No me cierran las cuentas

Carlos Bouzas

 

Yo estaba buscando un paquete de espinacas en la góndola de congelados del supermercado. Encontré una bolsa de plástico en la que se leía «gehakte spinazie». Luego, más abajo, la palabra espinacas.

Pregunté a un empleado de dónde eran. Me contestó que de Holanda. Consulté el precio: catorce con setenta el paquete de cuatrocientos cincuenta gramos. Hice la misma consulta respecto de unos paquetes de espinacas de cuatrocientos cincuenta gramos que estaban unos metros más allá: veintiún pesos. Pregunté entonces la razón de la diferencia. Y me explicaron: los más caros, son nacionales.

Aquel paquete –el más barato– después de ser recogido y procesado en Holanda, viajó quince mil kilómetros en condiciones especiales –puesto que se trata de productos congelados– y pagó un determinado arancel para ingresar al país. El otro paquete — el uruguayo– lo plantaron ahí nomás, fue procesado y congelado en una planta montevideana, no está afectado por ningún arancel y cuesta cincuenta por ciento más caro.

Qué quiere que le diga. Yo me resisto a creer que esa diferencia abismal de precios se deba a que el costo de la energía, el teléfono y el agua sean más caros aquí que en Holanda. Ni por asomo acepto que el precio que se le pagó al agricultor uruguayo sea mayor que el que percibió el agricultor holandés. Ni qué hablar de los salarios cobrados por los trabajadores que manipularon el producto en cada uno de los dos países, hasta que estuvo a mi disposición en la góndola del supermercado.

Aquí hay gato encerrado. Tanto en este asunto, como en muchos otros que se debaten habitualmente en el país a partir del discurso oficial. Veamos otro ejemplo muy manido:

A partir de una experiencia penosa ocurrida en el departamento de Artigas referida a la aftosa, se derivó en la resurrección de la plaga del contrabando. El presidente nos dijo que la mitad de las transacciones que se realizan, corresponden a productos de contrabando. Más adelante se estimaron en dos mil millones de dólares esas transacciones ilegales.

Claro: eso no se correspondía con la acusación de la colecta para el aduanero que se realiza en cada ómnibus que atraviesa la frontera con Brasil. A nadie le cabe que esa gente ingrese mercaderías por valor de dos mil millones de dólares. Aunque la mención es buena para mover la mala conciencia de cada uno, creándole un complejo de culpa porque alguna vez trajo seis latas de sardinas, o un secador de cabello, al cabo de una semana de vacaciones.

Surge entonces la acusación y la necesidad de combatir al gran contrabando. Y se destruyen puentes de madera sobre caminos secundarios de Cerro Largo. Y se anuncian apresamientos de algunos camiones (pocos) con botellas de refrescos cola, o allanamientos de depósitos donde descubrieron doscientos mil paquetes de cigarrillos. Nadie nos propone que calculemos –a ojo de buen cubero– que un camión lleno de botellas de refrescos significa un contrabando de diez mil dólares, ni que un depósito con doscientos mil paquetes de cigarrillos implican doscientos mil de la moneda norteamericana. Así que, desde esas modestas sumas hay que remar mucho para llegar a los dos mil millones. ¿No halla?

Y el final de esta novela –por ahora– es que las organizaciones de comerciantes que aplaudieron la drásticas medidas represoras del contrabando realizadas por las autoridades, dicen ahora que el crecimiento de sus ventas ha sido muy escaso y por lo tanto no pueden asegurar que provoquen mayor ocupación.

Porque, no sé si usted lo leyó, en el último trimestre móvil noviembre/2000-enero/2001, el porcentaje de desocupación se ha mantenido incólume. Pese a que incluye el mes en el que el turismo combate la desocupación de manera muy efectiva.

Opino que en la discusión de los temas nacionales, estamos dribleando el abordaje de los asuntos que nos importan de verdad. Como gato de bolichero, ¿vio? Que anda entre las botellas sin voltear ninguna.

* Militante del Frente Amplio

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