Otra vez, sobre el corporativismo
La palabra corporativismo tiene una historia que puede aclarar los límites con que se puede usar hoy.
Nace, claro de las corporaciones, gremios, logias, guildas o como se llamaran las asociaciones de artesanos de las ciudades medievales. Estaban dirigidas por comisiones de notables, integradas por maestros artesanos que habían aprobado una tesis de maestría, u obra maestra y se consideraba que representaban a los aprendices y peones de estos maestros. Los gobiernos de algunas ciudades libres eran ligas de corporaciones, y en otras esto sucedía de hecho.
En la encíclica Renun Novarum, el «papa de los obreros», León XIII, propuso un régimen corporativo, hacia 1880. A Mussolini le había parecido esta una idea genial. El corporativismo se asocia desde entonces al fascismo.
En la década del 30, toma el gobierno alemán un derechista autoritario ultracatólico llamado Dollfuss, que quiso instalar un gobierno que en teoría se componía de forma corporativa. Es decir, estaba compuesto por representantes de las diversas ramas de actividad, y los representantes lo eran tanto de los patrones como de los trabajadores. Es como si el Parlamento fuera el Consejo de Salarios, pero los representantes fueran sólo de las patronales.
Dollfuss creía, como muchos católicos, que el momento en que la humanidad anduvo mejor fue el de la Humillación de Canosa y, más prácticamente, que ese expediente eliminaba la posibilidad de una fuerte representación socialista, que había complicado a Bismark. Por las dudas, mandó bombardear los barrios obreros de Viena.
Hubo empujes en otros lugares, como Brasil. Aquí, Tomás Brena, un joven dirigente de la Unión Cívica en la década del 50, escribió un libro con una reivindicación crítica del corporativismo y de Dollfus. Desde 1990, al menos, la palabra se volvió a escuchar en Uruguay, esta vez para observar que cualquier cosa que se tocara o quisiera cambiar, tenía una organización. Apareció, por ejemplo, una que nadie esperaba cuando el gobierno municipal de Tabaré Vázquez quiso reglamentar la seguridad de los coches que llevan niños a la escuela, que estaba separada de otras organizaciones de transportistas. Y pronto levantó como primera reivindicación que la IMM hiciera un registro e impidiera que entraran a su negocio nuevos competidores.
Durante algún tiempo, pareció que la palabra corporativismo se usaba sobre todo para este tipo de reivindicaciones de oligopolios con amparo estatal. El ejemplo más claro son los escribanos, que se llevan un jugoso porcentaje de cuanto se hace, a sabiendas de que otros países funcionan perfectamente sin ellos. Pero casi todas las profesiones universitarias tienen tentaciones de colegiaturas, etc.
A partir de cierto momento, se usó para descalificar accionares sindicales que se consideraban descalificables. La palabra era adecuada, porque nadie se acordaba ni siquiera de Mussolini, pero seguía teniendo mal olor.
Pero no creo que sea adecuada a cualquier sindicato que tome una medida equivocada o excesiva. Por ejemplo, aquellos empleados de una estación de servicio que la ocuparon por 2005, provocaron una polémica generalizada y terminaron perdiendo. Las organizaciones sectoriales y sindicales se crearon para defender intereses; y hasta Kennedy, hablando del movimiento de consumidores, opinaba que los que tienen menos poder de negociación individual deben organizarse para defenderlos. Corporativismo no es sinónimo de error de táctica, ni de inexperiencia.
Creo que su uso, si se usa, debiera reservarse para la defensa de intereses sectoriales a costa de los generales. No importa lo moderado de las medidas tomadas. Por supuesto, que es más difícil determinar cuáles son los intereses generales y si son tan generales, si son de largo plazo, etc. Será trabajo para el que quiera usar el término. Y al menos se evita la utilización de la palabra para descalificar más o menos fácilmente a todos los que defiendan algo con lo que discrepamos.
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