Mutallarab, héroe de nuestro tiempo

Alhaji Umaru Mutallarab, un ex ministro nigeriano, tenía motivos para sospechar que su hijo integraba una célula terrorista islamista. No vaciló en poner sobre aviso a las autoridades norteamericanas, las cuales, como ya es sabido, fallaron estrepitosamente dado que, con estos antecedentes, no impidieron a su hijo, Umar Farouk Abdulmutallab, abordar un avión de la Northwestern que hacía el recorrido Amsterdam-Chicago. Si el atentado abortó fue porque, al parecer, un pasajero se percató a último momento de los designios de Umar y se abalanzó sobre él, trabándose en una lucha a muerte ­en el más literal de los sentidos­, impidiéndole así la detonación de los explosivos adheridos al cuerpo.

Más de una vez los noticiosos impactaron con la imagen de una madre o un padre orgullosos por el «éxito» de un atentado suicida llevado a cabo por algún hijo o hija pero no recuerdo una actitud similar a la de Mutallarab.

Además del presumible propósito, que nadie en su sano juicio podría cuestionar, de salvar la vida de Umar, formuló declaraciones denunciando la ideología que cubre de ignominia al islam que él mismo integra y llevó a su hijo al desvarío.

Se estima que los islamistas son aproximadamente 100 millones, menos del diez por ciento de los musulmanes. Su objetivo inmediato es la conquista del mundo musulmán, y el objetivo mediato, la sumisión ­que, obviamente, no debe confundirse con la conversión­ del resto del mundo, apelando a la violencia toda vez que lo entendieren apropiado. Para disipar cualquier duda al respecto, alcanza una somera revista a los trece siglos transcurridos desde la creación del islam. El objetivo final fue y es imponer los textos sagrados del islam como un programa político y un modo de vida rígido e inmutable a través del tiempo. De ahí la vocación neototalitaria de un proyecto que preconiza, en palabras de Del Valle, un imperialismo teocrático con pretensiones planetarias. Por su propia naturaleza, esta ideología es maximalista y no admite el compromiso: Todo o nada. Esta es la fuente de inspiración de los musulmanes que adoptan el terrorismo como método .

Los islamistas permanecieron al acecho a lo largo del tiempo. Las derrotas militares y el colonialismo no los hicieron flaquear. Por el contrario, fortalecieron sentimientos omnipresentes de humillación, rabia y frustración, y contribuyeron a reafirmar la convicción de que el camino trazado por ellos es el único que podía conducir a la resurrección nacional del islam.

En los últimos cien años, tuvieron un avance significativo. No es fácil determinar si fue el acceso de Khomeini al poder lo que marca el punto de inflexión. Lo cierto es que a lo largo del siglo XX habían contemplado azorados de qué manera los occidentales se mataban entre sí a escala nunca vista. En Afganistán los musulmanes derrotaron a una de las superpotencias, la URSS; entonces, ¿por qué no podrían derrotar a la restante? Un contexto geopolítico cada vez más favorable a sus objetivos, el creciente poder económico y político de la nación árabe, un abanico de complicidades y complacencias de amplios segmentos de la sociedad occidental; todo esto, además de otros factores, fue considerado por los islamistas como el anuncio de que llegó la hora para salir de los márgenes de la historia e incorporarse a su corriente central. Cuando esto sucede, las ideologías totalitarias se convierten en fuerzas devastadoras.

Mientras tanto, ¿qué pasa con los 1.200 millones de musulmanes que no son islamistas y anhelan tranquilidad y prosperidad para sí y sus familias?

A esta altura, los occidentales, que han sufrido y sufren las consecuencias de la violencia islamista, tiene derecho a saber lo que realmente piensan los representantes del «islam moderado» (las comillas se deben a que esa denominación proviene de fuentes occidentales; nunca la escuché de una autoridad u organización representativa del mundo musulmán), y que sean estos intelectuales y líderes espirituales, morales y políticos, quienes se hagan oír como la voz representativa del islam, rescatándolo de la ignominia del islamismo y de la prisión histórica que éste impuso al mundo musulmán. Son ellos, no los occidentales, quienes deben modernizar su religión, reabrir un debate a fondo sobre una interpretación actualizada del Corán y examinar bajo una nueva luz sus textos sagrados, tal como lo hicieron las restantes religiones monoteístas. Al fin y al cabo, alguien con autoridad para ello tiene que decirle a esos tarados que se matan para arrastrar a muchos más a la muerte, que no son mártires sino suicidas asesinos, que el Corán prohibe el suicidio, y que si hay algo seguro, es que no van a ir a ningún paraíso.

No puedo entender a los analistas, generalmente europeos, que consideran que no se debe pretender que musulmanes unan su voz a los «infieles» para repudiar a otros «fieles». La separación entre «fieles» e «infieles» es precisamente la semilla venenosa que debe extirparse si los occidentales y los musulmanes están destinados a coexistir pacíficamente y todo indica que esta tarea, por cierto nada fácil, sólo la puede tomar a su cargo una mayoría de musulmanes ansiosos por romper las cadenas del islamismo.

Es lo que intenta Alhaji Umaru Mutallab, héroe de nuestro tiempo. Desde el abismo de su drama personal, con excepcional coraje moral, físico y político, casi en soledad, señala a su pueblo, con palabras inequívocas, el camino a emprender.

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