Los de afuera son de palo
El embajador argentino, Patiño Mayer, al decir de los muchachos se pasó de rosca y de carrera, le está prohibido, específicamente, hacer. Y es opinar y tomar partido en asuntos internos de la nación en lo que está ejerciendo el cargo, en este caso, en Uruguay.
Por citar algo grosero, en la propia Buenos Aires, días antes de los comicios recientes, en un acto, según trascendidos, para recaudar fondos para la agrupación política Frente Amplio, no sólo se hizo presente junto a los dirigentes, sino que realizó declaraciones comprometidas, «engalanado» con una bufanda con los colores de la coalición.
¡Le faltó poco menos que llegar en bicicleta con una bandera partidaria frentista al hombro! Pero cuidado, no importa el partido político extranjero de su preferencia. Si hubiese llevado una blanca o colorada o independiente sería lo mismo, un diplomático extranjero, embajador por añadidura, y por ende representante oficial de su país ante el nuestro. Según la Convención de Ginebra, que específicamente se lo impone, debe mantener neutralidad. En el caso de marras, el senador Larrañaga junto con Abreu, en nombre del Partido Nacional, denunciaron un artículo de su autoría publicado en el semanario «Perfil» argentino, en el que comparaba las figuras de Artigas y José Batlle en pie de igualdad histórica con el futuro presidente, Mujica, identificados con el apodo de los «Pepes».
Con el agravante de desconocer y desautorizar la figura del presidente Vázquez, quien nos representa en el actual y resonante conflicto con Argentina y quien lo hizo, por cierto, bien. O sea, más que rozar, choca con la línea que lleva nuestro gobierno con el apoyo de todas las fuerzas políticas.
Según lo expuesto, Larrañaga dijo que más que un tema político, es un tema de dignidad nacional. En puridad, de la defensa de la soberanía, sobre la cual el Sr. Patino no puede inmiscuirse, y menos opinar sobre las políticas de las demás naciones haciendo comparaciones fuera de lugar. La Convención de Ginebra, anteriormente mencionada, es contundente al delimitar las funciones de los representantes de un Estado, ya sea oral o escrita, referidas a la situación interna de otros estados y estando en ejercicio de la función diplomática con más razón, o sea, ¡el sayo le cae justito! Es algo a lo que suelen acostumbrar los gobiernos porteños, el tratar de influir en lo interno de sus países vecinos.
Los países chicos, o más débiles, no pueden dejar pasar en sus soberanías estos excesos e interferencias por parte de potencias poderosas. En los hechos, ante las diferencias de fuerzas, la única vía eficaz es el Derecho Internacional, que puede evitar que los poderosos amañen o intimiden posiciones que les sirven sólo a ellos, como aspirantes a imperialismos futuros.
Uruguay, desde el fondo de la historia, ha sido como el «tesoro del deseado» para porteños y cambás, quienes en el fondo aspiran tener su cuota imperial. Tanto Uruguay como Paraguay deben cuidar y defender con uñas y dientes la integridad de su soberanía, deben cuidarse de las interferencias en nuestras «chacras». Cuidar la soberanía es función sagrada. El Partido Nacional, por iniciativa del senador Larrañaga, exigió la destitución del embajador Patiño Mayer, y se ha logrado. Patiño cesó como embajador en nuestro país. Justo es consignar que a la eficacia y celo del Partido Nacional y del senador Larrañaga de haber actuado y exigido la renuncia, la cancillería tampoco le fue en zaga.
En materia diplomática, no hay «amigos» ni «afectos», sólo existen intereses voraces de los que hay que cuidarse previniendo males irreparables. Es demasiado «desprolijo» para un diplomático profesional, y no se arregla con pedir «perdones» posteriores. Sería resolverlo por la «fácil», y hasta interpretarse como transacción pasajera.
La supervivencia de los países chicos no es algo superfluo. En Uruguay sabemos cuidar, todos, la soberanía nacional. ¡Los de afuera, son de palo! ¡Y Patiño se fue!
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