Rebaja de aportes al BPS y nuevo impuesto
Será una nueva jugada del gobierno divertido que el doctor Batlle nos prometió? No hay duda de que el presidente mantiene sus rasgos más típicos.
A primera vista, parecería que la medida anunciada se inscribe en ese estilo tan caro al Presidente, caracterizado por la sorpresa que causan los golpes de ingenio, como si se propusiera asombrar a aliados y a adversarios y a la población en general.
El pasado lunes se informó de una disposición incluida en la tercera ley de urgente consideración, por la que se rebajan sustancialmente los aportes patronales a la Seguridad Social –vieja aspiración de los economistas neoliberales– al tiempo que se crea un nuevo impuesto del tres por ciento que gravará la totalidad de los productos terminados, sean de fabricación nacional o importados.
En lo que respecta a la rebaja de aportes, el ministro de Economía anunció que la misma será sustancial en el sector productivo y que –aunque en menor grado– se extenderá a todos los sectores.
El argumento manejado por los panegiristas del libre mercado, la minimización del Estado y la desregulación, es que ello permitirá reducir costos y lograr precios competitivos para nuestros productos, al tiempo que promoverá la disminución del desempleo.
Poco les importa a estos fundamentalistas la desfinanciación del BPS, que está llegando a cifras alarmantes. Se trata de lograr la competitividad a cualquier precio, incluso a expensas del sistema solidario de seguridad social.
Ahora bien, como les consta que quitar al BPS el aporte patronal podría significar un colapso mayúsculo, el doctor Batlle y su equipo económico han ideado un nuevo impuesto con el que se paliaría el déficit de la Seguridad Social. Cabe preguntarse en qué medida puede hablarse de recursos genuinos si tenemos en cuenta que lo más probable es que ese tres por ciento –que gravará a todos los productos menos a aquellos destinados a la exportación– significará un nuevo impuesto al consumo. Los economistas responsables y sensatos coinciden en señalar al IVA como un serio obstáculo a la reactivación del mercado interno; entonces, es lícito dudar de la pertinencia de una medida de ese tipo, que no hará más que abrumar a los consumidores finales, a quienes se traslada en definitiva la pesada carga de enjugar el déficit del BPS.
El razonamiento parece ser el siguiente. Los empresarios (productores e industriales, sobre todo) deben verter un determinado porcentaje de los sueldos de sus asalariados al organismo previsional, y ello incrementa sus costos de producción y el precio final del producto. Como de lo que se trata es de llegar a precios competitivos, exonerémoslos de esa obligación, de la que habrán de encargarse de ahora en adelante, los asalariados.
Tenemos entonces que por un lado bajarán los precios merced a la rebaja de los aportes patronales, y por otro, aumentarán, porque es de prever que el impuesto del tres por ciento no será absorbido por los empresarios sino transferido al precio final.
En definitiva, esta ingeniosa propuesta se parece más a un juego de mosqueta en el que los prestidigitadores del equipo económico hacen desaparecer la bola y la ocultan bajo otra tapa ante los ojos azorados de los ciudadanos.
Pero la medida está lejos de haber concitado una adhesión unánime. Las distintas gremiales empresariales reaccionaron de manera disímil: mientras los exportadores se muestran satisfechos, la Cámara Nacional de Comercio no oculta su disgusto tanto con la rebaja de aportes cuanto con la implementación del nuevo impuesto.
Es que en rigor, la medida parece ideada por una mentalidad frívola que se divierte sacando de un lado y poniendo en otro, mientras los postergados de siempre se mantendrán excluidos de todo beneficio.
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