EDITORIAL

¿Hacia qué mundo vamos?

Los debates sobre el concepto de desarrollo económico, la superación de la brecha de desigualdad entre regiones, entre países y dentro de esos países entre diferentes clases sociales y la necesidad de un equilibrio con la naturaleza, no son para nada nuevos.

Sin embargo el actual debate presenta una novedad: su carácter global.

La explosión de la burbuja inmobiliaria en EEUU y la acción global e incontrolada de los «hedge funds», más conocidos con el justo calificativo de «fondos buitres», en el denominado mercado financiero, desataron una de las peores crisis de la historia.

Los costos reales de la crisis global, que tuvo su clímax el año pasado pero que se extiende largamente hasta hoy, no se conocen, sólo se estiman. Se sabe a ciencia cierta que el gobierno de Barack Obama destinó un megapaquete de ayuda a los bancos y al mercado financiero de 787 mil millones de dólares. Una cifra similar fue invertida en Europa, sobre todo por parte de Inglaterra, Francia y Alemania. A ello hay que agregar lo que tuvo que destinar Japón, la segunda economía del mundo. Por supuesto que también, los esfuerzos gigantescos, desde el punto de vista fiscal y económico que debieron hacer las economías en desarrollo. Además los balances de los medios y los «think tanks» neoliberales suelen no incluir el costo más trascendente: los millones de personas empujadas al hambre y la desesperanza.

Cuando comenzó este debate parecía un hecho que la salida se encaminaba hacia una regulación de los mercados financieros. Eso recomendaron voces muy autorizadas como la de Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía, que presidió una comisión auspiciada por la ONU que emitió un más que interesante documento al respecto.

En foros internacionales se habló, con razón, del fin del paradigma neoliberal, de la necesidad de un nuevo modelo de desarrollo, de reflotar el papel del Estado, de la inversión pública. Ese camino fue seguido por los países con gobiernos de izquierda y progresistas en América Latina, los resultados fueron reveladores. Los que aplicaron esta concepción enfrentaron con mayor éxito el embate de la crisis, sus economías cayeron menos y en algunos casos, como el de Uruguay, evitaron la recesión.

Pero el poder es el poder y los negocios son los negocios. Pocos meses después las cosas comienzan a cambiar y para mal. Los debates ya no son multilaterales, clubes más o menos exclusivos de países, como el G7 y el G20, u organizaciones que sólo tienen la legitimidad que otorga el poder económico, como la OCDE, sin ningún tipo de control democrático, vuelven a monopolizar la discusión y sobre todo la recomendación de rutas de salida.

Un ejemplo claro de eso es la actual discusión en la Unión Europea para enfrentar los impactos de la crisis en sus países más «desfavorecidos»: Grecia, Portugal y España.

Las recomendaciones de los «mercados financieros» y de los operadores que provocaron la crisis es la misma de siempre: desregulación, reducción del gasto público, reducción de los salarios y del sistema de protección social. Todo ello acompañado, por supuesto, de generosas inyecciones a los bancos y a los sacrosantos mercados del capital. El neoliberalismo duro y puro vuelve por sus fueros.

Esto en una Europa que cada vez se aleja más del ideal homogéneo. La crisis ha provocado que las desigualdades entre los países del bloque se agraven, según reveló un informe de la Oficina de Estadísticas, Eurostat. La región más enriquecida de la UE, el centro de Londres, es siete veces más rica que la de mayor pobreza, Severozapaden, en Bulgaria.

En EEUU los problemas estructurales siguen. Durante los primeros cuatro meses del año fiscal que se inició en octubre acumuló un déficit de 430.700 millones de dólares contra los 395.900 del mismo período en el ejercicio anterior.

No es baladí entonces qué rumbo tome la salida. No la pueden dirigir quiénes hundieron al mundo en el abismo. El camino es el inverso al que recomiendan: más inversión, más protección social, más igualdad. Pero sobre todo más democracia, más transparencia, más controles y rendiciones de cuentas. Por aquello que ya decía Joan Manuel Serrat, en su memorable carta-canción «A quién corresponda»: «Que el mar está agonizando, que no hay quien confíe en su hermano, que la tierra cayó en manos de unos locos con carnet».

América Latina tiene mucho para aportar, pero unida y con voz propia.

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