Uruguay era una fiesta, o la máquina mató al inventor
La imagen de la gente, sobre todo muchachas y muchachos, cantando bajo la lluvia con las banderas desplegadas al viento, quedará en la historia de la noche del 29 de noviembre en la rambla, frente al Columbia. Montevideo era una fiesta. Todo Uruguay también.
Blancos y colorados fraguaron el balotaje en la reforma constitucional de 1996 para impedir el acceso del Frente Amplio al gobierno. La maniobra se consumó de manera que hacía prácticamente imposible que un solo partido pudiera superar la suma de todos los demás partidos más todos los votos anulados, en blanco, observados y rechazados, o sea más de la mitad de todos los votos emitidos. Insisto en este concepto porque el mismo domingo 29 de noviembre (y también en la primera vuelta del 25 de octubre) se lo tuve con explicar en detalle a periodistas de muchos países y a invitados extranjeros, que desconocían este aspecto fundamental. No existe en ninguno de los 192 países representados en la ONU. Recuerdo el debate sobre la reforma constitucional en el Senado, y en particular las intervenciones de Joselo Korzeniak, Astori y Jaime Pérez contra este engendro mal nacido. Todos los esfuerzos y las variantes razonables para atemperar esa exigencia brutalmente antidemocrática naufragaron ante la muralla de los blancos y colorados juntos, que en este punto eran irreductibles. Habían pergeñado la reforma constitucional precisamente con ese objetivo, y lo impusieron contra viento y marea. El Frente recogió el guante y se propuso derrotarlos incluso en ese dificilísimo terreno y en condiciones muy desiguales.
En 1999, el mecanismo se puso en marcha por primera vez. El Frente pasó a ser la primera fuerza política. Era un cambio de fondo. Pero no alcanzó el 50%. En la segunda vuelta creció, pero se sumaron los votos blancos a los colorados y salió Jorge Batlle. En 2004 se consumó la hazaña. Tabaré recogió en primera vuelta el 50,45% de todos los votos emitidos y el Frente alcanzó una sólida mayoría absoluta en las dos cámaras. No conozco ningún precedente de esta naturaleza. En las elecciones municipales de mayo, el Frente sumó a la Intendencia de Montevideo, donde es indesarraigable, la de siete intendencias del Interior: Canelones, Salto, Paysandú, Florida, Maldonado, Rocha, Treinta y Tres. Era algo inédito, porque clausuraba la antigua dicotomía entre la capital y el Interior.
Ahora, en 2009, no llegamos en la primera vuelta del 25 de octubre. Nos faltó un poco más de un punto porcentual. Bajamos en Montevideo. Pero tuvimos compensaciones importantes. El Frente fue primera fuerza en 11 departamentos: a todos aquellos en que tenía en sus manos las respectivas intendencias (salvo Treinta y Tres), se sumaron Río Negro, Soriano, Colonia, San José, desplazando a los blancos de reductos tradicionales. Aumentó la ventaja sobre los blancos que habíamos alcanzado en 2004. La victoria ya no sólo en las ciudades sino en pequeños poblados del interior profundo, como ocurrió en Colonia y San José, era altamente reveladora. En Montevideo y Canelones se alcanzó la mayoría absoluta. En todo el Interior en bloque el Frente tuvo más votos que los blancos, y la ventaja se mantenía aunque se excluyera a Canelones.
Ahora, en el segundo turno, el Frente volvió a ganar con el mayor número de votos y el mayor porcentaje que tuvo ningún presidente en la historia del Uruguay. Tuvo más votos que en 2004. Superó a los blancos y a todos los demás partidos que se habían alineado tras la candidatura de Lacalle (aunque, sin duda, muchos colorados no siguieron la directiva de su partido, incluso un cierto número votó a Mujica, y lo mismo ocurrió con ciudadanos blancos que no votaron a Lacalle). El Frente le gana a Lacalle por más de 210 mil votos. En porcentaje se acerca a diez puntos porcentuales. El escrutinio primario da 1.183.503 votos y 52,59% a Mujica contra 974.857 votos y 43,32% para Lacalle. Estas cifras dejan de lado los votos en blanco (51.623, un 2,29%), los votos anulados (40.038, un 1,77%) y los votos observados (34.840, un 1,52%). Ahora bien: si se consideran solamente los votos para los candidatos (sin votos en blanco y anulados) la fórmula frenteamplista alcanza el 54,83%, y aún quedan por escrutar los 34.840 votos observados. Lacalle se queda con el 45,16% restante. La diferencia es de 9,67%. En ningún departamento Lacalle alcanzó la suma de los votos blancos y colorados del primer turno.
Importa aclarar este concepto porque en la CNN por ejemplo, Darío Klein dijo que Mujica ganó con el 52,59% de los votos, pero omitió que la cifra de Lacalle, en ese nivel de comparación, era 43,32%. Dijo también que, en el sistema uruguayo, el que gana la presidencia tiene asegurada la mayoría parlamentaria, lo que no es así en absoluto. Lo que ocurre es que por mérito propio el Frente ganó la una y la otra.
Pero hay más. En los 19 departamentos, sin excepción, el Frente aumentó su votación y su porcentaje en la segunda vuelta. En Montevideo recuperó el nivel de octubre 2004, con casi el 60%, superando el 56,3% de un mes atrás y le gana a Lacalle por 24 puntos. Lo mismo en Canelones: 51% en octubre y 55,7% ahora. En cinco departamentos tuvo más votos que los reunidos tras la candidatura adversaria: Montevideo, Canelones, Salto, Paysandú y Soriano. En varios otros se acortaron considerablemente las diferencias con la suma de los votos blancos y colorados. Esto coloca al Frente Amplio en buenas condiciones de conservar las intendencias que tiene en sus manos y de ganar otras en las elecciones municipales de mayo, en que cada partido presenta sus candidatos propios a la intendencia y a las Juntas Departamentales, y no se suman. El Frente ya se ha transformado en una poderosa fuerza de raigambre nacional, y el analista Luis Eduardo González estima que existen posibilidades ciertas de que continúe su crecimiento en el Interior.
Si volvemos al principio, al tema de la gestación del balotaje, resulta que la máquina mató al inventor.
Se abre una nueva etapa. Se habló de la década progresista del Frente en el gobierno. La plataforma de lanzamiento del nuevo quinquenio son las realizaciones del gobierno de Tabaré Vázquez, que por algo llega al final de su mandato con 71% de popularidad. Un símbolo: en las fotos de los evacuados en las inundaciones de Artigas, veíamos a los niños con sus computadoras XO. Vamos hacia una etapa más elevada, con un programa claro, para mejorar las condiciones de vida de todos y para proyectar al Uruguay en la región y en el mundo.
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