EDITORIAL

Hay Reformas y reformas

A partir de la salida de la dictadura se comenzó a hablar en nuestro país de la Reforma del Estado. No hubo partido político, no existió presidenciable que no se refiriera a ella. Es más , ¿quién no apreció en un sinnúmero de autos un sticker que pedía «Bajen el costo del Estado»?

Este ejemplo no es traído de los pelos, ni tiene sentido preguntarse qué tiene que ver una cosa con la otra.

En realidad tienen que ver poco según la concepción frenteamplista pero con la visión de los partidos tradicionales fueron dos conceptos fundamentales. Es muy fácil de probar.

Si nos atenemos a lo que realizaron en este rubro todos los gobiernos de la derecha no habría demasiado para escribir ya que esencialmente se circunscribió a sacarse de encima funcionarios públicos, incluso aprobando leyes con prohibición de nuevos ingresos, y en suprimir servicios (AFE, etcétera), organismos reguladores y de contralor ( en el MGAP se realizó una carnicería en este rubro) y en intentar vender empresas del Estado o, por lo menos, bajar el ritmo de inversiones de manera que fueran perdiendo competitividad y razón de ser para luego privatizarlas. Como por ley no se podía tomar empleados y quedaban afuera todos los parientes y colaboradores del período electoral se inventaron los contratos de obra, una estafa pseudo legal por la que se daba entrada a personas a la función pública, en general con muy buenos sueldos, preservando de esta manera el «sustento» familiar de los más allegados correligionarios.

La Reforma del Estado de colorados y blancos era en definitiva un instrumento del liberalismo en boga en el mundo para desmembrar el Estado de manera que no pudiera cumplir con sus mínimas funciones de regulador y de control de la actividad privada (en las finanzas, en el agro, en la exportación, en la importación, etcétera) y se dejaban de lado inversiones y normas en investigación, la educación terciaria, secundaria y primaria, la salud pública, seguridad, respeto a los derechos humanos y a los trabajadores.

Llegó el Frente Amplio al gobierno y las cosas comenzaron a cambiar. La Reforma del Estado, concebida como la optimización de la función pública para realizar un servicio administrativo, de control y regulador óptimo, comenzó a gestarse.

La administración Vázquez fue desde un principio consciente de que no iba a concretarla a cabalidad, pero al definirla como la «madre de todas las reformas» dejó en claro que no serían cinco años de mirar para arriba y chiflar, sino que advertida de la complejidad de la propuesta, comenzó a trabajar para ir sentando las bases.

La segunda administración frentista fue de las primeras cosas que anunció: un reforma del Estado integral que sea capaz de ser funcional a los objetivos del país ofreciendo un servicio administrativo competente, eficaz y capaz de adecuarse a las necesidades del país tanto en la atención de las necesidades básicas como salud, educación , seguridad, transporte, cultura, sino también en las áreas económicas, financieras, el turismo, etc.

Algunos detractores, por falta de capacidad, y otros por interés político, sostienen que el gasto aumentó. El contador Astori hace muy pocos días hizo callar a un grupo de empresarios señalándoles que el gasto público se mide en función del PBI y que éste, en la presente administración se duplicó. Y por ello se pudo invertir tanto en ir mejorando la salud, la educación, la infraestructura, la investigación, la lenta y compleja capacitación de los funcionarios públicos, introducirlos a las nuevas tecnologías e ir implementando el expediente electrónico, entre otras innovaciones. También en seguridad se ha ido capacitando mejor a la Policía, se le ha mejorado sustancialmente el salario ( aun no es suficiente) y se la va preparando para dar un salto en técnicas de investigación y prevención.

Pero ­y lo dejamos para el final, no por ser lo menos importante sino por el contrario, por tratarse de la frutilla de la torta­ todo esto debe ir acompañado de un compromiso de los funcionarios con este proceso. El futuro presidente José Mujica ya ha insistido en ello: el hombre es el centro. El centro de los resultados, para que viva mejor, para que reciba una digna contraprestación a sus aportes impositivos y también el centro de la Reforma del Estado. El gran desafío de la administración está ahí, en lograr el mayor involucramiento de los funcionarios públicos en una transformación mental, en un compromiso que está muy lejos de las banderas partidarias sino que apunta a buscar y lograr que el país se inserte en un mundo dinámico como un integrante capaz, inteligente, innovador, con mucha fuerza interna dentro de la comunidad mundial.

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