Ideología y partidos
Desde la izquierda tradicional siempre se sostuvo que los dos grandes partidos históricos no se diferenciaban sustancialmente entre sí. Uno de ellos respondía en términos generales a los intereses del campo y el otro, a los del comercio y el puerto; pero en definitiva ambos respondían a los intereses de las clases dominantes y de la oligarquía, a diferencia de los pequeños partidos Socialista y Comunista, defensores de los asalariados y de las clases populares.
Sin embargo, a lo largo de 170 años de historia, blancos y colorados fueron asumiendo alternativamente posturas encontradas. En la segunda mitad del siglo XIX el Partido Blanco se caracterizó por el énfasis en la defensa de la soberanía y el reclamo por libertades y garantías electorales. A comienzos del siglo pasado, el surgimiento de la figura de José Batlle y Ordóñez dotó al Partido Colorado de un contenido de corte socialdemócrata, imagen que mantuvo hasta mediados de siglo, opuesta al nacionalismo más conservador de Luis Alberto de Herrera.
Pero la crisis que terminó con casi cien años de predominio colorado llevó a que ambos partidos se mimetizaran y que ambos ofrecieran opciones políticas de izquierda y de derecha. El liderazgo de Wilson Ferreira marcó un quiebre y transformó al nacionalismo conservador en una fuerza ubicada más al centro del espectro y con un programa progresista.
Con la muerte de Ferreira Aldunate a fines de los ochenta, el partido volvió a ser liderado por sectores conservadores, al punto que en las elecciones de 1989 el doctor Lacalle resultó triunfador. La reforma electoral de 1996, al introducir la elección interna y la candidatura presidencial única por lema terminó de afianzar liderazgos conservadores en ambos partidos tradicionales, lo que ocasionó que personalidades y sectores de centro izquierda, que hasta entonces militaban en los partidos históricos, abandonaran la vieja divisa para engrosar las filas del Frente Amplio. El electorado también dio un vuelco otorgando la mayoría a la izquierda y el consiguiente retroceso de blancos y colorados.
Por más que en filas nacionalistas el sector conducido por el doctor Larrañaga se muestre como una opción de centro diferente de la que ofrece el Herrerismo bajo el liderazgo del doctor Lacalle, es claro que blancos y colorados han vuelto a mimetizarse y se muestran a los ojos del electorado como opciones conservadoras; para corroborar esta afirmación, basta pensar en la presteza con que se han unido para enfrentar al Frente Amplio en las dos experiencias de balotaje que ha habido.
Los sectores nacionalistas que se reclaman herederos del wilsonismo siguen apostando a volver a tomar el control del partido de modo de ofrecer una alternativa potable y creíble a la propuesta del Frente Amplio. Esa corriente atribuye al hecho que haya sido el doctor Lacalle el candidato único partidario, la derrota sufrida en la última elección.
Y es así que, anticipándose a la anunciada autocrítica prevista para después de las elecciones municipales, se conoció un documento elaborado por el doctor Eber da Rosa, uno de los hombres fuertes de Alianza Nacional, que contiene fuertes críticas hacia el doctor Lacalle. No es nuestra intención inmiscuirnos en los asuntos internos del Partido Nacional, pero no podemos dejar de señalar el acierto de lo que allí se expresa, pues viene a resultar una aceptación de la realidad que expusimos someramente al comienzo de este editorial.
Nada hay que agregar a este párrafo del documento:
«Perdimos el voto de la izquierda moderada y de buena parte del centro del espectro político y nos abroquelamos en un discurso viejo y elitista».
A confesión de parte, relevo de prueba.
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