EDITORIAL

Mujica presidente

Hay momentos enormemente simbólicos en la vida de un país. Ayer la transmisión de mando de Tabaré Vázquez a José Mujica fue sin duda uno de ellos.

Hay múltiples abordajes posibles para la emocionante jornada democrática vivida ayer.

Se puede destacar el valor de que por primera vez un presidente de izquierda suceda a otro.

O quizás el profundo significado político de que un hombre con la historia y la trayectoria de Mujica asuma la presidencia de la República.

Tal vez se pueda hacer resaltando la numerosa y destacada presencia internacional en la ceremonia de transmisión de mando, desde Hillary Clinton a Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa, Ramón Machado Ventura y Tomas Borge; pasando por Lula, Cristina Fernández y Néstor Kirchner y el príncipe Felipe.

También puede hacerse desde el contenido de los discursos realizados por Mujica, tanto ante la Asamblea General como en la Plaza Independencia.

El compromiso de terminar con la indigencia y reducir un 50% la pobreza, el de mantener el rumbo económico del primer gobierno del Frente Amplio, los acentos en la educación, la energía, el medioambiente y la seguridad.

El énfasis puesto en la necesidad de políticas de Estado, de acuerdos políticos, de gobernar «con todos y para todos».

La reivindicación de la gestión de Tabaré Vázquez y su continuidad, pero también los matices ya en el propio discurso de asunción: el de Vázquez fue un prolijo anuncio de medidas, el de Mujica una declaración casi en el plano filosófico del rumbo nacional.

Todas estas lecturas y muchas más serían justas y adecuadas.

Sin embargo, un hecho de la trascendencia del ayer, de la profundidad democrática, republicana y ciudadana, tiene una dimensión que también requiere ser registrado: el de los sentimientos.

Es imposible resumir el torrente de sentimientos que las uruguayas y los uruguayos todos vivimos ayer.

El único camino posible es intentar reflejarlo con algunos momentos que pueden ayudar a matrizar la profundidad de lo que ayer ocurrió.

El primer momento que descolló fue la promesa de cumplir la Constitución de Mujica ante la compañera de toda su vida, Lucía Topolansky; décadas de lucha, de cárcel, de compromiso, resumidas en unos pocos e intensos segundos.

El segundo momento, el encuentro de Mujica y Danilo Astori con la gente, con los cientos de miles de uruguayos que desbordaron Avenida del Libertador y 18 de Julio. Miles de banderas, miles de gritos de aliento y la emoción pintada en todos los rostros.

El tercer momento, la llegada a la Plaza Independencia, el encuentro con Tabaré Vázquez, la banda presidencial que pasa de Vázquez a Mujica y los dos largos y apretados abrazos entre el primer presidente de izquierda del Uruguay y el segundo.

El cuarto momento, el saludo con los mandos militares y policiales y el austero, pero particularmente significativo, desfile para rendirle honores al presidente Mujica.

El quinto momento, la sorpresiva decisión de Mujica de darle la palabra a Danilo Astori, ratificando, por si hacía falta, la decisión de que el vicepresidente tendrá en este gobierno un papel diferente a cualquier otra administración anterior.

El sexto momento, Mujica, Lucía, Danilo y Claudia, cantando junto a Los Olimareños y a cientos de miles de emocionadas gargantas «A don José».

Ayer fue un día mágico y por supuesto es cierto que como dijo Mujica «a partir de mañana empieza el purgatorio».

Pero no dejar de ser trascendente, histórico, ver al presidente Mujica, como cantaron cientos de miles con él: «Ven a ese criollo rodeao, rodeao, rodeao».

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