Desalojo al Patrimonio

En 2002 entré con mi Naomi de dos años al Teatro San Sebastián del Piquete en la viejísima Ciudad Vieja, calle Buenos Aires 170, a ver la obra «Las Esclavas del Rincón de Alba San Juan», interpretada por el elenco de la actriz Raquel Azar en su prodigioso y comprometido papel de Celedonia Wilch de Salvañach, la malvada ama esclavista que en 1821, luego de marcar de terror e ira los cuerpos y almas de sus esclavas Mariquita y Encarnación durante años, muere arrojada por éstas desde un balcón al patio interior de la casa que también fue de Fructuoso Rivera, hoy Museo Histórico Nacional, en Rincón y Misiones.

El clima escenográfico era lúgubre de acuerdo a la temática y la propia dueña de casa, la folclorista Teresita Minetti, oficiaba en coordinación y ambientación. El grupo actoral, entre ellos Juan Pastorino, María Celia García y Mabel Beracochea, nos hizo vibrar en clave de Montevideo colonial del lado de la inicua situación de los esclavos africanos despojados de sus derechos humanos básicos, no considerados personas sino objeto de uso y abusos indecibles por parte de la sociedad criolla-europea dominante.

Fue una experiencia sin par.

La sala teatral se adentraba en los espectadores y nosotros en ella.

No había estrado y vivíamos cada dramático cuadro en la proximidad del momento real y a la vez legendario.

En las actuaciones sin dudas bailan los espíritus de las alegrías y de las tristezas.

Eran tan vívidas las recreaciones que tuve que salir al patio de las mayólicas por el susto de mi niñita al escuchar latigazos, golpes y gritos desgarradores de las mujeres y el niño hijo de una de ellas.

Sinceramente aún para los mayores era muy impresionante sentir la proximidad del tormento ajeno allí en la habitación contigua. El mal humor y los castigos de la viuda se desataban casi por nada. Los cuerpos, espaldas y rostros de sus víctimas ya no tenían lugar donde no hubiera cicatriz sobre cicatriz y llaga sobre llaga.

La historia de las esclavas de la calle Rincón posteriormente ajusticiadas en Plaza Matriz a la vista de todos a manera de «acto ejemplificante» es crónica de un hecho real que no debe ser olvidado para al menos pensar que nunca más seremos tan miserables como para someter a nadie a ningún tipo de tiranía.

La antigüedad del mencionado recinto dedicado a la cultura y declarado patrimonio histórico nacional del Uruguay, contribuye seguramente a guardar intactos los fantasmas del genocidio perpetrado contra los africanos y su martirio constante a manos de crueles dueños, como era el caso de Celedonia Wilch. Con el impresionante agregado de que nos separaban del lugar de los hechos casi dos siglos y apenas unas cuadras.

La déspota matrona de abolengo muere esclavista sin comprender el daño irreparable que su sistema de vida inmoral le hizo a la humanidad y las esclavas mueren sin saber que tenían derecho al disfrute de la libertad en igualdad de condiciones en una sociedad que se precie de civilizada.

Si no leemos bien el mensaje de nunca más sojuzgamiento del hombre por el hombre, serán muertes vanas.

No terciaré con vericuetos jurídicos ­aunque desde mi título de procuradora bien podría­ en lo referente al desalojo de la señora cantautora uruguaya de un ámbito que destila bienes culturales en su estructura, interiores y actividades. Hablaré solamente de la riqueza inmaterial que la señora Minetti agregó a la casa de la cual hoy es echada.

Diré solamente que no podemos quedarnos sin lo nuestro, sin nuestra historia. Sin el disfrute público de esos lugares que por existir hacen al testimonio oral y vivo de nuestro país, inventarios de la diversidad cultural de nuestros pueblos, olvidando la conservación de las costumbres y orígenes de nuestra identidad nacional y la importancia del patrimonio histórico-cultural, patente de autenticidad y sello indiscutiblemente atractivo incluso para el desarrollo turístico internacional.

Más allá de la vicisitud personal y humana de la artista hoy desalojada de su domicilio, que me duele, seguramente es mucho más que la vivienda lo que Teresita pierde y lo que perdemos todos. Está la herencia cultural que allí se preservaba; historias, costumbres y valores que fomentaron nuestras gestas patrióticas recreados en espacios y en ambientes y objetos propios y propicios. Intransferibles como las vivencias, radiantes e irradiantes, resguardados en cada uno de los rincones donde habitan las energías de la memoria.

¿Qué será de tal acervo abstracto y material? ¿Qué será de nosotros si nos rematan el patrimonio?

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