Las venas de la desvergüenza

No cabe la menor duda respecto a aquellos creadores que sustentan, entre otros, un doble principio: ser coherentes con las exigencias históricas y lo que éstas reclaman y, por otro lado, mostrar pleno aprecio ante tareas emprendidas ­la literatura, en este caso­ vinculadas tanto a lo anterior como a un propósito de plena generosidad creativa. Tal es el caso de Eduardo Hughes Galeano (Montevideo, Uruguay, 1940), autor de obras en las que destaca el ingenio, la mordacidad, el histórico ajuste de cuentas y una exquisita brillantez. Obras brillantes las suyas, entre las que cabe destacar, en un enorme esfuerzo de selección: Las venas abiertas de América Latina; Memoria del fuego; El libro de los abrazos; Ser como ellos y otros artículos; El fútbol a sol y sombra; Patas arriba. La escuela del mundo al revés, y Espejos, entre otros textos.

A diferencia de otros creadores, tanto hispanoamericanos como europeos, por así, escribirlo, Eduardo Galeano supone la verticalidad del juicio con la suficiente conciencia de hacerse horizontal. El es, gracias a los demás, una persona que se confunde con los otros, y en tal situación expresa su bonhomía, traducida en compromiso y voluntad de plural superación.

Lo antes expresado se traduce en una entrevista concedida al periódico español Público («Un continente con las venas abiertas», páginas 4-5, realizada por Ana Delicado, Madrid, 3/01/2010), y en la que el escritor uruguayo se incorpora fehacientemente a las aspiraciones de hombres y mujeres de un continente que, como él, exige coserle las venas a la desvergüenza para que ésta no se irrigue. Es el largo y ancho continente avistado por vikingos o Cristóbal Colón, el que trata, con la justeza de sus legítimas aspiraciones, de «estar exorcizando la cultura de la impotencia», según asevera Eduardo Galeano.

La entrevista concedida a Ana Delicado deja bien patente la conciencia de un escritor que no se aísla de sus semejantes, se hace suyo, y, por lo mismo, sustenta una doble incorporación, la del yo y el otro, que no es más que la noble grandeza del nosotros. Y es que mientras bastantes pretenciosos creadores, ahogados en su propia ambición, tan sólo piensan ­a veces con solapado temor, o sea, su propia muerte, que lo es también la de sus misérrimas obras­ en sí mismos, personas como Eduardo Galeano concibe la existencia en un doble e irrenunciable eco, porque uno es posible gracias a los demás.

Deben ponerse límites al delito de existir plenamente, y esto porque lo han vulnerado multinacionales, poderes coronados de privilegios e ignominias, falsos representantes que tan sólo piensan en sus cuentas corrientes y envilecidos dirigentes que agreden al ser humano. Es aquí donde se sitúa la personalidad de Eduardo Galeano, su buena hechura escritural, la valentía de sus quejas y el sueño despierto para que seamos mejores.

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