Ha muerto Héctor "Santa" Romero
Juan Carlos Mechoso
Un dolor profundo entró en el corazón de toda la gente que lo conoció.
Había muerto una gran persona, un luchador, un militante.
Algunos pensamientos llenos de rabia venían al galope: tantos asesinos y torturadores, tantos políticos y capitalistas cómplices e impulsores de las peores infamias, tanto corrupto que anda por ahí, y se nos va un hombre íntegro, un peleador contra las injusticias.
Era el Santa una persona, un militante anarquista, que predicó con el ejemplo.
Fue la suya una vida austera, modesta, vigorosa, rebelde, franca.
Muchas veces embellecemos la muerte poniendo o aumentando atributos nobles en los que han dejado este mundo. Acá no es preciso hacerlo.
«El viejo Santa era de lo mejor», me dijo un compañero joven el día de su velatorio y esa frase era más que certera.
Nuestro querido compañero abrazó las ideas anarquistas en 1959. Para él expresaban sus anhelos y sentimientos. Odiaba la injusticia, quería con el corazón que este mundo infame diera paso a algo mejor. Estaba dispuesto a arrimar el hombro para que vinieran los cambios con que soñaba.
Fue consecuente hasta la entrega total. Se jugó entero, no era de medias tintas.
Hombre venido de abajo conocía las negras entrañas del monstruo capitalista. No esperaba nada del de arriba, sólo confiaba en la lucha de los de abajo.
Odió siempre la hipocresía, a los alcahuetes, a los buchones, a los arribistas, a los que sólo andan detrás de los puestos, el «boquilleo».
A su fuerte temperamento, a su empecinamiento de algunas veces, lo acompañó con una generosa entrega, con una sencilla y sincera consecuencia.
Apegado a lo mejor de los valores obreros, fue la suya una vida modesta, solidaria, peleadora contra todo atropello y opresión. Tenía claro que había un enemigo enfrente.
Obrero y sindicalista en Rausa, militante del viejo y nuevo Ateneo del Cerro, impulsor del primer grupo de la OPR, encaró por igual tanto una expropiación bancaria como una labor de propaganda o sindical. Eran tareas militantes y nada más.
Pasó 15 años en prisión por su lucha revolucionaria, al otro día de salir ya estaba nuevamente en el «trille» militante, en la reconstrucción de la Federación Anarquista Uruguaya. Lo mismo ocurrió cuando salió en la fuga del Abuso, al otro día ya estaba integrando un equipo operativo de la OPR con miras de ir achicando la injusticia.
Era un silencio que gritaba. Rostros lívidos, Mucha gente con dolor y rabia. Era un espeso dolor el que flotaba en el cementerio del Cerro cuando el cajón que contenía sus restos era mirado por última vez. Cayó alguna lágrima, alguna puteada, hubo algún estremecimiento. El ambiente lo decía todo.
Allí estaba un pedazo de historia de nuestra organización, uno de esos luchadores sociales de nuestro pueblo que generosamente lo dieron todo.
Lo habían acompañado dos grandes amores, la bandera roja y negra de su FAU querida en la que estuvo toda su vida y la de ese cuadro que también llevaba en el corazón: el Club Cerro. Eran las cuatro de la tarde y quedaba gris el paisaje en esta Villa.
Sí, se nos fue el Santa, pero al mismo tiempo nos estamos quedando con su vida ejemplar, con su tenaz búsqueda de un mundo mejor. Con su pasión de lucha, con su repudio a este sistema rapaz, hambreador y genocida.
Hermano Santa, querido compañero, mirá que es de verdad que quedarás para siempre en nuestro recuerdo. Vos, como otros, llevabas un mundo nuevo en tu corazón y eso no muere. Vida ejemplar como la tuya no puede ser olvidada por ninguna persona bien nacida.
* Militante anarquista
Compartí tu opinión con toda la comunidad