EDITORIAL

El discurso mentiroso de la derecha

Según un análisis primario de Oscar Bottinelli, responsable de la encuestadora Factum, los más de 43 mil votos que el Frente Amplio perdió en Montevideo respecto de los obtenidos en 2004 se deben a electores de clase media disconformes con el impuesto a la renta y con la falta de seguridad.

En esta página ya habíamos advertido que los únicos flancos débiles de la gestión del gobierno progresista eran la política impositiva y la sensación de inseguridad instalada en la población. Con esto no queremos de ninguna manera sumar nuestra voz al coro histérico de la derecha, sino simplemente apuntar, a que la oposición conservadora había, seguramente, de explotar al máximo esos dos asuntos para desprestigiar al gobierno con fines electorales.

El tema de la inseguridad derivada del aumento de la delincuencia no es un problema que pueda razonablemente atribuirse al gobierno del doctor Vázquez. Todos los candidatos de la oposición, sensatamente y sin excepción, reconocieron que el problema se arrastraba desde varios años atrás; no obstante, leyendo entre líneas el discurso de la derecha, fue posible advertir (y sigue siendo posible) un mensaje particularmente crítico a la política de seguridad desplegada por el gobierno de izquierda, que transmite la idea de que la inseguridad es mucho mayor bajo este gobierno que antes.

Desde luego que para esa prédica perversa contaron con el nada despreciable apoyo de los medios masivos audiovisuales, en cuyos informativos centrales se dio una cobertura cuantitativa y cualitativamente desmesurada a todo hecho policial. No estamos diciendo que la inseguridad sea solamente una «sensación térmica» pues tonto sería negar la realidad objetiva, pero tampoco podemos negar que los informativos televisivos abonaron convenientemente la sensación de inseguridad hasta internalizarla en la población.

Pero como queda dicho más arriba, el auge de la delincuencia no es de ahora. Recordemos que en la campaña electoral de cara a las elecciones de 1994, muchos mensajes publicitarios aludían a la falta de seguridad y a la inoperancia del gobierno para combatir el mal. Era el último año del gobierno del doctor Lacalle, que se había dedicado, concienzudamente, a aplicar las recetas neoliberales que destruyeron el aparato productivo, pretendiendo hacer del país un paraíso fiscal y plaza financiera, con lo cual lograron expulsar a miles de compatriotas a la pobreza y a la marginación, caldo de cultivo inmejorable para el vigoroso desarrollo que tuvieron las conductas delictivas.

Si pasamos del problema de la seguridad a la reforma impositiva, podemos comprobar que la derecha ha desplegado una estrategia similar, con falsedades, ocultamientos y tergiversaciones. El discurso machacón de los dirigentes políticos blancos y colorados se centró en anatemizar el impuesto a la renta a trabajadores y pasivos, soslayando cuidadosamente el hecho que la reforma impositiva significó un alivio para los salarios y pasividades más bajas y que incluso para los ingresos medios representó una baja considerable respecto de lo que tributaban por concepto de impuesto a las retribuciones personales antes de la reforma.

Fueron tan hábiles al presentar al IRPF como un saqueo indiscriminado al bolsillo de los asalariados, que muchos de quienes se beneficiaron con la reforma repetían los conceptos del discurso de la derecha, sin detenerse a comprobar en sus propios recibos si las afirmaciones de la oposición eran correctas o no.

La derecha no es tonta y no descansa. Corresponde a los dirigentes, cuadros y militantes de izquierda desnudar las mentiras y demoler la estrategia perversa

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