Copenhague: fracaso esperado

Algunos ilusionistas, que lamentablemente en estos tiempos sobran, pensaron dentro de su inocencia que la denominada Cumbre del Cambio Climático podría tomar medidas acordes con el drama que vive el planeta.

En realidad Copenhague y su Cumbre vuelven a reafirmar que los poderosos del mundo, absolutamente culpables de la barbarie a la que todos los terrícolas estamos sometidos, no van a mover un dedo para lograr parar las llamadas emanaciones asesinas.

En realidad lo que debemos tener claro es que llegamos a lo que llegamos debido a que impera un sistema absolutamente irracional como lo es el capitalismo.

Todo se supedita al lucro. El ser humano debe de supeditarse a la economía, que es la que dice cómo, cuánto y cuándo debemos de vivir y también de qué forma.

Rosa Luxemburgo ya predecía que iríamos a la barbarie si el sistema no se cambiaba de raíz. Habló con claridad de la barbarie a la que la humanidad asistiría.

Hoy ya no quedan dudas; tsunamis, recalentamientos, inviernos incontrolables, la gente muere tanto y a la misma velocidad que la tecnología de punta avanza. Esta contradicción sólo es posible en la irracionalidad mayor que el capitalismo desarrolla a diario y con mayor intensidad.

Los latinoamericanos en particular debemos de ser conscientes de que somos el continente que tiene riquezas inconmensurables, los mantos acuíferos más importantes, energía de la que se pida y sobre todo seguimos siendo la reserva alimenticia del mundo. Esto, que debería ser una gran alegría, se convierte en un peligro cuando domina el capital.

En poco tiempo el agua y los alimentos serán tan codiciados como lo es hoy el petróleo y los capitalistas no van a dudar en apropiarse de ello. En ese marco debemos de vincular con claridad que el problema del cambio climático es un tema esencialmente político y no se trata de buenos y malos, se trata de intereses económicos, que hacen a la política que se implementa al respecto. No podemos tener ninguna expectativa en este tipo de «cumbres», donde ordenan los poderosos.

Se trata de colocar en la agenda hoy más que nunca el problema ecológico como problema político de las grandes mayorías del planeta en contradicción histórica con la minoría de la clase que nos domina y su imperio. La política tampoco es un problema del color de la piel; muchos creyeron que como Obama había asumido como presidente del país más racista de la historia, iba a haber cambios. La política es tal o cual según los intereses de clase que se defiendan, esto es clave para entender que Obama, siendo negro, se parece más a Bush que a Luther King o a Mandela.

En esta Cumbre Obama volvió a mostrar lo que verdaderamente defiende. Es por ello que no quiso firmar ningún acuerdo más que el que estaba en los planes de las grandes trasnacionales. Es el mismo Obama que aumentó el presupuesto bélico del imperio aún más que Bush, manda tropas en número de 13.000 a la guerra de Afganistán, es el mismo que no se retira de Irak, es el mismo que apoya a los golpistas de Honduras. En definitiva, todo esto debe de servir para que los vendedores de ilusiones de capitalismo con «rostro humano» no sigan confundiendo a la gente.

La inefable Mafalda en sus claras afirmaciones decía «paren el mundo que me quiero bajar». Quizás hoy es el momento que todas las organizaciones del campo popular de nuestro mundo digan paremos el mundo y que se bajen de una vez los que atentan contra la vida. Para llegar a ello debemos desterrar toda propuesta ilusoria y saber que de nosotros depende en gran medida que cuanto más nos politicemos, cuanto más nos preparemos, cuanto más desterremos que el hacer política es algo malo, más cerca de los cambios ya imprescindibles estaremos.

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