La patria de todos Por Ricardo Cappeletti

Ningún proyecto individual de vida está desligado de la suerte que corra el Uruguay a contar del próximo 29 de noviembre. Ustedes, en cada rincón de nuestra geografía, al oriente del Río de los pájaros pintados y nosotros enfrentados a la majestuosidad de la Cordillera de Los Andes. Otros en Melbourne, Toronto, en Auckland o en Madrid, Barcelona o Maracaibo, en Sao Paulo, Quito o en Buenos Aires, Córdoba, Los Angeles y Nueva Jersey…

Todos uruguayos, Uruguay en el mundo, unidos por nuestros ideales democráticos y valores republicanos heredados del pensamiento y acción de José Artigas, ciudadanos de a pie que buscamos la patria de todos, la peregrina y la del país de montes y quebradas, de sierra, ríos y manantiales, de geografía humana que aquí y allá representa nuestra más bendita identidad.

La patria no se compadece con la representación que la derecha destaca en sus discursos electorales, apelando al orden, la seguridad, la propiedad privada y la hegemonía de las clases dominantes por la gracia de Dios. El pensamiento conservador ultramontano, la asociación estratégica con la impunidad más descarnada para quienes agredieron a la nación, no representa al Uruguay, a su pueblo y a sus valores libertarios y democráticos.

La máscara del neo liberalismo esconde la verdadera cara del fascismo, de la cual la tierra oriental fue víctima desde la implantación del estado de sitio a finales de los años 60, pasando por una prolongada y brutal dictadura militar.

Ese orden impuesto a sangre y fuego se vio acompañado de políticas económicas que diezmaron, aniquilaron a la sociedad uruguaya, generaron pobreza, indigencia, hambre y pandemias sociales, exilio económico y político.

Los gobiernos posteriores a la dictadura militar, en particular el gobierno del candidato por la gracia de Dios, no hicieron otra cosa que profundizar la enorme brecha de desigualdad que existe entre los más ricos del Uruguay y los que ocupan el último peldaño en la escala social, dentro de la cual, los niños indigentes fueron los más vulnerados en sus derechos por el modelo que blancos y colorados impusieron a rajatabla desde fines de los años 50 en materia económica y fiscal, hasta que el gobierno del Frente Amplio comenzó a cambiar el curso de la historia uruguaya.

 

Se nos ha acusado sistemática e históricamente de promover la violencia. Nuestro Frente nació a la vida ciudadana en el momento de mayor violencia social. Violencia arriba con escuadrones de la muerte y medidas prontas, intervención de prensa y cercenamiento a las libertades públicas, y violencia abajo en la oprobiosa miseria de hombres y mujeres hacinados en los cantegriles, escapando de la explotación del latifundio esclavista.

Fuimos somos y seremos una fuerza política pacificadora, pues la paz ciudadana sólo se construye con justicia social, con gobierno para todos, en particular para los más débiles .

 

No nos corresponde a nosotros enumerar y recordarle a nuestros detractores y adversarios el estado de situación en el que el Dr. Tabaré Vázquez debió asumir su mandato, a la manera de un gobierno de reconstrucción nacional, luego de una crisis especulativa y financiera que dejó en bancarrota a vastos sectores sociales y que decretó el fin de la hegemonía blanquicolorada, la política clientelística y el uso del aparato estatal para beneficio propio.

Se acabó ese Uruguay de repartijas, de impune complicidad entre el poder económico y la brutalidad de la fuerza.

La historia nuestra, en particular, ha demostrado ser una caprichosa construcción de carácter colectivo, cuya acumulación de fuerzas continúa ascendiendo en el dinámico umbral hacia el porvenir de progreso, paz social y felicidad para el pueblo oriental.

Permítannos entonces retrotraernos a las sensaciones que experimentamos como simples ciudadanos en la Plaza de Maldonado el pasado 25 de octubre, luego de cumplir con el deber cívico, bajo un cielo celeste poblado de muy escasas nubes, confundidas con la estatua del prócer, mezclado con su pueblo.

Se veía allí verdadera y multicolor patria, dignidad, regocijo colectivo, se veía gente humilde, esperanzada y fundida bajo el estandarte de Fernando Otorgués, que antecedió en la historia al pabellón presidido por el sol que alumbra nuestros sueños de libertad y de futuro.

La bendita bandera uruguaya constituye la representación de todos sus hijos sin distinción de clases e ideologías, pero muy especialmente bajo su sombra y tremolar, escuda hoy más que nunca al niño de escasos recursos de la escuela pública rural y de la ciudad que comparten la misma aula junto al más pudiente. Funde bajo su sol al crisol multirracial, diverso y democrático, representado a cabalidad en el único proyecto de desarrollo nacional que representan José Mujica y Danilo Astori y al que la ciudadanía dará el 29 de noviembre su más absoluto respaldo.

No bastan sin embargo los buenos deseos y la mirada retrospectiva hacia el 31 de octubre de 2004, día en que los uruguayos comenzamos a plasmar la patria de todos, no de unos pocos.

Regresaremos a votar desde todos los rincones del mundo, cumpliendo como militantes de la vida y por aquellos que felizmente no conocieron un pasado de violencia, injusticias y de horror para que de ellos sea el porvenir. Volveremos al Uruguay físico a ejercer el derecho más caro de cualquier ciudadano porque somos parte irrenunciable de ese colectivo social, de sus luchas, de sus conquistas, de su futuro.

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