Demasiado dinero, demasiada presión

Con la excusa de combatir al narcotráfico, en 2009 Alvaro Uribe firmó un acuerdo con sus amos del norte que permitirá a aquellos utilizar varias bases militares con el fin de no sólo ayudar al gobierno a contrarrestar a los insurgentes de las FARC y el ELN, sino, y sobretodo, espiar a Venezuela, Ecuador, Bolivia y toda la región hasta el Cabo de Hornos. Estados Unidos puede ahora enviar tropas, buques de guerra y aviones y plantarse en la frontera con Venezuela colocando al límite de tensión las relaciones con el gobierno de Chávez. Por supuesto que los militares y contratistas gozan como siempre de impunidad ante la justicia colombiana y la Corte Penal Internacional.

Estados Unidos tiene así un negocio redondo, ya que domina a Afganistán por medio de un gobierno títere y a Colombia por medio de otro gobierno títere, de tal manera que el principal productor y exportador de opio del planeta y el principal productor y exportador de coca están bajo su absoluto dominio. Desde que Estados Unidos controla a Afganistán, la producción de opio, del que se extrae la heroína, ha crecido de manera desmesurada.

Sólo desde 2005 a 2006 dicha producción aumentó en un 49% de acuerdo a informes de la ONU. Paradójicamente, con el gobierno Talibán y la ayuda de Naciones Unidas los cultivos destinados a la droga estaban reduciéndose con éxito; fue con la llegada de las fuerzas norteamericanas y sus «contratistas» que el proceso se revirtió. Iniciado en 2000, y a tan solo un año de su implementación, el programa logró la reducción de un 94% de los cultivos de opio, lo cual se tradujo, de acuerdo a un informe de Naciones Unidas, en 185 toneladas menos de la droga.

Cinco años después de la ocupación, la producción se había cuadruplicado. Para entonces, Afganistán ya suministraba el 92% de la producción mundial de opio.

Quizá ahora comencemos a comprender uno de los motivos por los cuales Estados Unidos invierte fortunas en mantener 800 bases militares a través del globo terráqueo.

El narcotráfico financia buena parte de estas operaciones, lo que ha quedado demostrado en múltiples ocasiones en que empresas contratistas como DynCorp fueron descubiertas con las manos en la masa.

Esta empresa, cómplice del Pentágono, está integrada por mercenarios que han intervenido en prácticamente todos los conflictos creados por Washington en Colombia, Bolivia, Perú, Corea, Afganistán, Vietnam, Kosovo, Kwait, Bosnia, Angola, Somalia, Haití y El Salvador. De hecho, los tres «contratistas» que fueran secuestrados por las FARC y liberados por el gobierno, que ahora recorren Estados Unidos en motocicletas promocionando su libro, eran mercenarios de DynCorp.

En Mayo de 2001 un cargamento de heroína fue interceptado en el aeropuerto El Dorado, de Bogotá. El destinatario del cargamento era nada menos que la base aérea Patrick, de La Florida, mientras que el remitente resultó ser la empresa DynCorp.

Ya en abril de 2005, un avión despegó de la base militar de Apiay, Colombia, con destino a otra base militar en Texas, Estados Unidos. La nave y los cinco militares norteamericanos que custodiaban celosamente su carga pertenecían al Plan Colombia. La carga, of course, consistía en 16 kilogramos de cocaína, como para alegrar un poco el viaje. Este envío fallido sería parte de una larga lista de cargamentos ilícitos, pero un manto de silencio dotó de impunidad a toda la organización narcotraficante.

Pero también el tráfico de armas es un gran negocio en países ocupados o regidos por gobiernos títeres.

Al mes siguiente del caso citado, los instructores de tiro del Centro Nacional de Entrenamiento del Ejército en Tolemaida, Alan Tanquary y José Hernández, de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos, fueron sorprendidos mientras transportaban decenas de miles de proyectiles para abastecer a grupos paramilitares, siendo esta nada más que una perla de un largo collar.

Estados Unidos necesita crear guerras para controlar el tráfico de drogas y armas, pilares fundamentales de una economía tambaleante. Se trata de un negocio espectacular, ya que mientras los campesinos afganos y colombianos cobran apenas unas monedas por su trabajo, un gramo de heroína cuesta unos 100 dólares en las calles de Gran Bretaña y Estados Unidos. Si agregamos que de un kilogramo de opio se obtienen 100 gramos de heroína pura y esta suele venderse con una disminución del 50 por ciento de su pureza, y añadimos que estamos hablando de miles de toneladas traficadas anualmente, las cifras producidas son descomunales.

Sólo gracias a lo extraído de Afganistán, sin considerar a Colombia y otros productores, las ganancias oscilan entre 120 mil millones a 150 mil millones de dólares anuales, lo suficiente como para comprar presidentes con el cambio chico. También se benefician de este negocio los bancos que blanquean el dinero sucio y los llamados «paraísos fiscales», cómplices necesarios junto a políticos, policías, militares, paramilitares y grupos terroristas.

El control norteamericano no sólo apunta a gobiernos, sino también a las rutas del narcotráfico, punto clave para comprender algunas guerras incomprensibles promovidas por Estados Unidos.

Barak Obama ganó las elecciones prometiendo retirar tropas en Medio Oriente, pero al año de ocupar su cargo envió 34.000 efectivos más a Afganistán. Ya en 2010, va creciendo la producción de opio.

Demasiado dinero, demasiada presión.

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