La alianza conservadora
El crecimiento electoral del Frente Amplio verificado desde su fundación en 1971 fue lo que llevó a blancos y colorados a pergeñar la reforma constitucional de 1996 que introdujo el balotaje con el fin de evitar el triunfo de la izquierda. Como ya hemos señalado en otros editoriales, el novedoso sistema electoral sólo consiguió su objetivo en la elección siguiente, la de 1999, cuando el doctor Jorge Batlle fue ungido merced al apoyo del rival tradicional conducido por el doctor Luis Alberto Lacalle.
El electorado uruguayo, empero, siguió aumentando su apoyo al Frente Amplio y ya en 2004 de nada valió la reforma; y en la segunda vuelta de la reciente elección, se hizo más patente aun la superioridad de la izquierda sobre ambos partidos históricos sumados; por otra parte, obtuvo la victoria en más de la mitad de los departamentos, en algunos de los cuales superó el cincuenta por ciento de los votos.
Esta circunstancia ha puesto sobre alerta a blancos y colorados con vistas a las próximas elecciones municipales de mayo. Como para esa instancia electoral no hay segunda vuelta sino que el gobierno departamental lo obtiene el partido que coseche más adhesiones aunque no supere el cincuenta por ciento, blancos y colorados temen, con razón, perder el control en varios de los once departamentos que hoy son gobernados por los partidos tradicionales (diez en manos del Partido Nacional y uno en manos de los colorados).
Por cuanto, como queda dicho más arriba, la elección departamental se decide en una única vuelta y no hay balotaje entre los dos más votados si ninguno superó el cincuenta por ciento de los votos, algunas figuras relevantes de los partidos tradicionales ven que la única posibilidad que les queda de enfrentar con éxito a la izquierda es una alianza electoral que les permita sumar sus respectivos caudales electorales. Por ahora, sólo se trata de reflexiones, razonamientos y exhortaciones en tal sentido, ya que las rígidas normas electorales y constitucionales tornan más que inviable la tan ansiada alianza. Para que blancos y colorados pudieran sumar sus votos en los comicios de mayo próximo, deberían votar todos bajo uno de los lemas, ya que no está previsto en la normativa ningún tipo de alianza interpartidaria.
Menudo problema el que se plantea a los partidos históricos y que éstos no ignoran. Un editorial del diario El País promueve un acuerdo sólido que trascienda lo electoral y que no esté «motivado únicamente por el espanto de dejar al país durante quince años en manos de la alianza político-sindical antirrepublicana que representan las fuerzas más reaccionarias del Frente Amplio» (sic).
Con un lenguaje mucho menos virulento, en una reciente columna en LA REPUBLICA, el destacado dirigente colorado Nahum Bergstein aboga en pos de una unión que no signifique, sin embargo, una suerte de fusión. El ex legislador es consciente del peso de las divisas, las tradiciones y los héroes partidarios como obstáculos para llegar a la alianza propuesta. El popular líder duraznense Carmelo Vidalín también ha salido a reclamar imaginación, esfuerzo y generosidad para superar las dificultades y llegar al acuerdo entre los rivales históricos. La idea, no obstante, no es acogida unánimemente. Existe el temor en muchos dirigentes de que se desdibuje la imagen de cada partido, que se pierdan sus respectivos perfiles.
En rigor, con la introducción del balotaje ya comenzó el proceso de mimetización de los rivales tradicionales, cada vez más identificados por igual con la derecha y con las posturas conservadoras, por lo cual, la concreción de una alianza política no sería más que la formalización de una situación de hecho, al igual que una unión concubinaria se formaliza mediante el casamiento.
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