Los proscriptos del Frente Amplio

Jorge Filomeno *

 

Ya casi encima de la fecha de realización del próximo Plenario Nacional del FA nos vamos enterando por la prensa del temario que abarcará el mismo. A la discusión de la denominada reformulación ideológica, a la preparación de un congreso de comités de base y a la fijación de elecciones internas en el corriente año, se agrega ahora también el ingreso formal de Confa. Y hasta el día del plenario quizás se proponga algún otro tema para el abigarrado orden del día. Tal lo que podemos inferir al no participar de la orgánica, aún cuando la conocemos y la sufrimos en carne propia durante muchos años.

Me estoy refiriendo a la situación de los que hemos quedado por el camino, desde las elecciones nacionales, segregados por el aparato y las capillas de poder, que generaron una dinámica de enloquecimiento y de ambiciones, luego de las elecciones nacionales y hacia las municipales. Ya hace más de un año que muchos –casualmente del Interior– fuimos sometidos a tribunal de conducta política por los vencedores de turno en la interna. No obstante, aguardamos pacientemente todo este tiempo, en esperanza de que en algún momento alguien, algún organismo o persona, impartiera justicia.

Creímos, en su momento, que el primer plenario realizado después del proceso electoral trataría estos asuntos. No fue así y tampoco hay seguridad de que ello ocurra ahora, al tenor del poblado orden del día a considerar. Es probable que algún aparatista proponga postergar su consideración, por lo menos hasta que pasen las eleciones internas…

Pero sucede que se trata –nada más y nada menos — que del honor de las personas. Y si se dice –en el discurso– que el ser humano es el centro de las preocupaciones de las fuerzas progresistas, hay que comenzar por aplicar hacia adentro lo que se pregona hacia afuera. Porque no tememos a las consecuencias de nuestros actos es que pedimos definiciones, cualesquiera fueren ellas. Siempre dijimos lo que pensamos y siempre fuimos al frente, cosa que parecería no entra en los cánones de la política tradicional, incluso dentro de la izquierda y el progresismo. Aún cuando nadie es dueño de la verdad es cada vez más fuerte nuestra convicción de que teníamos y tenemos razón, a la vista de lamentables espectáculos ofrecidos por algunos integrantes de la izquierda y el progresismo, vernáculos e internacionales.

Si vamos a morir, lo vamos a hacer peleando. Contra los cobardes linchadores amparados en la impunidad de un aparato político. Sea cual fuere su rango o jerarquía, porque al final de cuentas son iguales que los militares de la dictadura, aún cuando más hipócritas. Pero lo que no vamos a permitir es que nos diluyan con el paso del tiempo.

El general Seregni reiteraba en un programa televisivo que, a esta altura de su vida «dice lo que piensa y hace lo que dice». Enhorabuena, general. El suscrito siempre pensó que no era una condición «sine qua non» llegar a una edad provecta para aplicar dicha máxima a la praxis política. Por ello quizás siempre integró la comparsa y nunca rozó el agonismo o el protagonismo, parafraseando al general. De lo cual me siento orgulloso y con un blindaje a prueba de felonías.

Cuando a fines de 1996, en el congreso y plenario realizados después de la campaña contra el blotaje, tratando el manido tema de las dos vicepresidencias, fue abordado por una figura de primer nivel del FA, para intentar que cambiara el voto que portaba como delegado mandatado por el plenario departamental de Soriano –práctica corrupta habitual hacia los delegados del Interior– sentí, al rechazarlo, por la cara del hombrecito de la proposición deshonesta, que mis días en la dirigencia del FA estaban contados. Cuando pudieron, los hombres y mujeres del aparato me cobraron la lealtad a las bases, es decir, al pueblo frentamplista. Pero más allá de la peripecia individual nuestro sufrimiento interesa para prevenir contra la corrupción de los aparatos, que puede llevar al fracaso al mejor programa, a las mejores personas y a las mejores intenciones.

Termino con un pensamiento de don Carlos Quijano, para los que no entienden: «Dos edades hay en la vida de plena y gozosa libertad. Los veinte años, cuando todo se ignora, mucho se ambiciona y se juega lo que no se tiene. La nuestra, cuando también se ignora, pero, nada se ambiciona y ya se sabe que nada se tendrá. Nunca hemos hablado ni callado –así creemos– por temor o interés. Menos lo haremos ahora. No desaprovecharemos esta libertad que el tiempo ha conquistado para nosotros».

* Escribano

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