La palabra sincera y comprometida de don Adolfo Pérez Esquivel

La entrevista al Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel publicada en la edición de ayer de LA REPUBLICA constituye un punto de referencia de gran interés para todos.

El incansable luchador por los derechos humanos, que participó de una serie de actividades de homenaje al fallecido fundador del Serpaj, el sacerdote jesuita Luis Pérez Aguirre, habló, como lo hace habitualmente, con absoluta franqueza, con coraje y contundencia.

Sus opiniones, se compartan o no, las hace conocer de manera clara y sencilla, exentas de las conocidas ambigüedades y eufemismos con que, especialmente en nuestro país, se abordan por parte de muchos los temas en los que hay opiniones fuertemente contrapuestas.

Adolfo Pérez Esquivel no dice novedades inesperadas ni realiza razonamientos que puedan sorprender. En realidad, no hace sino conjugar expresiones que son las que –desde el advenimiento de la democracia– han venido planteando los movimientos de derechos humanos y las fuerzas progresistas: el derecho a la verdad, la necesidad de justicia como condiciones sin las cuales no es posible fundar una auténtica reconciliación.

Pérez Esquivel razona y habla desde su visión ética y religiosa: «No puede haber paz si no hay justicia, y no es la ausencia de conflicto sino cómo restablecemos las relaciones humanas. (…) La reconciliación es necesaria. Es uno de los caminos hacia la paz. Pero para que exista reconciliación tiene que existir el arrepentimiento, el reconocimiento de las culpas…»

El Premio Nobel de la Paz de 1980 no titubea ante una cuestión polémica en nuestro país acerca de la Ley de Caducidad. Para Pérez Esquivel: «no podemos aceptar las leyes injustas, a pesar de que aquí hubo un referéndum».

La lucha por verdad y justicia, sostiene, tiene etapas y da un ejemplo: «Hace corto tiempo atrás nadie pensaba que Pinochet iba a estar no sólo arrestado, sino con un proceso judicial. Eso que parecía insólito hoy es una realidad».

Protagonista de un amplísimo e intenso proceso de sinceramiento como el que se vive en la Argentina, Adolfo Pérez Esquivel no le teme a las palabras ni busca endulzar diplomáticamente su pensamiento. Rechaza las expresiones del comandante en Jefe del Ejército uruguayo sobre los desaparecidos: «Hay que terminar con las hipocresías», sostiene. Ellos (los mandos militares) «tienen la obligación de decir la verdad. Si no (le) dicen la verdad son unos cobardes». Y de esta manera le están haciendo un gran mal no sólo a la sociedad sino a las propias Fuerzas Armadas.

Sus opiniones acerca de la Comisión para la Paz también son de interés, se concuerde con ellas o no.

Cree que es un paso. Es un paso de buscar la verdad, (…) que permita en algún momento saber qué pasó con los desaparecidos y agrega «cuando las Fuerzas Armadas lo podrían hacer en forma inmediata y adelantar en un proceso que puede llevar a la reconciliación (…)» y concluye: «Pero en este momento no puede haber reconciliación cuando tratan de ocultar la verdad. Reconciliación no hay que confundirla con olvido».

Las sencillas y contundentes expresiones de Adolfo Pérez Esquivel rehuyen cualquier postura demagógica, no buscan ser confortables ni siquiera amables. Nos trasmite sus apreciaciones, sus ideas, las conclusiones de un observador y un militante de los derechos humanos.

Y su límpida y honrosa trayectoria en ese campo árido y riesgoso hace que su palabra sea tenida en cuenta, se la examine y discuta, y que no se le dé la callada por respuesta como se ha vuelto práctica corriente en nuestro país.

El Premio Nobel con que fue galardonado en 1980, en plena dictadura en Argentina, es el reconocimiento a esa trayectoria y a ese coraje señero de un hombre de paz.

Pérez Esquivel, además, es, al mismo tiempo, el portador de la experiencia que comparte, desde hace muchos años, con otras personas y entidades ya casi legendarias como la Madres de Plaza de Mayo, o las Abuelas o los organismos laicos o religiosos que, de un extremo a otros de la Argentina –y de América– libran un desigual combate contra las vesanias del autoritarismo desbordado.

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