Los francotiradores siguen apuntando al laicismo

Desde algunas trincheras se ha desatado una campaña machacona y sistemática contra el laicismo. En la edición del lunes 2 de abril del matutino El Observador, aparece una columna de José María Orlando que pretende argumentar a favor de la enseñanza religiosa y, naturalmente, contra el valor de la laicidad.

En nuestro editorial del domingo 1º abordamos el trascendente tema y comentamos los argumentos esgrimidos por dos lúcidos analistas, como sin duda lo son la profesora Carmen Tornaría y el doctor Heber Gatto. Conviene recordar la oportuna precisión que este último aportaba en su análisis. Decía Gatto que el laicismo, en tanto política de Estado, no es otra cosa que la adopción –por parte del cuerpo político– de un criterio para la formación de ciudadanos libres en un régimen democrático, que supone separar, en todos los campos, «el Estado de la religión por considerarla un asunto privativo de los ciudadanos». Orlando parece ignorar esta valiosa idea o la omite sin más trámite. Se lanza entonces a confundir a sus lectores con razonamientos sofísticos como, por ejemplo, la falsa oposición entre enseñanza laica y formación moral, como si por el mero hecho de ser laica, la enseñanza pública estuviera inhabilitada para impartir valores; como si hubiera una contradicción entre el laicismo y los preceptos morales, lo cual es un soberano disparate que sólo puede sostenerse por ignorancia o mala fe.

Las religiones surgieron tratando de ofrecer respuestas a las grandes interrogantes que se plantearon los hombres pero mezclaron –junto con explicaciones más o menos ingeniosas o poéticas sobre el origen del cosmos y sobre el misterio de la muerte– ciertas reglas de convivencia a las que dotaron de carácter divino de forma de que tuvieran el suficiente prestigio como para ser respetadas. Y esa fue una función civilizadora que cumplieron las religiones. Pero de ahí a sostener que sólo las religiones son capaces de brindar patrones morales, y que la enseñanza laica (la escuela y el liceo públicos tal como fueron concebidos desde fines del siglo XIX hasta nuestros días) se abstiene de enseñar valores como si pretendiera mantenerse incontaminada, en una imposible asepsia, hay un abismo.

Porque además, es falso que la enseñanza pública tenga por norma abstenerse de hablar y de informar a los educandos sobre las cosmovisiones que plantean las diversas religiones. No es cierto que se soslaye la referencia y el abordaje de un tema que integra los programas curriculares. Como bien lo recordaba la profesora Tornaría, en la escuela y en el liceo, no hay temas tabú: allí se formaron muchas generaciones de libre pensadores y de hombres y mujeres con espíritu crítico; gente que valora la tolerancia y que la practica.

Hay que reconocer que es muy probable que un joven que asistió a la escuela pública y no tuvo formación religiosa sea incapaz de recitar el Padrenuestro e ignore aspectos de la Kabalah; incluso es probable que no sepa nada del misterio de la virginidad de María ni de los ritos a seguir en una mezquita. ¿Cree el señor Orlando que en razón de ello ese ciudadano ha de exhibir carencias en su formación moral?

¿En virtud de qué descabellado principio puede sensatamente sostenerse que quienes dominan los dogmas y ritos del budismo serán mejores ciudadanos?

Los valores que la sociedad uruguaya ha incorporado y ha hecho suyos, hace ya un buen tiempo que dejaron de pertenecer al ámbito de los preceptos religiosos aunque su origen haya estado allí.

Y si bien es cierto que asistimos a un descaecimiento de esos valores, no será volviendo los ojos a las religiones que hallaremos la forma de recuperarlos.

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