Zitarrosa: "Sería lo mejor"
Integrando la Brigada de Artistas con el FA, Alfredo Zitarrosa recorría en 1971, en pena campaña electoral, una mañana de domingo, los cantegriles de Nuevo París al fondo. Empuñaban las «30 Medidas» programáticas de la recién nacida coalición de izquierdas. Alguna propaganda colorada se veía en los alrededores: «No a los tanques rusos», «Viva Pacheco», se leía.
Caminando entre el barro de veredas imaginarias, le comentaba a su compañero de brigada los dolores del alma que le ocasionaba presenciar esa pobreza descarnada.
Algunas manos temerosas aceptaban los prolijos manifiestos y casi no entablaban diálogos. Apenas unos monosílabos, mientras los ojos de los lugareños iban recorriendo esas figuras conocidas.
Enervado de ternura acariciaba una cabeza piojenta mientras observaba sufriente a una morochita quinceañera embarazada.
Crispado por ese paisaje, dolorido por el mutismo y los temores de esos compatriotas, se aproximó a la puerta de un rancho donde la familia numerosa se acariciaba con un solcito barato. Varios pibes jugueteaban con unos perros mugrosos, entre desperdicios de variada índole.
Un hombre sin edad ni dientes los aguardaba recostado en una pared de cartón y chapas.
Buenos días saludó el hombre de voz conocida.
Buenas respondió una voz sin tono ni cariño.
Somos del Frente Amplio y estamos hablando con los uruguayos para explicarles cómo será un futuro gobierno popular.
Ah, no se gaste, no vamos a votar al Frente ninguno de nosotros dijo abarcando en su gesto a una mujer también desdentada y seguramente madre de toda aquella prole, apenas asomada tras la cortina de arpillera.
Uno de los niños, con más confianza por aquella mano posada sobre su cabeza, se animó a una sonrisa, entre los mocos y la suciedad de su cara. Era una de las primeras manifestaciones optimistas y humanas logradas aquella mañana.
Pero, a ver, explíqueme por qué atinó a preguntar, con voz tensa, el hombre de cabellos engominados. Y el cristiano, recostado en la pared de latas y cartón, recobró la vertical. Y con la misma inflamación que años atrás, en la escuela rural, expulsaba el Tiranos Temblad, espetó:
No votaremos al Frente para que no se nos lleven los gurises a Rusia.
Era mucho. El Flaco miró, más hosco que de costumbre, a su compañero de brigada. Escanció la mirada por esa infancia sucia y desnutrida. Recorrió rápidamente aquel entorno deshumanizado. Prudente y educado, dio un paso atrás. Acomodó mejor los folletos bajo su brazo izquierdo, y levantando, en una mezcla de piedad y bronca, su mano derecha, gruñó ronco y atragantado:
Y… mire compatriota… y ojeó uno por uno a los infantes desperdigados en el barro y la mugre, a estos gurises lo mejor que les podría pasar sería que los enviaran a la URSS, o como usted dice, a Rusia.
Con una media vuelta enérgica dio por concluida la entrevista, y también la jornada.
Me voy, no soporto esto le dijo a su compañero de brigada.
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