Judeofobia y la noche en que el amor fue clausurado

La noche del racismo y la discriminación nunca desapareció de la faz de la Tierra. Esa noche estuvo presente desde la Rusia blanca hasta la Rusia roja, en Polonia comunista, también en la inquisición española, en los movimientos racistas americanos, pasando por la extrema derecha nazi fascista, y hoy se hace presente también en los extremismos teocráticos islamistas. Recorriendo en nuestra América las tribus indias y a los negros traídos para ser esclavos, puesto la discriminación siempre tuvo intereses económicos y de poder.

Hasta 1879 el odio hacia los judíos no tenía nombre especial y fue Wilhelm Marr que acuñó el término «antisemitismo» a fin de quitarle al fenómeno connotación religiosa.

El «significante» (antisemita), quedó cuestionado a posteriori de la segunda guerra mundial, con la tragedia del Holocausto y por el significando colectivo culposo que se fue constituyendo. Pero, nada cambió. En esta sociedad «líquida» o posmoderna, el significado casi quedó en sus raíces, pero el «significante» (la palabra) cambió para judeofobia.

Con el surgimiento del cristianismo y en su evolución, cuando el mismo se despegó definitivamente del judaísmo, ubicado en el último período del cristianismo primitivo, surgen en aquel entonces las primeras controversias, donde San Pablo comienza su prédica cristiana. Quizás un psicoanalista comentaría que el cristianismo se sintió molesto por la existencia judía, ya que sus creencias parten de la religión mosaica, y éstas son parte de un sincretismo religioso que de alguna forma los situaba en un plano desigual o inferior. El dominio ideológico cristiano se menoscababa con la existencia judía, por partir del mismo monoteísmo y Pentateuco judío. Quizá no sería correcto simplificar de esta forma el origen del antisemitismo, puesto que hay muchas más variantes multidisciplinarias que no tomo en cuenta, como que las identidades siempre se forman sociológicamente en oposición al otro, etcétera, pero marco estos dos elementos que hacen punta en las raíces antisemitas, aunque son insuficientes para interpretar los hechos. Condenar en el siglo XXI en pleno posmodernismo de antisemita a un hombre, es muy duro porque el término racista es en parte una experiencia humana frustrante frente a la experiencia pasada. Pero el «significado» quedó, y sólo el «significante» cambió por la palabra «judeofobia».

El mundo necesita culpables, asesinos, perdedores, como ganadores, etcétera. A lo que el escritor Ernesto Sábato expresó lo mismo en otras palabras: «El judío es banquero y bolchevique, avaro y dispendioso, limitado a su gueto y metido en todas partes. […] La judeofobia es de tal naturaleza que se alimenta de cualquier manera. El judío está en una situación tal que cualquier cosa que haga o diga servirá para avivar el resentimiento infundado.» Tan fuerte es el sentimiento antisemita que en mi propia niñez me asusté cuando supe de mi pertenencia al pueblo judío; cómo iba a ser yo judío con todo lo que se decía. Lo rodeaban mitos cuestionadores y xenofóbicos y expresiones malignas, despreciativas y naturalmente aunque no entendía por qué, todo me involucraba.

Me decía el escritor israelí Ioran Melcer, en reciente visita: «Creo que la palabra judío es tan significativamente negativa que nos asusta a nosotros mismos y hasta las propias instituciones judías se denominan o hebreas o israelitas»(…) pero no judías.

A los que estamos de este lado y somos judíos, sentimos regularmente la discriminación solapada, con términos corrientes que rodean nuestro lenguaje y quizás el inconsciente colectivo. Claro que me pregunto mil veces por qué. ¿Por qué la AMIA? Eso no era Israel, es sólo judío. Entonces cuidado compatriotas, cuando criticamos sólo la política de Israel, que naturalmente puede y debe ser criticada, pero cuando no reflexionamos de lo que sucede del otro lado, donde todo se permite, ahí creo que es una situación de judeofobia, porque totalizo la culpa en uno solo, es casi lo tradicional, el judío o el israelí tiene la culpa y siempre es culpable, siempre. El gobierno de Israel puede tener mil errores, pero los palestinos también deben ser cuestionados. En mis recuerdos y mis venas aparecen gotas de la sangre en la inquisición, de Dreyfus, de los progroms antisemitas de la Rusia blanca, por discriminación sufrida por mi familia en Polonia antes de la guerra, el heroísmo de M. Anilevich con la rebelión del gueto de Varsovia, los caídos por la independencia de Israel, los asesinados en la AMIA argentina, pero tal como lo dijo Sábato, siempre nos condenan, o por débiles y capitalistas o por asesinos y comunistas; y la herencia milenaria que nos rodea todavía la continúan los integristas islámicos. Pero reflexionemos todos, ¿por qué?

Nuestro propio pueblo judío introvertidamente tiene contradicciones frente a esta situación. Algunos reaccionan con vergüenza y miedo, otros con valentía y sobre orgullo, pero sigo preguntándome ¿por qué continúan los prejuicios? Con mi vivencia de identidad uruguaya-judía de la cual me siento integrante, mi sangre es igual a la de los otros, al igual que nuestro genoma humano.

Recordemos la frase del comienzo: «La noche en que el amor fue clausurado». En mi utopía, sigo soñando con el amor entre los pueblos sin clausuras.

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