El país partido

Desconcertada, la dirigente del Partido Nacional, Analía Pineyrúa, se interrogaba acerca de las razones que llevaron a la ciudadanía a elegir a un presidente con «credenciales democráticas dudosas, sin imagen tradicional de presidente y cuyo programa no se conocía con certeza».

Es probable que lo que esté fallando en su instrumental analítico sea la actualidad de sus herramientas. Quienes siempre se consideraron aspirantes naturales a la magistratura por mandato de la historia, terminan desautorizados por la propia historia. Desconocen que su naturaleza es dinámica y cambiante y que no siempre la escriben los vencedores. Aún más, el dudosamente democrático nuevo presidente ya lo aseveró convencido, «no hay vencidos ni vencedores, apenas hemos elegido un gobierno».

Pavada de concepto democrático, asegurar que quién se merece reconocimientos y devoción es el pueblo que toma las decisiones. El pueblo elector es el que cambia porque su sabiduría natural le indica sin lugar a error quién representa sus intereses y baja del podio sin apelaciones a todo aquel que se crea ungido por la Providencia. Por otro lado también sorprende a un analista político que se plantee que al pasado pertenecen los fantasmas y cucos terroristas. Es curioso que quienes siempre abogaron por dar vuelta la página, súbitamente reclamen retroactivos certificados de fe democrática y mea culpas públicos. No fueron igual de solícitos cuando los militares escondieron en la caja fuerte los secretos de su sedición y de sus crímenes. Ni cuando se rieron en la cara de la Justicia dando pistas falsas sobre el destino final de los desaparecidos.

Estos abogados y vestales de la democracia se erigen en censores de la decisión soberana al amparo de sus presumidos doctorados en representación popular. Una desconfía de la capacidad del soberano de elegir su destino y barrunta un presunto desatino. El otro hace caudal de quienes fueron los «auténticos» demócratas de siempre y gracias a los cuales se salió de la dictadura: Mujica no sería más que un cambio en la continuidad democrática, una excepción que confirma la regla.

Ninguno de ambos parece ver que Mujica es la continuidad del cambio. El cambio que él mismo asumió, que insufló en sus seguidores políticos, que alienta en la empecinada apuesta a los jóvenes, a la educación, a salir al cruce del futuro. El cambio que no cesa de mutar, de cambiar.

Hay además una diferencia sustancial. Mientras Mujica apuesta y da claras señas de apertura al otro, de buscar consensos, hay quienes se sienten autorizados para obrar de porteros del cielo y separar la paja del trigo. Una cosa es ganar las elecciones y otra es conducir la identidad de los uruguayos. Identidad de la cual se sienten propietarios y que administraron discrecionalmente a través de sus partidos. Partidos que consagraron esquemas de exclusión, de obedecer o de quedar afuera. De someterse a sus estructuras jerárquicas y compartimentadas. Que desparramaron favores siempre y cuando la lealtad fuera absoluta.

Parece que cuando el siglo de la vida en red, de las estructuras aplanadas y del metabolismo social sistémico despunta, algunos se empeñan en desunir, en jerarquizar, en partir.

Reclaman un país partido que exige pasaporte de ciudadano y un partido que conforma tribunales para juzgar quiénes lo merecen que ­ dijo Lacalle­ se adjudica la custodia de las instituciones.

Un país partido y encerrado en concepciones obsoletas, cuando no injustas, de la economía, del cambio social, de la cultura, de la política.

Un país que lamentamos todavía partido porque no hemos conseguido terminar con la pobreza, porque todavía no todos se cobijan bajo su propio techo. Partido porque aún hay quienes se benefician con una educación cómoda en la capital y otros vegetan imposibilitados en el país profundo.

Partido porque todavía queda mucho por hacer en la salud, en la vivienda, en el trabajo, en la producción, en la enseñanza.

No hace mucho, quienes partían y repartían guardaban para sí la mejor parte, según reza el refrán. Esta peregrina suposición ya no es válida tampoco. También cambiaron los auditores de esta historia, el ciudadano exige y controla. Cuando el «dudosamente democrático» Mujica rindió homenaje a quienes lo han elegido, habló de un mundo al revés donde los que no suben al escenario son los protagonistas.

Ya no hay un «a pesar de aquel pasado», hay un presente de desafíos en los que hay que tomar partido por crear, producir y distribuir con equidad. Hay un partido que jugar en donde somos todos protagonistas y donde todos y cada uno somos responsables de la salud de esta democracia. Bien sagrado que se administra sin particiones y sin «repartos». Un bien compartido.

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