El ethos del empresario

Recientemente leímos con asombro que un grupo de acaudalados teutones lanzó la muy inusual iniciativa de solicitar que les graven con más impuestos a la renta para colaborar, así, con la reactivación de la economía alemana afectada por la crisis global.

Contra uno de los dogmas más extendidos del pensamiento económico dominante, que señala que no hay que grabar el capital para que éste sólo lo reinvierta y que así gotee el beneficio general, surge esta propuesta desde uno de los centros neurálgicos y cuna del capitalismo.

La iniciativa partió de Dieter Lehmkuhl, médico jubilado que señaló que son los ricos los que deben salir al rescate del país. Según los cálculos primarios, si los 2,2 millones de alemanes que poseen más de 500.000 euros dan, durante dos años, el 5% de su patrimonio, las arcas públicas recibirán 100.000 millones de euros. Lehmkuhl invitó al Estado a proceder en dos etapas: en 2009 y 2010 los ricos pagarían 5% de su patrimonio para financiar determinados proyectos, y a partir de 2011 se reintroduciría un impuesto duradero de un 1% sobre el patrimonio suprimido en 1997.

Esta propuesta me trajo a memoria el texto La ética protestante y el espíritu del capitalismo de Max Weber en el que se establece una interesante discusión sobre la conformidad histórica del capitalismo, la relación de esta forma de comportamiento económico con las distintas creencias religiosas, en particular con la católica y la calvinista, y el espíritu que encierra esta «individualidad histórica» desde el punto de vista cultural.

Según Weber el «afán de lucro», la «inclinación» a enriquecerse monetariamente en el mayor grado posible, constituyen tendencias que se encuentran por igual en los camareros, los médicos, los cocheros, los artistas. El capitalismo no tiene nada que ver con la ambición. Por el contrario, el capitalista debería considerarse precisamente como el freno o, por lo menos, como la moderación racional de este impulso irracional lucrativo.

El capitalismo ciertamente se identifica con la aspiración a la ganancia lograda con el trabajo incesante y racional, la ganancia siempre renovada, la «rentabilidad». Y no puede ser de otra manera, por cuanto el orden económico capitalista es como un cosmo extraordinario en el que el individuo nace y al que como tal, le es dado como un edificio prácticamente irreformable, en el que ha de vivir, y al que impone las normas de su comportamiento económico. El empresario que ­según Weber­ de modo permanente actúa contra estas normas, es eliminado indefectiblemente de la lucha económica; del mismo modo, el trabajador que no sabe o no puede adaptarse a ella, se encuentra arrojado a la calle, para engrosar las filas de los sin trabajo.

Para Max Weber el ethos característico del capitalismo moderno se basa en cálculo de capital, es decir, se integra en una serie planificada de prestaciones útiles reales o personales, como medio adquisitivo, de tal manera que al final, el valor de los bienes estimables en dinero, deberá exceder al «capital», es decir, al valor de estimación de los medios adquisitivos reales que se emplearon para la adquisición por cambio. Este tipo de capitalismo se basa en la organización racional del trabajo formalmente libre.

Sin embargo y siguiendo con el mismo autor, también existen los capitalistas «especuladores» y «aventureros», que son aquellos que se dedican a especular con la guerra, la política y la administración; o que arriendan grandes fincas, cargos o impuestos; o que se dedican a subvencionar a los jefes de partidos con finalidades electorales. Estos empresarios siempre han sido irracionales o basan sus ganancias utilizando medios violentos o explotando a los súbditos.

Es este último tipo de empresario el que ha erigido en Venezuela un conjunto de bancos, imponiendo la máxima de «ganar y ganar» por encima de la ética y aventurándose en diversos negocios con dinero de la entidad, arriesgando la solvencia de la misma y los fondos de miles de personas e instituciones, frente a lo cual el gobierno bolivariano ha respondido con total firmeza, interviniendo dichas instituciones, para defender los intereses de los miles de ahorristas y por esa vía a la economía venezolana.

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