Como decía Zelmar, "estamos bien"
Zelmar Michelini fue el primer compañero en presidir el Frente Amplio en la histórica sesión del 5 de febrero de 1971. En su intervención, que puso telón al acto de fundación, citó a Bertrand Russell y subrayó: «Cada país decide su destino y asume su compromiso. Hoy, aquí, el pueblo decide su destino y asume su compromiso. Ahora, a trabajar y a cumplir. El pueblo nos estará vigilando».
Ese mismo año, en el marco de la primera campaña electoral del Frente Amplio, en un discurso pronunciado en Florida, decía Zelmar: «Y si valoro siempre el aplauso de un amigo, también valoro a quien puede ser mi enemigo. Yo valoro tanto la palabra de un amigo, como la crítica de un enemigo. Y digo: estamos bien, cuando nuestros enemigos son esos que nos están marcando con el dedo y nos están enrostrando estas supuestas culpas». ¡Cuánta razón tenía Zelmar!
Desde su surgimiento, el Frente Amplio ha sido objeto de todo tipo de ataques y descalificación por parte de sus adversarios políticos. Pero insistimos ha sobrevivido con sus costurones rojos cual legado de las banderas de Artigas, el Jefe de los Orientales y Protector de los Pueblos Libres.
Esta campaña no ha sido la excepción. Antes, las ofensas y las peores calumnias partieron de filas blancas, coloradas y de sus aliados coyunturales, que apuntaron directamente al general Seregni y al profesor Crottogini, dos personalidades emblemáticas que integraron la primera fórmula presidencial del Frente Amplio. Sólo reproducir las canalladas de dirigentes y voceros de los partidos tradicionales de la época, insumiría varias resmas de papel de estraza.
Después, los agravios y la difamación del peor nivel enfilaron hacía el doctor Tabaré Vázquez, a quien algún dirigente del contubernio blanquicolorado comparó con Hitler. Y finalmente, en una retahíla de infundios, se volvió a insistir en los mismos términos contra el candidato por el Frente Amplio, senador José Mujica. A falta de argumentos y ante la creciente pérdida de credibilidad popular, todo vale para disparar contra el Frente Amplio.
En octubre, como ocurrió en las dos últimas elecciones, el Frente Amplio volvió a consagrarse como la primera fuerza política del país. Alcanzó el 47,96% de la totalidad de los votos emitidos, que en primera vuelta incluyen los sufragios en blanco y los anulados, lo que representa el 49,34% de los votos válidos. Esta votación le aseguró nuevamente la mayoría parlamentaria en la Cámara de Senadores y en la Cámara de Representantes. Aventajó al Partido Nacional por ¡435.320 votos! y al Partido Colorado por ¡712.955! En términos turfísticos, ganó con la fusta bajo el brazo y los rivales no aparecieron ni en la foto…de Frente.
Este resultado terminante e incuestionable, expresado a través de la voluntad popular, ha puesto en evidencia la intolerancia y la iracundia de los candidatos y de algunos dirigentes de los partidos tradicionales, responsables de la campaña hacia el balotaje. Desesperados, contrariados, de malhumor y con una mueca por sonrisa, fungen en el color rosado unidos por un discurso patético y vacío de contenido.
En esta lastimosa función, viejos conocidos intentan ser protagonistas. Son los doctores Jorge Batlle y Julio María Sanguinetti, del Partido Colorado. Y, por supuesto, el nacionalista doctor Luis Alberto Lacalle, siempre en las antípodas de los ideales de blancos ilustres como Leandro Gómez, Basilio Muñoz, Aparicio Saravia y Lorenzo Carnelli, entre otros valiosos compatriotas. Las actitudes y los dichos desestabilizadores del terceto, rubrican el ingrato perfil de la historia bicolor. No está de más recordar que ningún frenteamplista ocupó un solo cargo de los usurpados por la felonía golpista. En cambio, cientos y miles de civiles y militares que apoyaron el golpe de Estado y después formaron parte de los organismos de facto impuestos por la dictadura, pertenecían y siguen perteneciendo al Partido Colorado y al Partido Nacional.
Los tres ex presidentes posdictadura han sido principalísimos culpables de la caída estrepitosa de sus partidos como consecuencia de sus gobiernos de neto corte impopular. A vía de ejemplo, no es novedad que, a través de varias generaciones, el nombre de Jorge Batlle se asocie inevitablemente a la infidencia de la inmoral devaluación del 29 de abril de 1968 y, más recientemente, a la profunda crisis que afrontó el país en 2002. Solamente estos dos hechos de una larga lista que lo involucra, le causaron un cuantioso daño a Uruguay. En ambas circunstancias, sembraron caos, angustia, miseria, desorden e inseguridad.
Cuando era ministro del presidente Juan María Bordaberry, Julio María Sanguinetti redactó la Ley de Educación General Nº 14.401 promovida en clara antilogía de la reforma vareliana y opuesta al legado del doctor Carlos Vaz Ferreira. Su pretendida reforma hizo que el profesor Alfredo Traversoni y otros dirigentes batllistas pusieran distancia con esa ley de claro perfil autoritario, dogmático y reaccionario. Otro hecho que no puede pasar inadvertido fue su participación decisiva como hacedor de la Ley de Caducidad a partir del Pacto de Anchorena el 25 de julio de 1985, acordado con dirigentes blancos y militares del proceso. Apenas una ínfima parte del prontuario.
Luis Alberto Lacalle. Su gobierno pasará a la historia por su caótica administración, producto de su inexperiencia para ejercer la primera magistratura y agravado por el severo cuestionamiento y las denuncias de sus correligionarios por hechos de corrupción. Su actuación llevó a una dura derrota de los nacionalistas y dividió por primera vez al país político en tercios. Su «fiscalazo» al mes de asumir, la eliminación de los Consejos de Salarios, la clausura y persecución a los medios de prensa, la represión, el vaciamiento de los bancos Comercial y Pan de Azúcar son, apenas, algunos de los hechos que identifican un modelo de gobierno conservador y elitista.
Por ello, es natural y absolutamente lógico que blancos y colorados que gobernaron juntos actúen de consuno para defender sus intereses. Pero, como siempre, lo hacen sin propuestas y sin la menor sensibilidad por la angustia de los más pobres. ¡Cuán lejos están del ideario artiguista! Y, sin embargo, reclaman sus banderas… Enfrente está el pueblo uruguayo que indistintamente integran frenteamplistas, blancos, colorados, independientes y mujeres y hombres de todo el espectro político de la ciudadanía, tengan o no representación parlamentaria.
En los días previos a las elecciones de octubre escribíamos en el semanario «Voces»: «La gestión del gobierno frenteamplista se ha escalonado con realizaciones a corto, mediano y largo plazo. Razonablemente no puede pretenderse que en cinco años se haga lo que no se hizo en varias décadas de gobiernos blancos y colorados. En esta etapa, pues, es indispensable consolidar los avances, corregir errores y profundizar los cambios iniciados por el primer gobierno frenteamplista a nivel nacional, que cuenta con amplia aprobación de los uruguayos».
El Frente Amplio será nuevamente gobierno y José Mujica el Presidente de la República Oriental del Uruguay, porque así lo decidirá la ciudadanía ejerciendo su soberanía. No se trata de un pronóstico, pues no tenemos la condición de augur. Pero tampoco es necesario ser un zahorí ni poseer la magia atribuida al legendario mago Merlín, para señalarlo con firmeza y convicción. Los frenteamplistas «no nos dejaremos trampear nuestro destino», como afirmó el general Seregni en su discurso del 26 de marzo de 1971 en la explanada municipal.
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