Chile voto a voto

La histeria de la derecha llegó a su punto más alto en la noche del domingo 13 de diciembre. No faltó el champagne para festejar el descontado triunfo del «Berlusconi» chileno en su largamente acariciado propósito de concentrar en sus manos el poder económico, comunicacional y político que convertiría a Chile en una suerte de dictadura constitucional.

La propia presidenta Bachelet, una vez conocidos los cómputos finales, señaló con meridiana claridad los dos hitos de esta primera vuelta, en la que Eduardo Frei Ruiz Tagle, candidato de la Concertación gobernante, obtuvo casi el 30 % de los votos de un envejecido padrón electoral de ocho millones de sufragantes, que históricamente además, continúa votando de igual forma, a pesar de la dispersión del progresismo, desde el advenimiento democrático en 1990.

En primer lugar, la elección presidencial no está definida aún y será una lucha casa por casa, voto a voto, a lo largo y ancho de esta faja porfiada y austral, la que establecerá quien, a partir del próximo 17 de enero puede considerarse como el nuevo presidente de Chile.

En segundo lugar, la mandataria rescata como elemento esencial de esta compulsa electoral, la autoexclusión del Partido Comunista de Chile, proscripto y excomulgado del orden constitucional vigente por la ignominia del sistema electoral binominal incluido en la carta política, pese a lo cual y gracias al pacto electoral suscripto este año entre el oficialismo y las fuerzas que respaldaron al muy bien votado Jorge Arrate Mac Niven con más de un 6%, consiguieron posicionar en la Cámara de Diputados al presidente y secretario general del Partido Comunista de Chile, Jorge Teillier y Lautaro Carmona y al emblemático abogado y defensor de los derechos humanos, Hugo Gutiérrez.

Ese es el gran triunfo de la democracia en estas elecciones 2009. Es el fin de una transición, en definitiva el fiel de la balanza que va a permitir a la Concertación, encabezada en el gobierno por Michelle Bachelet, ganarle por una diferencia estrecha al candidato del pinochetismo, el mercado y la farándula.

Sebastián Piñera llegó a su techo, alcanzando el 44% de los votos de la derecha nostálgica que pide mano dura contra la delincuencia y que se autoproclama portadora de la esperanza y del cambio.(…)

Bajo la máscara de Piñera se esconde el rostro de la dictadura, de los grandes negociados que permitieron a los dueños de Chile acrecentar y multiplicar la injusticia, la falta de oportunidades y transformar a una patria de profunda tradición democrática en un campo de concentración donde se ultrajaron los derechos humanos.

Lo que está en juego es el futuro de una nación que se ha posicionado en el mundo entero con índices de crecimiento y desarrollo humano que la privilegian. La eventual llegada de la derecha a La Moneda representaría entre otros, un gravísimo retroceso en las políticas sociales implementadas desde el gobierno de Patricio Aylwin a la fecha y el desamparo absoluto de todos quienes sufrieron graves violaciones a los derechos humanos en dictadura, cuyas causas continúan ventilándose en los tribunales de Justicia….

Este sistema político binominal, gestado por los ideólogos del autoritarismo, varios de cuyos autores permanecen en las cámaras parlamentarias, ha desencantado a la gente joven y al pueblo en general. Tan sólo 200.000 nuevos votantes se han inscripto en el servicio electoral para estas elecciones de 2009, pues ven que la política no resuelve sus angustias, sus sueños y esperanzas. No se sienten partícipes hasta hoy de una sociedad que los acoja e incluya, un modelo de corte neo liberal en el que persisten grandes asimetrías entre el mundo rico y quienes aspiran a educarse y construir una vida mejor.

La educación ­más allá de la masiva llegada de jóvenes de extracción proletaria a las universidades privadas­ continúa en Chile siendo concebida como un gran negocio, en el que participan operadores de la política transversalmente.

De allí, en parte el descontento, la apatía hacia la gobernante Concertación, expresado en una dispersión de votos hacia candidatos que proclamaron la re- nacionalización del cobre, la dignificación y gratuidad de la educación, concebida como un derecho, en el conglomerado de Jorge Arrate y el fin de los privilegios y de prácticas clientelíticas desde una anquilosada fuerza política gobernante, denunciados por el ex aspirante y cineasta Marco Enríquez-Ominami.

Sin embargo, a pesar del lento declinar de la Concertación, de la»co-optación» de todos los medios de comunicación por parte de la derecha más reaccionaria del continente, de la caricatura de decadencia con la que pretende estafar intelectualmente al pueblo Sebastián Piñera, el empresario aspirante a la Presidencia de Chile, este se ha convertido anoche en el candidato post Pinochet menos votado por sus pares para una elección presidencial, cinco puntos más abajo que su hermano ideológico, el ultraclerical ex alcalde de Las Condes, Joaquín Lavín, derrotado en una contundente, histórica y maciza votación durante estas elecciones en la circunscripción de Valparaíso, por el hijo del presidente Lagos y ya senador de la República, Ricardo Lagos Weber.

Otro hito de esta elección lo marcó la hija menor del presidente Salvador Allende, Isabel, quien conquistó en el norte su banca al Senado y cabe destacar que una señera figura de la Democracia Cristiana, Andrés Zaldívar, ex ministro del presidente Frei Montalva, retorna al Senado ungido por el mandato popular.

De los dos candidatos aspirantes a La Moneda, que definirán en el balotaje del 17 de enero la Presidencia de Chile, quien posee mayor y única posibilidad de crecer electoralmente es Eduardo Frei Ruiz Tagle, quien captará la enorme mayoría de los votos de una candidatura testimonial de descontento con el sistema político binominal, como lo fue la de Marco Enríquez Ominami (MEO), pues los votantes del ex «díscolo» apostarán al progresismo y a «caballo ganador» y, por otra parte, más allá de ciertas condiciones de carácter programático descontamos que el generoso voto del Partido Comunista y sus aliados, quienes en estos 20 años de democracia le han permitido a Chile encausarse finalmente a abrir las anchas alamedas hacia un régimen republicano y representativo, le posibilitarán al progresismo continuar gobernando.

Sin temor a equivocarnos, pronosticamos que la futura elección del 17 de enero se ganará a favor del nuevo frente democrático humanista y progresista que encabezará Frei, por decisión soberana, por un margen no mayor a los 50.000 votos.

Como dato de la realidad también señalamos que, a pesar de la dispersión electoral del progresismo en tres candidaturas, las cuales marcan un casi 30% para Eduardo Frei, 20% para Enríquez Ominami y más de un 6% para Jorge Arrate, candidato del «Juntos Podemos», la derecha toda junta no posee más «reserva» de votos. Llegó el pasado domingo 13 de diciembre a su máxima expresión histórica desde el Plebiscito de 1988 donde votó Sí por la continuidad y los privilegios del dictador.

Frei hijo, quien ha anunciado el fin de la constitución autoritaria y su reforma, llega a la instancia de segunda vuelta en el complejo escenario de articular acuerdos y asumir los errores del pasado cometidos por sus pares concertacionistas durante 20 años de gestión, que naturalmente desgastan a cualquier coalición, por más éxitos que esta obtenga, como prueban los hechos en la nación trasandina.

Finalmente, el panorama vecinal, con descollantes victorias de la izquierda en Uruguay y Bolivia y la gigantesca impronta progresista de Lula en la nación continente, parecen ir de la mano con un Chile en el cual las aspiraciones y los sueños del hombre y mujer de a pie se conjugan con más justicia social, participación y construcción de ciudadanía.

Una nueva elección se aproxima. Voto a voto los ciudadanos deberán decidir entre los cantos de sirena del populismo y la gestació
n de un modelo de desarrollo social, económico y político que continuará interpretando mayoritariamente sus anhelos y mejores tradiciones democráticas.

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