¿Simplificación o propaganda subliminal?
Me han llamado la atención algunas aseveraciones de parte de ciertos políticos prominentes (prefiero no individualizar, aunque el lector con toda seguridad debe saber a quiénes me refiero) así como a periodistas y/o algunos medios de comunicación (continúo sin individualizar) que insisten en afirmar que «el país está divido en mitades».
La primera reflexión que se me ocurre es: ¿cómo hubieran definido la situación del país en la década del 50, en la del 60, cuando sólo existían los partidos blanco y colorado? ¿hablarían de un país dividido, fraccionado, en dos mitades? No pretendo adivinar, pero dificulto que lo hubieran hecho.
¿Por qué? Muy simple, porque se está reconociendo que existen dos maneras de ver al país, una que apuesta a fortalecer lo establecido casi desde la Colonia, y otra que pretende primero modernizarlo, adecuarlo a la realidad del mundo en que vivimos y, tal vez, pueda llegar a plantearse cambios más profundos que impliquen darle mayor protagonismo a sectores y/o clases sociales (que siguen existiendo, les guste o no a algunos políticos tradicionales) que históricamente han sido despreciados y por tanto dejados de lado. Me refiero tanto a empresarios rurales e industriales pequeños y medianos como a comerciantes, y por supuesto a los trabajadores, a todos por igual.
La realidad es el criterio de la verdad. Ella nos muestra que, a pesar de muchos años de políticas que buscaron minimizar las necesidades e intereses de dichos grupos, hoy resurgen, y van generando riqueza y espacio que hay que atender. Esta dinámica, este movimiento imparable, va sentando las bases de un país diferente que necesita desarrollarse y una base institucional diferente. Esto es lo que no han podido entender primero, y encauzar después, los llamados partidos tradicionales.
Es cierto que en el país existen dos visiones, lo cual no necesariamente implica que esté dividido en mitades. Por un lado, blancos y colorados (tal vez el Partido Independiente) y por el otro, el Frente Amplio. Pero esta realidad no implica que el país esté dividido en mitades.
Si nos atenemos a la definición de mitad del Diccionario de la Lengua Española, la mitad es «parte que, junto con otra igual, forma un todo», o «cada una de las dos partes iguales en que se divide un todo».
Para la Aritmética elemental «la mitad del número diez es cinco, ya que puedo dividir a diez en dos partes iguales de cinco cada una», más claro imposible.
Será posible que tanto políticos como periodistas puedan afirmar que nuestro país está dividido en mitades? Los resultados electorales según la página web de Radio El Espectador a las 12.02 del lunes 30 informaba que el resultado era: Frente Amplio: 53% y PN-PC 42,9% (sin retrotraerme al 2004).
No existe razón para que nadie hable de «mitades» en cuanto a apoyo político en el Uruguay cuando la diferencia entre uno y otro bloque es de 10%. No se trata de desconocimiento del concepto «mitad», el problema, obviamente, es político. Pero político de poco vuelo, que lleva implícita una pobreza de espíritu manifiesta porque hoy, en Uruguay y en el mundo, nadie que haya finalizado la escuela puede aceptar que 53% y 42,9% signifiquen una igualdad.
Es fruto de una mentalidad mezquina, de esa incapacidad tan uruguaya de reconocer la realidad tal cual es, de nunca aceptar la derrota, de trasladar la responsabilidad, no asumirla y, sobre todo, despreciar al ciudadano común. Este tipo de afirmaciones y conclusiones son las que alejan al hombre de la calle de la política. ¿Cómo se puede creer en un político o en partido o en un medio de comunicación que afirma este tipo de conclusiones? Se hace difícil.
Todos conocemos aquello de que «una mentira dicha mil veces se transforma en realidad» pero, en este caso parecería que se trata de la excepción de una regla (si es que realmente esta afirmación es una regla) porque nadie cree esa «mentira».
En realidad, lo que queda claro es que en política hay que trabajar todos los días, todo el año, siempre, con la gente. No se trata de entrar casa por casa cada cinco años. Es difícil hacer política desde Carrasco o Torres de Marfil, estén ubicadas en cualquier punto del país. Desde esas estratósferas es muy fácil perder el ancla con la realidad y fantasear, imaginarse un país que no existe y esto es válido tanto para políticos como para comunicadores. No abogo por unanimidades en política ni en los medios de comunicación pero sí de respeto y comprensión hacia los intereses y anhelos de la mujer y el hombre que hacen patria todos los días.
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