¡Centinela alerta, alerta está! ¿Está?
Dice el refrán que el peligro aviva al «mamao». Los que tenemos algo de memoria recordamos una elección comunal en Chile, allá por la década del 60, en la que se confrontaban dos candidaturas presidenciales, la derecha representada por Jorge Alessandri y en aquel entonces el FRAP, o la Unión Popular, por Salvador Allende; la derecha corría con la fusta bajo el brazo, alborozados hablaban de «fija». Hete aquí que el lugar, condado, distrito o región, que elegía alcalde era Curicó y el candidato popular de la izquierda era de apellido Naranjo. Se produce el escrutinio y ¡oh sorpresa, triunfa la izquierda! Entonces esa elección sorprendente para la derecha chilena fue popularmente conocida por todo Chile y por toda América como el Naranjazo de Curicó. El alborozo de las fuerzas progresistas tuvo una réplica inmediata, las fuerzas conservadoras alinearon sus efectivos, disciplinaron su campaña y redoblaron la campaña del miedo y el terror, obteniendo al final una ajustada victoria que le sería adversa cinco años más tarde, cuando Salvador Allende, haciendo escuela de tan duros aprendizajes, demuestra por primera vez en América Latina que se podía llegar al gobierno por la vía de las urnas. Cierto es que la contrarrevolución fue feroz, mesiánica y salvaje, pero ese ya es otro capítulo del que el propio pueblo chileno sacará sus conclusiones.
Ahora en este tiempo es al revés: un gobierno progresista de izquierda exitoso, con una adhesión de su presidenta socialista de cerca del 80%, es derrotado en las urnas por un playboy de los negocios y de las altas finanzas. ¿Casualidad? Claro que no, a nuevas realidades nuevas estrategias, métodos y estilo de hacer política. Para la derecha Sarkozy, Macri, Narváez, Pineda; aquí Pedro, no Bordaberry, Pedro el de la llave del Reino del Señor. El que trata de renovar al Partido Colorado, sin el batllismo de don Pepe, y sí, escondido en la mochila del viejo riverismo conservador y reaccionario de principio de siglo, históricamente jaqueador junto al Partido Nacional de los avances progresistas de Batlle y Ordóñez. Sí, las sociedades latinoamericanas confrontan proyectos de cambio, con moldes conservadores caducos, aggiornados en la hora de presentar imágenes, discursos, y sobre todo ídolos, hombres exitosos, pragmáticos, llamativos, inspiradores de triunfos, que es el estímulo del mundo de hoy, en que las imágenes, los titulares de los medios y la masificación de la información pregonan síntesis políticas que van a contramano de los intereses nacionales, ni que decir populares.
Ante el triunfo del senador Brown en Massachusetts, que desde 1932 detentaba la representación demócrata al Senado, un ciudadano reflexionó: «¡Sólo sé que voy a perder el seguro de salud!». Toda una síntesis de los cambios de la humanidad de hoy. Nosotros aquí salimos adelante con enormes escollos, tales como Lacalle vociferando, en Uruguay y en Argentina: ¡Peligro, no inviertan! Dicho acto de guerra fue derrotado porque un gobierno de izquierda no sólo debe parecer honesto sino que debe serlo; esa es nuestra contribución al proceso de cambios. Acompañar palabras, programas, promesas, con hechos, realizaciones, conductas, eso sólo no basta. Es necesario darle una respuesta a la gente, los atajos son inviables, conducen al fracaso. El proyecto es posible y no se debe especular con lo imposible, que además del fracaso nos lleva al aislamiento. Ello sin escatimar esfuerzos por avanzar en el diálogo político, en la unidad real hacia adentro, incluir sin perder identidad, pero avanzar en los compromisos y la ligazón con la gente, que fue, es y deberá seguir siendo la gran protagonista de los procesos.
En síntesis, siempre es bueno poner las barbas en remojo, mirar los entornos, aprender y tener la humildad de que el árbol no nos impida ver el bosque gris, legañoso, siempre agresivo de los ultramontanos de siempre, por aquello de que el sistema alimenta los huevos de la serpiente; ahora, por lo demás, a las serpientes se les ocurre nacer con dos cabezas, y acá en Uruguay.
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