Premio Nobel de la Paz
Nadie discute hoy día que la EEUU es un imperio con todos los atributos nefastos que este tipo de potencia representa. Hasta la propia derecha, en forma tal vez más atemperada, lo acepta y critica subliminalmente esta realidad de los «rubios del norte».
Claro está, acompañado con justificaciones «atemperantes». Pero, lo hace. La sucesión de guerras brutales en relativo corto tiempo y el apronte inoculto para las venideras llevó a acrecentar el desprestigio y fastidio internacional contra los yanquis en grado sumo. Es obvio que si la publicidad no estaba en las prioridades inminentes, viene después del poder económico, militar y político, es una fuerza que tampoco se puede prescindir. Las administraciones de la familia Bush agravó la situación con sus intervenciones y abusos monstruosos que, justo es consignar, no comenzaron con ellos y llevan más de un siglo (en América 73 en la centuria) todas cruentas y a medida del tiempo, cada vez más «peorcitas» y exageradas sus consecuencias. Y hábilmente se les ocurrió promover a la Presidencia a un hombre de raza negra. Raza tan perseguida y hasta esclavizada directa e indirectamente en el transcurso del tiempo histórico imperial. Simpaticón, sonriente y buena «pinta» de macanudo liberal, aterrizó Obama con su familia ordenadita y de aparente buenas costumbres. ¡Buena movida! Cayó fenómeno. Y ayudó mucho e ilusionó a demostrar que el imperio no era tan malo. O sea, el viejo «gato pardo».
Cambiar «algo» para que todo siga como está. El imperio está como siempre, fachada algo distinta pero con su voracidad intacta. En buen romance, no mandan en términos generales los presidentes, sino los grandes poderes fáticos manejados desde Wall Street con su peso económico, las multinacionales con sus fábricas de armas, sus industrias monopólicas y sus políticas belicistas.
En puridad, Obama supongo que manda en su casa, pero no bien sale al «porche» sin su esposa y negritas, no le deben llevar el apunte ni el barita que dirige el tráfico. Todo lo que prometió antes de los comicios, no lo dejaron hacer nada. Prometió terminar con las guerras del Golfo y hoy están mandando 30.000 soldados más a masacrar afganos en estado de «desastre miserable». Si contamos flotas, armamentos de todo tipo de sofisticados poderíos, aviación «inteligente» y de las otras, para combatir un pueblo en ruinas, incluyendo la masacrada palestina y el ruinoso Irak, es alevoso.
Sin perjuicio de la amenaza latente de intervención sumatoria a Irán y sus persas, el Premio Nobel de la Paz otorgado en Oslo, Noruega, al Imperio lo recibe Obama pero el destinatario real es Washington DC.
Suena a «tomadura de pelo» cruel y despiadada. Pero si los países petroleros ajenos a la EEUU, se arman, viéndosela venir, como se ha hecho con sus predecesores, no es legítima defensa, sino intenciones espurias totalitarias que «almas» carcomidas por el odio que no desean «regalarle» su petróleo a los yanquis de Obama (Premio Nobel de la Paz) y sus amigotes asociados reunidos en Wall Street. Es muy fácil, dilectar a distancia con océanos de por medio. Lo difícil es actuar viendo los ejércitos imperiales arrasar con los países limítrofes, caso Irán, o «vecinetes» al otro lado de la «calzada», al propio imperio pronto a invadir cuando se le ocurra, caso de Venezuela. Soy nacionalista, y si algo aprendí del libertador Oribe, estudiando sus ejemplos, fue que jamás transó con los imperios. Estos, no son buenos o menos buenos, son voraces para quedarse con los que les venga bien.
Y si sienten la fragancia del petróleo, con mucha más razón. Otorgar el premio Nobel de la Paz es una falta de respeto a la dignidad de los pueblos débiles que ven como Obama borra con el codo lo que sonriente con su bella esposa y encantadoras negritas, les prometía retirar ejércitos y buscar la paz. Ahora resulta, que nos quieren convencer que para lograrla, hay que arrasar con pueblos enteros que luchan por sus libertades y el derecho a sus legítimas riquezas, caso del petróleo. O sea, la paz de los cementerios.
Compartí tu opinión con toda la comunidad