25 años del golpe en Argentina
Se cumple hoy un cuarto de siglo del golpe militar encabezado por los comandantes de las tres armas en la República Argentina.
A diferencia de los anteriores de 1930, 1943, 1955, 1966, el pronunciamiento militar de 1976 –como el uruguayo de 1973 y el chileno del mismo año– inauguró una era de tan despiadada crueldad y de represión tan sistemática e institucionalizada que, para caracterizarla con más precisión, se hizo necesario acuñar un concepto nuevo, el «terrorismo de Estado».
La represión política, sindical y cultural en todas sus formas adquirió tal magnitud que el terrorismo de Estado latinoamericano, en el plano de la represión, adquirió muchos de los rasgos de los Estados fascistas de la Europa de los años 30.
Tuvo también aspectos propios, originalidades propias de las condiciones de la región, del subdesarrollo y de sus tradiciones políticas.
En Argentina se desarrolló con una sorprendente e inaudita extensión la práctica de la desaparición forzada de personas como procedimiento sistemático destinado a paralizar por el terror, organizado desde el Estado, cualquier intento de resistencia originado en la sociedad civil.
La «desaparición» no se detuvo ante ningún umbral humanitario: fueron secuestrados centenares de niños y mujeres embarazadas. Muchas personas desaparecieron por el solo hecho de ser familiares de algún militante. Otros por su militancia gremial o por tener en su casa libros «subversivos».
Los militares genocidas de Argentina fueron un eslabón importante en el sistema de alianzas criminales selladas por los regímenes dictatoriales del Cono Sur a través del Plan Cóndor y es significativo el hecho que en las listas de desaparecidos en Argentina estén incluidos más de un centenar y medio de uruguayos así como militantes de izquierda chilenos, paraguayos, brasileños y bolivianos.
La soberbia y la embriaguez represiva que se desató llevó a que los militares secuestraran también a ciudadanos europeos, particularmente italianos, españoles, suecos y franceses, lo que, posteriormente generó demandas y la realización de juicios contra algunos de los más conocidos agentes de la represión.
La represión bajo «el proceso de reconstrucción nacional» actuó como si el sistema fuera a durar eternamente, como si nunca tuvieran que enfrentarse a la realidad de sus crímenes.
Como ocurrió en los demás países de la región e incluso antes que en Chile y que en nuestro país, las Juntas Militares argentinas se desmoronaron ante el malestar popular y los reveses sufridos en la trágica aventura militar de las Malvinas.
Recuperadas las libertades políticas a partir de 1983 se inició una agónica lucha por verdad y justicia impulsada desde la sociedad civil por organizaciones nuevas, como las heroicas Madres de Plaza de Mayo.
Y la sociedad argentina, el pueblo de ese país, sus jóvenes y sus periodistas, sus cineastas y sus músicos, los escritores y los maestros, desde diversas formas y tribunas, fueron instalando un gran debate sobre la impunidad, sobre la necesidad de saber la verdad, sobre la necesidad de la justicia reparadora ante los crímenes del terrorismo estatal.
En los 18 años que siguieron a los gobiernos militares la sociedad argentina ha atravesado por distintos momentos que incluyeron hechos formidables, únicos en la región latinoamericana, como el juicio a todas las Juntas Militares del proceso, el acto de sinceramiento más notable de los últimos decenios en cualquier país del mundo.
Y hubo también los momentos sombríos de las leyes de Punto Final, de Obediencia Debida y el Indulto.
Pese a eso, en Argentina la lucha contra la impunidad tiene vigor, creatividad. Sus impulsores también conocen los desmayos, la desesperación, la división y a veces se equivocan.
Pero desde todas las trincheras se procura no olvidar, la lucha por la verdad ha logrado que se desarrollen los juicios por la verdad, hay magistrados que han encontrados las formas jurídicas adecuadas para llevar nuevamente a la cárcel a los Videla, Massera y demás apropiadores de bebés nacidos en el cautiverio.
El aniversario del luctuoso episodio encuentra a la Argentina con graves problemas, de todo orden, pero a la vez, allí se lucha, se denuncia, se debate con menos hipocresía, con menos vergonzosos silencios y claudicaciones que los que lamentablemente siguen envenenando la convivencia en nuestra patria.
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