EDITORIAL

Inseguridad y droga

Uno de los ejes de la campaña electoral desplegada por los partidos tradicionales fue, como era de prever, el problema de la delincuencia y la consiguiente sensación de inseguridad que vive la población. La izquierda también incorporó el tema a su discurso preelectoral aunque ofreciendo otro diagnóstico y otra terapéutica. Hay, empero, algunas aristas del problema en las que se registran coincidencias entre la izquierda y la derecha. Veamos.

Ya a esta altura nadie niega la realidad de incremento de la violencia delictiva y a nadie se le ocurre sostener que no es sino una «sensación térmica» atribuible a un manejo interesado de la información policial por parte de los medios audiovisuales. Cierto es, y tonto sería negarlo, que dichos medios normalmente magnifican los hechos, dan una cobertura exagerada de los mismos y en cierta medida coadyuvan a generar esa sensación de inseguridad; pero los asaltos, copamientos, rapiñas y arrebatos existen.

También hay coincidencia en señalar el aumento del consumo de drogas, particularmente la tristemente célebre pasta base, como un elemento que ha venido a incorporarse para exacerbar los comportamientos violentos. Por dos razones: la primera, porque tratándose de una sustancia psicoactiva que causa una adicción muy fuerte, el síndrome de abstinencia resulta intolerable y lleva al adicto ­por lo general perteneciente a los estratos sociales más bajos­ a tratar de obtener la dosis al precio que sea sin medir las consecuencias. Y la segunda, porque el efecto de esa droga de baja calidad altera notoriamente el comportamiento exacerbando la agresividad y llevando al delincuente a exhibir conductas particularmente violentas hacia sus víctimas.

Ahora bien, ¿cuál es la respuesta que proponen las clases conservadoras ante el fenómeno? Más efectivos en la calle, penas más severas, baja de la edad de imputabilidad y construcción de más cárceles. Y en lo que tiene que ver con la droga, las «soluciones» planteadas son de un carácter similar: represión del consumo, ataque a las bocas de distribución, internación del adicto para un tratamiento compulsivo.

Estamos de acuerdo con que el problema de la delincuencia y de la droga requiere una respuesta que la sociedad reclama legítimamente. Es preciso prevenir, disuadir y reprimir. Pero hay que apuntar a hacerlo con inteligencia para que la prevención, la disuasión y la represión tengan el efecto deseado. Todos sabemos que la represión no elimina el fenómeno; también debiéramos saber que el incremento del rigor punitivo no surte el efecto disuasivo que se supone. Aumentar el monto de las multas de tránsito puede ser un medio eficaz para desestimular al conductor irresponsable a cometer infracciones; pero para un joven marginado que ha desertado del sistema educativo y cuyo núcleo familiar está desestructurado, la perspectiva de recibir una sanción severa por su conducta delictiva tendrá nulo efecto disuasorio: el individuo que está dispuesto a arriesgar su vida en un asalto, que ha tomado la determinación ­por la razón que sea­ de atracar un banco, asaltar un supermercado o copar una vivienda, no se detendrá a pensar en las consecuencias de sus actos. Probablemente sepa que si es capturado, deberá pasar un tiempo en una cárcel; pero, acuciado por las circunstancias (porque no sabe hacer otra cosa y no está preparado para ganarse la vida por medios lícitos) soslayará inconscientemente la pena que pueda recaerle, e incluso no temerá perder la vida en el intento.

Con el combate a la droga ocurre algo similar. El adicto no debe ser internado a la fuerza ni forzado a un tratamiento que no desea porque ello operará inevitablemente en el sentido de tornarlo más agresivo.

El asunto es especialmente delicado y deberá ser abordado con inteligencia. De otro modo, la usina generadora de drogadicción y delincuencia seguirá funcionando a pleno.

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