Colorados y blancos, ¡uníos!
En distintos países del mundo libre está en curso un proceso de agrupamiento de partidos políticos. Los politólogos entienden que eso es consecuencia de que el votante aspira a opciones electorales que se diferencien claramente entre sí, por lo menos en los temas que los ciudadanos consideran fundamentales. De tal manera, la agrupación de más de un partido político en torno a una concepción central, se enfrenta a otro nucleamiento que tiene una visión diferente en torno a la misma concepción. Esta simplificación es la que supuestamente facilita la decisión de cada elector.
En nuestro país, el gran tema que, a mi juicio, separa las aguas es el rol del Estado y su relación con el individuo. Al fin y al cabo, la búsqueda del equilibrio entre el Estado y el individuo es acaso la propia historia de Occidente.
En cuanto al grado de desarrollo del proceso de polarización, el Uruguay está a mitad de camino. Por una parte, el Frente Amplio, medio país, agrupado en una veintena de partidos con perfiles propios, pero que mantienen entre sí una concepción afín sobre el rol del Estado y su relación con el individuo. Por otra parte, el resto, los partidos tradicionales y otros partidos, con una visión sobre la relación Estado-individuo esencialmente diferente a la del Frente Amplio. Sin embargo, los partidos tradicionales no están agrupados entre sí, por lo que se produce una desigualdad cuya importancia difícilmente pueda exagerarse, tanto en el ámbito político como cultural.
Para la mayoría del Frente Amplio, la modernización económica pasa por un Estado creador y distribuidor de riqueza, y, por ende, de la prosperidad de la sociedad. El Estado es el encargado de derrotar la pobreza. También se le asigna un lugar a la iniciativa privada y a la economía de mercado, pero claramente subordinados a un Estado omnipresente y regulador. El Estado, en suma, es el gran protagonista. (Evito incluir las posiciones más radicales, que satanizan al «neoliberalismo» sigo sin saber qué es y a la globalización, comulgan con la visión marxista de la lucha de clases y con una concepción socialista de la propiedad, y entienden inmoral la búsqueda de beneficios. Y lo evito porque dudo que en la actualidad esto sea aceptado por importantes sectores del Frente Amplio. En cambio, presumo que la mayoría de los frenteamplistas puede aceptar su inclusión en una descripción más amplia, por genérica y esquemática que fuere).
Para los partidos tradicionales, a partir de la certeza jurídica como presupuesto necesario, la clave para el crecimiento radica en un derecho de propiedad garantido por el Estado. Creen en la economía de mercado y la libre competencia; consideran al sector empresarial como la caballería andante de la sociedad moderna; y por encima de todo, mantienen una fe inalterable en el individuo y su creatividad. El Estado es el encargado de mantener el rumbo. Además de desempeñar los cometidos que le son privativos, el Estado debe corregir los excesos de la economía de mercado y del capitalismo salvaje, sin situarse por ello por encima del individuo. Asimismo, la experiencia de las últimas décadas y el papel que juegan las corporaciones han generado un grado de escepticismo sobre la eficiencia del Estado-industrial o comerciante, todo lo cual ha sido comprendido por los partidos tradicionales. Estos descreen de que sacando más al que trabaja más (que no es lo mismo que el que tiene más) se vaya a combatir la pobreza. Están convencidos de que quienes con trabajo e ingenio superaron la pobreza o sea que fueron pobres y ya no lo son lo saben mejor que nadie porque de un modo u otro vivieron en carne propia el peso del Estado. Los partidos tradicionales propugnan el mantenimiento y profundización de programas sociales y la igualdad de oportunidades para el ingreso y egreso dentro de un sistema educativo despolitizado y sin excusas para la mediocridad.
Antes o después, los partidos tradicionales van a tener que encontrar una forma de unión no de fusión para estar en condiciones de presentar al votante un perfil nítido que fije su diferencia esencial con el Frente Amplio. En tal sentido, las próximas elecciones municipales constituyen una oportunidad interesante para dar, a modo de prueba, un primer paso hacia la acumulación de votos.
Es verdad que median obstáculos legales, políticos y emocionales.
En efecto, la Constitución sólo permite utilizar el lema del partido político para poder acumular, y entre sus disposiciones especiales establece que quien dentro de un partido fue candidato a cualquier cargo en las elecciones internas, no podrá serlo por otro en las elecciones nacionales y municipales subsiguientes. Pues bien, respetando la letra y el espíritu de la Constitución, una solución podría consistir en que las autoridades de ambos partidos llegaran a un acuerdo con el mapa político del país a la vista para que en determinados departamentos los blancos y los colorados voten por el o los candidatos del Partido Nacional y en otros departamentos lo hagan por el o los candidatos del Partido Colorado; en ambos casos con participación de ciudadanos de ambos partidos en los restantes órganos de los gobiernos departamentales.
A nivel político, es comprensible el temor de blancos y colorados de que haya un debilitamiento de sus respectivas identidades políticas. Sin embargo, no tiene porqué ser así. Ahí están los partidos políticos que integran el Frente Amplio, demostrando precisamente lo contrario.
Finalmente, no debe desconocerse el factor emocional. La historia de los dos partidos, casi tan viejos como el país, amasada con sangre y sufrimiento a través de generaciones, puede generar resistencias difíciles de superar. Esto lo puede comprender hasta un hijo de inmigrantes como quien esto escribe. Pero son cada vez más los ciudadanos dispuestos a cruzar las fronteras partidarias (el llamado «voto flotante»), por lo cual el mismo espíritu que generaba la lealtad a la divisa es el que ahora debe determinar a los votantes de los partidos tradicionales a asumir las nuevas realidades.
Se trata de evaluar, con miras al futuro, cómo habrán de reaccionar los electorados de ambos partidos. Incluso es posible que un avance en esta dirección despierte una renovada mística en el seno de la mayoría silenciosa de blancos y colorados. Es cierto que en las elecciones municipales inciden factores ajenos a las elecciones nacionales, pero el experimento de acumulación será, en todo caso, igualmente un valioso referente. En cualquier escenario, aunque no fuera más que por eso, el intento se justifica con creces, salvo que los partidos tradicionales se resignen a turnarse en su crecimiento, uno a expensas del otro, haciendo realidad el vaticinio que hace más de tres meses formulara el vicepresidente electo de que si el Frente ganaba esta elección, se le podía augurar más de un período de gobierno.
La propuesta requiere coraje para vencer algunos tabúes, generosidad a expensas de legítimas aspiraciones, e imaginación para crear nuevas realidades políticas.
Desde mi inalterable profesión de fe colorada, insisto que vale la pena.
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