EDITORIAL

El pragmatismo de la izquierda en el gobierno

Cuando el presidente electo se reunió con empresarios nacionales y extranjeros en el Hotel Conrad, desde la extrema izquierda ajena al Frente Amplio ­e incluso entre algunos sectores y dirigentes pertenecientes a la coalición de izquierdas­ se hicieron oír voces de condena a la actitud asumida por José Mujica.

Esta postura no es una novedad. Hace ya un buen tiempo que muchos militantes de la vieja guardia y no pocos jóvenes imbuidos de espíritu radical ven al Frente Amplio como un partido que ha sufrido una evolución que lo aleja cada vez más de los postulados tradicionales de la izquierda y lo convierte en un partido más del establishment. Curiosamente, la derecha vernácula se ocupa de señalar, cada vez que se presenta la ocasión, el viraje operado en la izquierda, el abandono de principios y la adhesión a políticas otrora denostadas con virulencia por los referentes más notorios del Frente Amplio. Como si al asumir el gobierno, el Frente hubiera borrado de un plumazo sus principios y enterrado sus ideales ante la necesidad de ser realistas y pragmáticos. Y antes incluso de acceder al gobierno, muchos militantes sostuvieron que el Frente había aggiornado su programa y moderado su discurso con el objeto de conquistar al electorado de centro.

Probablemente haya sido la controvertida privatización del Hotel Casino Carrasco ­decidida bajo la segunda administración municipal frentista­ el punto de partida del desconsuelo de dirigentes y militantes aferrados a rígidos principios. El hecho es que a partir de entonces la ultraizquierda no ha cesado de denunciar la pérdida de perfil combativo y revolucionario que había caracterizado al Frente desde su creación en 1971. Y particularmente se condenó acerbamente al MLN por haber supuestamente arriado banderas y sepultado utopías en aras de la conquista del gobierno por vías pacíficas y legales.

Quienes así se expresan olvidan que el mundo cambió desde los dorados años 60 y que la revolución ya no está a la vuelta de la esquina; que se acabó la guerra fría; que ya no hay dos bloques antagónicos pues la experiencia del socialismo real fracasó; que se produjo un acelerado proceso de globalización; y que muchos postulados de hace 50 años resultan absolutamente impracticables e inviables hoy en día. Entonces, para estos exaltados el Frente Amplio peca de gattopardismo. Mientras, la derecha blanquicolorada abona la idea de que la izquierda aprendió la lección y se ha vuelto conservadora y pragmática, al tiempo que acusa al gobierno de populista. Sanguinetti fue claro al salir del encuentro en el Conrad, cuando dijo que la política económica del próximo gobierno seguía los lineamientos del Consenso de Washington.

Sin embargo, nada más alejado de los postulados del neoliberalismo que las políticas aplicadas por el gobierno de Tabaré Vázquez y que el gobierno electo habrá de continuar. En primer lugar, hay que señalar la fuerte presencia del Estado en la vida económica, no como un agente económico sino como regulador de la economía, desplazando al mercado de ese papel que el neoliberalismo le asigna. Se ha dado un fuerte impulso a la protección del asalariado garantizando y fortaleciendo la sindicalización y reinstalando los Consejos de Salarios; exactamente lo opuesto a los dictados de Mont Pélerin, que preconizaban la desregulación y la flexibilización laboral. La reforma del sistema sanitario tampoco responde al credo neoliberal, y la del sistema impositivo, menos.

El pragmatismo que exhibe la izquierda en el gobierno no significa en absoluto que se haya enterrado la utopía en el baúl de los recuerdos para mirarla cada tanto con nostalgia e indulgencia.

La utopía de un mundo mejor, más justo y más humano, sigue intacta.

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