Un retrato desgarrador de la juventud marginal
Días pasados el canal de televisión del Estado exhibió un mediometraje nacional impactante. No se trataba de un estreno pues el filme tiene más de diez años, pero su vigencia se mantiene intacta. Estamos hablando de la película «Vida rápida», una ficción inspirada en hechos reales que desnuda una faceta de nuestra realidad social particularmente dolorosa.
El argumento relata la peripecia de un adolescente marginal que vive, junto a su madre y hermanos, en una pieza de uno de los innumerables inmuebles tugurizados de la Ciudad Vieja. El joven empieza por prostituirse es «levantado» por un homosexual burgués de edad madura, participa junto a un compinche en pequeños arrebatos y lleva a cabo un hurto nocturno en una joyería. Se enreda con otros malhechores mayores que lo «aconsejan» y le sirven de intermediarios para contactarse con reducidores que le compran el producto de su hurto a precio vil. Es consciente de que su calidad de menor de edad lo exime de ser procesado, lo que lo lleva a actuar con total inmunidad y hasta con cierta actitud altanera y de desafío.
No obstante, una noche la Policía irrumpe violentamente en su morada, lo esposa, lo golpea y lo lleva detenido, probablemente merced a la «batida» de algún informante. Antes de ser derivado al Iname, recibe las «caricias» habituales de la Policía (golpes y submarino en el inodoro del retrete) exigiéndole que dé los nombres de cómplices y de reducidores. La estadía en dependencias del Instituto del Menor transcurre entre calaboceadas y ocio improductivo, con la excepción de alguna charla con autoridades, psicólogos o asistentes sociales que intentan, vanamente, enderezarlo apelando a una racionalidad y a valores que para el muchacho resultan totalmente ajenos a su pobre mentalidad. En una escena en que lo muestran compartiendo un porro con una amiga, Marcelo el protagonista expone con todo su candor cuáles son sus grandes metas en la vida: tener una buena casa, mucha guita y un auto.
Tras ser liberado, y tras las infructuosas gestiones de asistentes sociales, vuelve inevitablemente a su vida, a someterse a que algún homosexual le practique una felación a cambio de unos pesos, a idear algún golpe que le permita acceder a las metas propuestas. Finalmente, opta por extorsionar al homosexual que aparece al comienzo amenazándolo con revelarle su doble personalidad y su bisexualidad a su familia. A los pocos días, y mientras espera una respuesta a su chantaje, es abatido de dos balazos por un desconocido en una calle de la Ciudad Vieja.
La película, sobria y punzante, obliga a reflexionar sobre ese drama social que es la indefensión y el desamparo en que viven los compatriotas desplazados. No se trata de indigentes, ni de hurgadores ni de habitantes de cantegriles. Es simplemente gente desplazada, sin horizontes, descreída casi al extremo del nihilismo, para la cual ni la sociedad ni el Estado pueden ofrecer respuestas medianamente eficientes.
Queda claro que la tarea no puede limitarse a combatir la indigencia ni a realojar a las familias marginales en viviendas decorosas. Con esto no queremos decir que no urja paliar una realidad sublevante de modo de mitigar al menos la situación de los carenciados mediante alguna suerte de asistencialismo. En ese sentido, la acción de las ONG es plausible pero no es la solución.
El gobierno tiene ante sí una tarea titánica si de veras se propone rescatar a esa juventud marginada y tanto o más desamparada que las víctimas de sus futuras acciones delictivas.
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