Enemigos extranjeros y autóctonos asociados
Alberto di Candia Mangeney
Ha sido presentada en el Festival Panafricano de Cine y TV (LA REPUBLICA del 18 de febrero) la película «Adangaman», del director marfileño Roger Gnoan M’Balla y coproducida por Costa de Marfil, Burkina Faso, Francia, Italia y Suiza. El realizador ha declarado que en el filme «se evoca la complicidad de los pueblos africanos en la venta como esclavos de sus hermanos», aunque «no minimiza el papel de los negreros blancos».
En los últimos meses de 2000 la película obtuvo el Gran Premio del Festival de Amiens (Francia) y también fue exhibida en su similar de Toronto (Canadá). En Amiens los espectadores blancos opinaron que el filme no era digno de ser creído, lo que fue refutado por los espectadores negros, pero en Toronto las reacciones fueron inversas.
Son comprensibles la conmoción y las dificultades interpretativas causadas por la película, al ser presentado su tema por los medios de comunicación de masas, es decir a los grandes públicos. Pero ese tema ya ha sido tratado, desde bastantes años atrás, por una considerable cantidad de acreditados historiadores, antropólogos, etcétera. Es así que en la actualidad no puede afirmarse que el incalificable tráfico de esclavos africanos practicado durante siglos es imputable sólo a la responsabilidad de los imperios centrales de turno (Holanda, Portugal, España, Inglaterra, Francia, Estados Unidos). En efecto, muchos negros llevados a las metrópolis como esclavos ya tenían esta calidad en sus países de origen, y aquellas los compraban a sus amos africanos.
Dichos amos eran jefes guerreros, mercaderes y reyezuelos que comercializaban a reales o supuestos delincuentes o infractores de la ley moral (como los conspiradores o las mujeres adúlteras, respectivamente), así como a prisioneros de guerras que a menudo se declaraban sólo para vender a los vencidos, etcétera. Había también numerosos negros que se vendían voluntariamente o vendían a sus hijos para escapar a las hambrunas, una de las innumerables calamidades que hasta hoy sufre el continente africano. Lo fundamental es, según expresa Eric R. Wolf en 1983 («Europa and the People Without History»), la existencia de una escandalosa disposición de los jefes a colaborar con los europeos dedicados a la trata de esclavos.
Después de todo, la caza directa de esclavos por los negreros era difícil y llena de riesgos, y para ella era frecuente que sólo se podía recurrir a aventureros. Los otros métodos de apropiación eran más sencillos y menos peligrosos. Además, muy a menudo los traficantes confiaban la caza de esclavos a otros negros a los que contrataban especialmente, no a cambio de dinero porque éstos con frecuencia lo desconocían, sino de pólvora, balas y aguardiente (se cambiaban los prisioneros por fusiles y ron, dice el director de «Adangaman»). Incluso no faltó la ocasión de que negros esclavizaran blancos, por ejemplo marineros a quienes capturaban. Hasta han quedado al descubierto casos de indios selváticos peruanos e indígenas norteamericanos propietarios de esclavos negros.
Todo ellos nos convence de que debemos estar muy atentos frente a las interpretaciones mecanicistas, unilaterales y maniqueas del tema objeto de esta nota, y en su lugar atender a la multicausalidad y las relaciones dialécticas, actitud que debe tomarse no sólo al tratar el referido tema sino también todos los hechos históricos y políticos en general, pasados y presentes. Es por ende insostenible la opinión de algunos autores como el actualmente tan citado Samin Amir, que funda con exclusividad importantes aspectos de su pensamiento en el «peligro blanco», de cuya existencia no cabe dudar, pero que debe ser visto en relación con los demás factores actuantes.
Por otra parte, procede recordar que es muy frecuente que en las relaciones de dominio político o económico de las grandes potencias sobre los países más débiles, aquéllas usen para alcanzar sus fines (lo que a veces les resulta indispensable) el apoyo de fuerzas internas de los estados que pretenden someter, por lo que la colaboración de los africanos con los esclavistas no es un ejemplo pedido en el fondo de los siglos pasados. Así, a la Alemania hitleriana le fue muy sencillo el «Anschluss» (anexión) de Austria en marzo de 1938, dada la gran fuerza que el nazismo tenía en el país anexado; asimismo Alemania tuvo importantes facilidades al ocupar Francia en el verano de 1940, gracias al apoyo que significó la traición de Pétain y de buena parte de la derecha francesa, que culminó con la formación del gobierno colaboracionista de Vichy; por su parte, pocas semanas después de Pearl Harbour (7 de diciembre de 1941), Japón conquistó fulminantemente las entonces llamadas Indias Orientales Holandesas valiéndose del activo apoyo del movimiento que procuraba independizarse de los Países Bajos. Y en el presente, el camino por el que transita la vertiginosa mundialización del ultraliberalismo económico impulsado por los dominantes centros de poder, ha sido allanado por la debilidad –generalmente deliberada– de los gobiernos que deberían enfrentar estas nuevas formas de agresión, y el apoyo de los pequeños o grandes grupos políticos, económicos, mafias, etcétera, que pretenden beneficiarse con su dependencia del moderno modelo, a costas del padecimiento de sus propios pueblos.
* Abogado
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