Algo que ni el novelista más loco pudiera haberse imaginado

Por Juan Raúl Ferreira

El fin de semana estuvo alojándose en casa mi amigo americano Joe Eldridge. Fue la primera persona en abrirme las puertas de su casa en los años del exilio llevándome a trabajar a la WOLA, la organización de Derechos Humanos en América Latina que dirigía en Washington. Un hombre profundamente comprometido con la sufrida América Latina. Es la cara poco conocida del «yanqui» progresista, solidario, que siente nuestra causa y la de nuestros pueblos como propia. Eldridge es casado con una boliviana, María Otero, que con el paso de los años se volvió alguien influyente en Washington y ha jurado recientemente como (under secretary) pro secretaria del Departamento de Estado. Por Joe supe que mañana llegará a Uruguay, Arturo Valenzuela.

Designado por el presidente Obama, la confirmación en el Senado de EEUU de Valenzuela como (assistant secretary) sub secretario de Estado para Asuntos Inter Americanos generó enormes expectativas en la región. Ahora: Un presidente negro, en la nación de Norte; un ex guerrillero presidente electo del Uruguay… y María Otero y Arturo Valenzuela al frente de la diplomacia de EEUU en las Américas. Es como se ha dicho algo que ni «el novelista más loco pudiera haberse imaginado». Y agrego yo «ni el analista más audaz, hubiera presagiado mayor desafío para un nuevo punto de partida en la región».

Es de suponer que el dignatario entrará en contacto con el gobierno electo. En una región en estado de tensión y cambio, Uruguay puede bien ser un elemento de rearticulación regional. A Mujica le sobra legitimidad y autoridad moral con los mandatarios regionales, aunque él mismo ha dicho que ello no implica hacerse cargo de sus políticas. Es bastante obvio que Lula y la presidenta Bachelet han sido referentes fuertes en su propuesta. Todo esto bien puede transformar a nuestro país en un referente e interlocutor de la región. En lo interno tiene el presidente electo la legitimidad de las urnas, de la mayoría parlamentaria y de la carta de confianza que cada lustro confieren todos los uruguayos a quien resulta triunfador en la contienda.

Tenemos que borrar de nuestra cultura política el prejuicio. Sólo así el diálogo puede ser constructivo y no meramente formal. Nosotros tenemos una visión a priori de los funcionarios americanos muy estereotipada que se asemeja más a la caricatura hollywoodiana que a la realidad. Los americanos pueden tener a su vez sus propios prejuicios sobre los nuevos fenómenos de expresión política de región y en función de la idea de Mujica con la banda presidencial. El tiempo se encargará de corregir rumbos. Cuando Mandela fuera electo presidente, nadie hubiera apostado que precisamente su mandato iba a consolidar la paz en Sud Africa.

Veamos: Joe Eldridge, a quien me he referido, (autor del prólogo de mi último libro, el hombre que recorrió América denunciando los desaparecidos en Uruguay, el que organizó la presentación de Wilson en el Congreso de los EEUU) era a principio de los 70 un joven seminarista y misionero en Chile. Vivió el golpe de Estado de Pinochet, militó junto a los demócratas chilenos y fue ordenado pastor metodista por una figura descollante que tuve el honor de conocer: el obispo (protestante) Valenzuela.

El hoy extinto obispo emérito de Chile Raimundo Valenzuela Arms, fue un hombre extraordinario. Un teólogo sofisticado, aunque su vocación de servicio y dedicación a la promoción de la dignidad de la gente opacaron cualquier otra de sus virtudes.

De su descendencia (además de sus hijos Arturo, Samuel y David) su hija mujer Liza fue mi asistente en WOLA. Con ella, junto a Eldridge fuimos pioneros de la utilización de los mecanismos de defensa de los derechos humanos de la OEA, carentes de prestigio y credibilidad en aquella época. Con Joe y Liza Valenzuela, logramos que Uruguay fuera el primer país condenado por desaparición forzada de personas en el caso de Julio Castro. Sí, tan así como suena, la hermana de Arturo Valenzuela, fue la que logró que la OEA siguiera, paso a paso, las circunstancias que siguiera el periodista y educador uruguayo desaparecido el 1º de agosto de 1977.

Hace pocas semanas, Liza fue arrollada por un auto que le causó la muerte. Antes de enviar mis condolencias a su familia, recordé en el programa sobre Política Exterior que comparto con Alejandro Camino los miércoles a la mañana, su figura, su sonrisa, su calidad humana y su solidaridad, como chilena y como americana.

Hoy estará Liza viendo como su hermano se integra al equipo de Obama, su amiga María Otero, esposa del joven idealista que su abuelo ordenó como pastor y Quijote de la utopía, está en la cúspide de la jerarquía piramidal del Departamento de Estado. Como el «Tío Joe» dirige espiritualmente el campus universitario washingtoniano. ¿No hay mucho espacio para dialogar con estos interlocutores?

No basta, claro está, tener buenos interlocutores. Sería ingenuo, poco sensato y generador de falsas expectativas creer que la llegada de gente de esa talla moral al gobierno de EEUU vuelve sencillo temas complejos. En muchas cosas, ellos mismos deberán de luchar contra una burocracia pro statu quo. Su mera aparición en los primeros niveles del escenario público americano, no hace desaparecer el peso de muchos intereses económicos y políticos contrarios a un desarrollo nacional libre y soberano. Pero permite la profundización de caminos de diálogo respetuoso y franco.

El gobierno que culmina, gobierno adversario del Partido de mis amores, supo llevar ese diálogo y mantener una relación abierta y de beneficio recíproco con el gobierno americano. Nuestro embajador en Estados Unidos, Carlos Gianelli ha sido protagonista de una de las mejor gestiones de la diplomacia uruguaya en aquellas tierras. Pero siempre hay oportunidad de avanzar y profundizar. Y nunca se deben perder las oportunidades.

A contrario sensu deben saber las autoridades americanas, que tienen en Uruguay un importante interlocutor. Se acaban de celebrar elecciones. No hay dos lecturas posibles, para los que lo votaron y para quienes no. El triunfo de Mujica es un acto de reafirmación del sistema democrático. Algún día anduvimos por caminos muy encontrados. Pero cuando todos los orientales usamos los mismos códigos para dirimir sus diferencias, la democracia se consolida. Cuando todos reconocemos que es el voto libre de la gente lo que marca el rumbo, la democracia se viste de fiesta.

El pasado de Mujica no es intrascendente. Habla mucho de los nuevos tiempos en nuestra tierra. Yo no creo que a Obama se le haya elegido por negro. Lo tremendo es que ser negro, no fue un impedimento para que fuera electo. Algo parecido ocurre en este país austral. Haber empuñado las armas no fue impedimento para que Mujica fuera electo. Lo demás, es lo de menos.

No pertenecer a la fuerza política de Mujica, me permite hablar con mucha soltura sobre este tema. Quiera Dios que la venida de Arturo Valenzuela, el gobernante y el hombre, sirva para que nos entendamos mejor y descubramos un nuevo punto de partida común. Para Estados Unidos, para Uruguay y para la región.

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