EDITORIAL

El Partido Nacional despojado de wilsonismo

El jueves 12 se publicó una declaración firmada por Amigos de Fernando Oliú titulada «A los Jóvenes Blancos». En ella se expresa, con una contundencia que no admite medias tintas, el rechazo no sólo a la campaña canallesca desplegada por la fórmula nacionalista, sino al discurso imperante del Partido Nacional, que pretende mostrar a su candidato presidencial como heredero del wilsonismo.

Para ello, enumera una serie de episodios de la historia reciente que desmienten la falsa imagen wilsonista con que se intenta vestir al doctor Lacalle. Porque no se trata solamente de diferencias personales o de rivalidades naturales de liderazgo (mientras vivió, Wilson Ferreira fue el conductor indiscutible de su partido), sino que estamos ante dos figuras antagónicas desde el punto de vista político e ideológico; dos polos opuestos que sólo el singular sistema de partidos uruguayo permitió que convivieran en un mismo lema. Lo hemos dicho más de una vez: la reforma electoral de 1996 tuvo la virtud de sincerar y esclarecer, a los ojos del ciudadano, la oferta electoral que se le presentaba. Al instaurar las elecciones internas partidarias de las que surgiría el candidato único a la Presidencia, los partidos tradicionales ya no pudieron ofrecer candidaturas tan disímiles como Payssé y Zumarán en el 84, o Pacheco y Flores Mora en el 71.

Aquel sistema perverso del doble voto simultáneo convertía a los partidos en una especie de asociación de individuos vinculados sólo por la adhesión irracional a una divisa, lo que llevó a que pudieran cobijar bajo su manto generoso, sustentado en cuestiones emotivas, ideas y propuestas radicalmente opuestas. De ese modo, el votante pretendía elegir a uno de los candidatos pero terminaba aportando su voto al candidato adversario dentro de su propio partido, con lo cual ayudaba al triunfo de su colectividad pero no de su candidato.

En fin, eso ya es historia y actualmente ningún votante de los partidos tradicionales puede llamarse a engaño; sabe perfectamente bien a quién está votando. En junio elige al candidato, y si quien resulta electo no es de su agrado, puede en octubre votar a otro partido o no pronunciarse votando en blanco o anulado. Por eso llama la atención que ese grupo de amigos de Fernando Oliú, que con tanta lucidez y valentía expone las profundas diferencias entre Wilson Ferreira y Luis Alberto Lacalle, proclame su voto a este último.

Vale la pena recordar sucintamente los episodios evocados en ese mensaje a los jóvenes blancos. En primer lugar, la adhesión del joven Lacalle a la «caravana por la democracia» organizada por el pachequismo en la campaña electoral del 71. Tenemos luego al joven diputado Lacalle integrando el grupo de «blancos baratos» que acordó con Bordaberry sin oír la resolución del directorio. Después del golpe, Lacalle fue un firme opositor a la Convergencia Democrática, inspirada por Wilson Ferreira en el exterior, que nucleó a frentistas y blancos. En el plebiscito del 80, tal como el doctor Zumarán lo refirió a LA REPUBLICA en una reciente entrevista, el doctor Lacalle manifestó su adhesión al SI de la dictadura.

Pero por sobre todas las cosas, basta asomarse al ideario y propuestas de Ferreira Aldunate para comprobar el abismo que hay entre este y el modelo de país que impulsó Lacalle en su gobierno privatizador.

Sin duda, hay votantes blancos que se sienten sinceramente wilsonistas e ingenuamente apuestan a recuperar el ideario de Wilson Ferreira. Pero no advierten que el wilsonismo dentro del Partido Nacional murió definitivamente con la derrota electoral del doctor Zumarán en las elecciones de 1989, cuando la vieja colectividad de Oribe fue ganada por sectores y dirigentes de la derecha más pura y dura, y sigue estando en sus manos.

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje