EDITORIAL

La educación como desafío

Hacia mediados de enero pasado dedicamos un editorial a reflexionar sobre los acuerdos interpartidarios a los que el gobierno electo se propone llegar en cuatro grandes áreas del quehacer nacional.

Decíamos entonces: «De esas cuatro grandes áreas sobre las que se busca lograr entendimiento (educación, energía, seguridad y medio ambiente) hay una ­la educación­ en la que pueden preverse discusiones interminables ya que se trata de un tema especialmente polémico en el que se aúnan conceptos tales como proyecto de país, fines de la educación, autonomía, cogobierno y programas; casi nada. No obstante, no es imposible llegar al diseño de una política pública que concite un relativo consenso y que nos permita despegar saliendo del atolladero en que se halla nada menos que la formación de niños y jóvenes».

Pues bien, transcurrido un mes desde entonces, y cuando apenas falta una semana para la asunción del nuevo gobierno, oficialismo y oposición parecen encaminarse hacia un entendimiento saludable en materia de seguridad (ya hay consenso en extender la acción de la Guardia Republicana a todo el territorio nacional); también parece viable que se llegue a acuerdos en otras dos áreas, energía y medio ambiente, por más que se mantengan aristas polémicas en lo que tiene que ver con recursos energéticos y fuentes alternativas. Pero es poco o nada lo que se ha avanzado en lo que tiene que ver con educación.

Obviamente, hay una total coincidencia entre todos los partidos en cuanto a la importancia de la educación y a la necesidad de resolver los problemas que se plantean en esa área, de modo de mejorar el sistema educativo; eso, nadie lo discute. Pero no bien comienza a tratarse el diagnóstico y, sobre todo, las metas que debe perseguir la educación así como los medios para llegar a esas metas, emergen profundas discrepancias no sólo entre gobierno y oposición sino, además, entre el sistema político y los gremios de la enseñanza.

La reforma educativa votada en la pasada legislatura contó con la fuerte oposición tanto de la derecha política como de los sindicatos, aunque por razones muy diferentes. De donde se concluye que la educación sigue siendo una asignatura pendiente, que ofrece dificultades que se arrastran desde los años sesenta, a las que se suma la acción nefasta del gobierno cívico-militar y la inoperancia de los gobiernos posdictadura.

Cierto es que la enseñanza en los primeros tres cuartos del siglo pasado pecaba de excesivamente libresca, elitista, alejada de la realidad y de espaldas a las necesidades del país. Esta situación llevó a muchos a plantearse un viraje de impronta pragmática que abominaba de la educación humanística y propugnaba una enseñanza al servicio de la producción y del desarrollo económico del país. Se trató de una reacción explicable pero que, como suele ocurrir, se fue hacia el otro extremo despreciando la formación espiritual de los jóvenes.

El asunto, por demás delicado y difícil, radica en hallar un justo término, un equilibrio entre el aprendizaje de destrezas que capaciten a los jóvenes para ingresar al mercado laboral, y la formación integral de dichos jóvenes atendiendo a la incorporación de valores y a la consolidación del espíritu crítico. No podemos formar ratas de biblioteca o espíritus diletantes dedicados, como en la antigua Grecia, a meditar sobre cuestiones metafísicas; pero tampoco se trata de que la educación se limite a adiestrar a los jóvenes en el manejo de ciertas herramientas prescindiendo de su capacidad de reflexionar y de cuestionar.

He ahí el gran desafío a que se ve enfrentado el país. Esperemos que se arribe a una conclusión y a un acuerdo nacional que tenga en cuenta esta cuestión primordial.

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