Odio y muerte como cultura

Hace un tiempo, el influyente historiador comunista Eric Hobsbawm destacaba que a lo largo de los últimos cien años las confrontaciones armadas habían sufrido cambios, todos para mal, si se me permite la precisión.

En efecto, hasta fines del siglo XIX las guerras provocaban casi exclusivamente bajas militares. Pero desde entonces y en forma interrumpida y creciente pasaron a ser los civiles quienes habrían de sufrir las consecuencias de los conflictos. En efecto, el cinco por ciento de las víctimas de la primera guerra mundial fueron civiles, porcentaje de por sí significativo tratándose de vidas humanas. Este guarismo fue holgadamente rebasado por las bajas civiles sufridas durante la guerra civil española, pero nada de eso puede compararse con la segunda guerra mundial, en la cual las bajas fueron dos tercios de civiles y un tercio de militares. En los enfrentamientos bélicos de los últimos años, el noventa por ciento de las víctimas, según Hobsbawm, han sido civiles.

Esto responde a un conjunto de causas. La mortífera tecnología bélica que potencia la capacidad destructora sumada al hecho de que las confrontaciones armadas ya no son más entre Estados ­supuestamente obligados a cumplir ciertas reglas­ sino entre Estados por un lado, y combatientes organizados fuera de las estructuras estatales por el otro, o entre partes ninguna de las cuales lucha en nombre de un Estado estructurado. Estas organizaciones no se consideran, ni siquiera mínimamente, sujetas a las leyes de la guerra, salvo para beneficiarse, como por ejemplo cuando alguno de sus integrantes es aprehendido. De tal modo, se configuran lo que se denomina usualmente guerras no convencionales, en cuyo contexto se desdibuja la distinción básica entre objetivos y personas civiles y militares al igual que la frontera entre la guerra y la paz. (El Derecho Internacional Público debería elaborar un nuevo estatuto para estas conflagraciones).

Además, fueron y siguen siendo determinantes aquellas concepciones ideológicas, políticas o religiosas que no se conforman con nada menos que la victoria absoluta traducida en el exterminio del enemigo. No hay margen de negociación excepto la que se presenta como tal, excepto que no es más que una maniobra aconsejada por la coyuntura. El fin justifica los medios. Hitler fue muy explícito cuando invadió la Unión Soviética y se embarcó en una guerra total, aun cuando se tratara de una guerra de Estados inspirada en su ideología racista. Estas ideologías se nutren de un odio total, «que arraiga más allá de los límites del ser humano y hace de él…una máquina de matar.» (Omito la referencia de la cita)

El terrorismo es el símbolo de guerra no convencional. No es un fenómeno nuevo, pero en versión palestina alcanzó nuevas cotas de crueldad. Se convirtió en un hecho global destinado al público televisivo del mundo. Si no atrae la atención del público para aterrorizarlo, valga la redundancia, no existe como tal porque no genera la alarma social. Por añadidura, con la aparición del Hamas, la lucha palestina adquirió una dimensión religiosa y entró en un proceso de sacralización que invadió el conflicto. De manera tal que el nacionalismo palestino ha comenzado un proceso de dilución en el marco de la causa islámica. Puestos en marcha en nombre de Alá y de la única religión verdadera, escribió Taguieff, el islam y la violencia no conocen límites. Los hombres nunca hacen el mal de manera más absoluta o de forma más completa y alegre, advertía Pascal, como en los casos en que lo hacen movidos por una convicción religiosa. Los «kamikaze» (denominados «mártires voluntarios» para orillar la prohibición coránica del suicidio), incorporados por el Hamas, pasaron a ser no sólo una consecuencia aceptable sino deseable: el momento que Nietzsche bautizó como «nihilismo activo».

A despecho de su gravedad, el terrorismo es un síntoma; la enfermedad es el islamismo que lo nutre y lo legitima en aras de una ideología destinada a someter el mundo al islam por mandato religioso. Es enemigo todo aquello que se interponga: Israel (la lucha palestina es vista como la trinchera de vanguardia de la guerra que libran los musulmanes contra los «infieles»); los judeo-cruzados y Occidente, objetivos de su satanización, son, en distinto grado, encarnaciones del mal.

Aunque lleven la mejor parte en la guerra de imágenes, no debe perderse de vista que sus objetivos permanecen incambiados y aún los más escépticos habrán de reconocer la realidad de la amenaza. Hasta donde nos consta, seguimos siendo parte de Occidente.

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