EDITORIAL

Se recurre al Estado para conjurar la crisis

Cuando a comienzos de los noventa el bloque mal llamado del socialismo real implosionó prácticamente sin que hubiera que derramar ni una gota de sangre, la euforia del mundo capitalista no tuvo límites.

Se trataba, objetivamente, del fracaso de un sistema perverso que conjugaba un régimen policíaco que perseguía con saña el disenso, proscribía el pluripartidismo y pisoteaba la libertad del individuo. Esa rigidez de un Estado omnipotente se reflejaba, también, en la economía planificada hasta extremos absurdos. La otra cara de ese sistema mostraba sociedades más igualitarias (o, si se prefiere, menos desiguales), a las que el Estado totalitario brindaba un cierto bienestar satisfaciendo sus necesidades básicas. Este último aspecto justificaba, según los panegiristas del sistema, la falta de libertades y el férreo control del Estado en todos los aspectos de la vida de esos países.

La caída del muro de Berlín en 1989 (con todo lo de simbólico que tuvo la demolición) y el posterior derrumbe de los regímenes del este europeo, incluida la Unión Soviética, desnudó una realidad que muchos preferían no ver, y afectó profundamente a la izquierda en general. Pero el regocijo de los países capitalistas no se debía a la democratización de las sociedades que hasta entonces habían soportado la represión estatal ni a la recuperación de las libertades públicas. Los líderes occidentales se mostraron exultantes por el fracaso de un sistema económico opuesto a los dogmas del capitalismo. Fue así que surgieron «pensadores» que agoraron el fin de la historia y de las ideologías. La democracia tal como se practica en occidente no es perfectible pues es perfecta; la libertad política debe complementarse con la más absoluta libertad económica. El Estado debe abstenerse de intervenir en las relaciones sociales y económicas y ocuparse exclusivamente de garantizar la seguridad y el orden; todo lo demás debe quedar librado a la regulación natural que brinda el mercado y sus sabias leyes.

El impulso neoliberal de los ochenta, con Reagan y Tatcher como timoneles emblemáticos, recibió, en los noventa, el espaldarazo a sus recetas que significó el derrumbe del campo socialista. Por estas latitudes el modelo LACE (Liberal, Aperturista, Concentrador, Excluyente) tuvo sus fervorosos adeptos, quienes se dedicaron a aplicar con fruición los dogmas y preceptos del Consenso de Washington. Los diez años de menemismo en Argentina dejaron una huella imborrable y nefasta para el bienestar de la gente.

Pero al margen de los ejemplos que revelan objetivamente que tales recetas son no solo inhumanas sino, además, ineficientes, la crisis del sistema global ocurrida el año pasado sólo pudo ser resuelta con medidas exactamente contrarias a las que preconiza el neoliberalismo. El Estado no tuvo otra alternativa que intervenir decididamente en el mundo de las finanzas para conjurar la crisis con medidas de corte keynesiano (pensamiento económico opuesto al neoliberalismo).

Sin embargo, los dogmas neoliberales sobreviven y parecen gozar de buena salud por estos lares. No en vano, algún candidato a la Presidencia resumió su pensamiento económico en la máxima «tanto mercado como sea posible; tanto Estado como sea necesario». Traducido a un lenguaje más directo, el enunciado significa «vamos a dejar todo librado al mercado, y sólo si las papas queman, recurriremos al Estado».

Pero, eso sí, una vez conjurada la crisis, volverán nuevamente a ensalzar las virtudes del mercado como si no hubiera pasado nada.

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