Mi partido

¡Como ayer, hoy más blanco que nunca! Desde la época de la patria vieja donde nació la divisa en los campos de Carpintería, hemos vivido triunfos y derrotas. Hace 174 años que la nación Oriental ve al partido blanco como sustancial y trascendente por encima de éxitos o fracasos en todos los órdenes partidarios. Nos podrán derrotar, pero no vencer.

A cada batalla se volvía y se vuelve con el tordillo de la brida, las armas descargadas y con heridas y mataduras a recomponer filas y servir en lo posible a la patria para el futuro.

Hoy se repite la historia. Sin apoyos extranjeros ni empresas transportistas que nos arrían votos del exterior. Se presentó la batalla y en el acierto o en el error buena cosa es recabar impresiones sobre el hecho.

Creo que se cometieron errores a mi gusto. El Blanco no es un Partido «manso». Las campañas propias de los «caballeros de la mesa redonda» es una historia romanticona de la «Rubia Albión» medioeval. No acá. Al blanco le gusta la pelea. «La mano tendida», es una imagen cuasi bíblica hermosa y generosamente «sana» si hay alguien que en plena lucha, la quiera entender.

O sea, sería para después de la batalla. No antes, cuando la recíproca, no es válida. Puede ser tomado, hasta como un signo de «blandura». Que no era el caso.

El partido blanco, siempre tendió la «mano» cuando le fue solicitada para servir al país. Pero «eso» de ofrecerla sin que se la pidan, gente que es obvio que no nos quieren, es un exceso de bonhomía.

En la guerra se lucha y si entre los vivos que queden hay buenas intenciones, entonces se verá. O sea, no lo digo en tono de queja o lamento, sino como mera impresión de sentido común.

Sin desmerecer a nadie, hubo gente que luchó con dignidad y apego a la causa con un capítulo señalable aparte para Larrañaga. No lo digo o afirmo como «amigo» que lo soy, pero objetivamente llevó el Partido «al hombro».

Sale fortalecido sin dudas y dio por traste a los doctores pelucones e «inteligentes» que se le opusieron en la interna con el argumento de «exquisitas excelencias y talentos». Hoy, cabizbajos lo lamentan. Les demostró a los «calepinos» modernos, quien debió ser el jefe. Fue incluso quien aportó ideas que en los hechos estarían teniendo aceptación futura muy probable del gobierno electo. Como son las escuelas de tiempo completo y la creación de la Guardia Nacional.

Tampoco el Partido se olvidó de ofrecer equilibrio para el diálogo futuro de gobierno. Calmadas las aguas, se tiene que velar por la pacificación política posible de la patria.

Todos somos uruguayos integrantes de la patria chica. La única real. No tenemos que destrozarla por utopías de grandezas que sólo sirven a la postre, para fagocitarse a los chiquitos. Hay otros tipos de errores internos que debemos encarar con miras a los cinco años venideros.

Las campañas publicitarias deben manejarse por publicistas sí, pero bajo los parámetros de dirigentes y caudillos que conozcan e interpreten las reacciones de las internas partidarias.

Fue sin duda un «sapo» imitar propaganda extranjera que no tiene sentir nacional alguno. Es fundamental para la organización que después de cada elección corresponde a los partidos, que los blancos tengamos prensa partidaria propia.

No se puede depender de prensa, que aún portándose generosamente caso de La República, no es blanca.

Por más pluralidad que en los hechos dan con largueza, el perfil partidario se debe dar al ciudadano en general y al propio en particular en los conceptos que el Directorio y representantes necesitan. Y la verdad justa es que los blancos carecemos de prensa diaria auténticamente nacionalista y no mercantilista como alguna actual. Fue tragicómico por no decir repugnante la actitud del conocido periódico «caganchero». En mismos tirajes, publicaban y reportaban la fórmula Lacalle-Larrañaga. Y correlativamente en separatas a todo lujo periodístico con fotos de «estudio», papel satinado y profusos textos políticos plagados de ditirambos (una fortuna su costo…) para la fórmula Mujica-Astori.

O sea, el viejo principio de poner los huevos en todas las canastas. No fuese cosa de errarle al ganador y que se le prive o limite los créditos en el BROU o se le obligue a pagar algún impuesto «molesto».

¡Gane quien gane, la vieja oligarquía, no pierde! Se apagó el fragor de la metralla. No niego el gusto amargo de la derrota. ¡Pero empezamos de nuevo! Por supuesto, en todos lados habrá renovaciones.

Los desgastes son naturales si se gana, y si se pierde, con más razones. Se debe tener conciencia de los tiempos de cada uno y los «pasos al costado» que deben dar los que, por razones obvias, están desgastados.

Si son buenos y responsables blancos se tendrán que dar cuenta. Están los otros que con vitalidad e ideas y ejemplos renovados, caso Larrañaga, abren puertas y ventanas a nuevas corrientes que aireen el viejo tronco partidario.

Serán los responsable de hacer sonar el mítico clarín de Camundá. ¡Y volveremos como siempre! ¡Viva mi muy viejo y querido Partido Nacional y blanco!

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