas, el Senado de nuestro país, donde la bancada frenteamplista se opuso tan siquiera a debatir el tema. La defensa que ensayaron algunos de sus integrantes fue, en mi opinión y sin entrar en detalles, patética.
De todos modos, creo que el alto precio que tuvo que pagar Orlando Zapata Tamayo para salvaguardar su dignidad, no fue en vano.
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