Aportes a la investigación sobre Feldman

Conmovido por el hondo patriotismo exhibido por el diputado Borsari, así como por su olfato –para el que tiene dotes inocultables (confieso que me evoca una letrilla satírica de Quevedo)–, he resuelto sumarme a su Cruzada por la Verdad con el afán de aportar datos valiosísimos al ministro Bruni y al juez Díaz; no es cuestión de que después digan que uno es un ciudadano indiferente o, peor aún, que oculta información a la Justicia. Tenemos que ayudar a esa señora de ojos vendados (al igual que Cupido o la Fortuna), que precisamente por ser ciega, no ve los estrechos vínculos detectados entre Feldman y el Frente Amplio.

Dispuesto a quitarle esa venda ominosa es que me permito sugerir que se investigue a un tenebroso sujeto. Se trata del Pocho García, cabo segundo del Ejército Rojo, quien participó en la revolución del 17, quien estuvo en la defensa de Stalingrado y quien había sido contratado por el Ministerio por sus cualidades para fabricar vodka casero. ¿Qué hacía ese temible agente del Komintern en un sórdido cafetucho del barrio Aires Puros a la hora del incendio? Hay que averiguar, señor ministro. Hay que establecer claramente los vínculos que lo unen a Astori, pues sé (aunque no tengo pruebas) que ambos (el Pocho y Danilo) son hinchas de Nacional.

En segundo lugar, estoy casi seguro de saber quién es en realidad la misteriosa mujercita que buscás, la muñequita dulce y rubia que frecuentaba al contador y que resulta ser pieza clave para desentrañar la madeja del caso.

Luego de arduas reflexiones y de un prolijo descarte que me permitió desechar la hipótesis de que se tratara de la Dama de Rojo –la bella rubia de la campaña de Bordaberry–, de Julia Pou o de Mercedes Menafra, he llegado a la conclusión de que puede ser la Mae Susana Andrade, columnista de este matutino, líder religiosa y conductora del grupo Atabaque, integrado al Espacio 609. Usted, amigo lector, me hará notar que Susana no es precisamente una rubia nórdica, pero deberá coincidir conmigo en que los recursos tecnológicos de que disponemos permiten disimular el color de piel y del cabello. Diga, el señor ministro, si es cierto o no que se hallaron varias espadas de San Jorge en el arsenal de Feldman.

Tengo, también, firmes sospechas que recaen sobre Beatriz Argimón, quien fue desplazada de las listas de Alianza Nacional y perdió su banca de diputada. El rencor pudo haberla llevado a contactar a Feldman para hacerse de algunas lanzas y refugiarse en las cuchillas, cual émula de Timoteo Aparicio, para enfrentar a los doctores del Directorio.

En fin. Reitero que todas estas hipótesis están sustentadas en mis reconocidas aptitudes intuitivas, deductivas e inductivas. Y aunque reconozco que carezco de pruebas objetivas que avalen mis afirmaciones, el razonamiento que me llevó a ellas es inobjetable. Por lo tanto, me permito emplazar a todas y todos los nombrados, incluyendo al propio Borsari, a que nieguen públicamente sus notorios vínculos con el arsenal y a que confirmen su vocación democrática y de apego a las leyes. Como ha dicho con preclara lucidez el diputado interpelante, es muy sencillo: proclamen su inocencia ante el juez, y ¡Santas Pascuas! Todos amigos. ¿Quién puede sentirse ofendido?

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