Antecedentes históricos de la coalición rosada
Más allá de sorpresas o frustraciones, las elecciones del domingo pasado han confirmado, una vez más, la tendencia creciente a una polarización del electorado, tendencia que venía insinuándose ya desde mucho tiempo atrás.
Venciendo miedos y resquemores, los ciudadanos uruguayos siguen dando su apoyo mayoritario al Frente Amplio, que aparece por tercera vez consecutiva como la fuerza política más votada. En el otro polo se ubican los dos partidos tradicionales, otrora rivales y hasta enemigos y hoy mancomunados en el esfuerzo de impedir un nuevo gobierno de la izquierda. A tal punto se han desdibujado sus perfiles, mimetizados e indistinguibles en esa coalición rosada, que a nadie sorprende el apoyo recíproco que ambas colectividades se brindan generosamente; es que tanto colorados como blancos ofrecen un único modelo de país cuyo sustento doctrinario se halla en el Consenso de Washington y en una concepción conservadora de la sociedad.
Cuando en ocasión del balotaje de 1999, el doctor Lacalle no vaciló en proclamar su apoyo al doctor Batlle e incluso llegó a exhortar a sus votantes a acompañar la fórmula colorada, quedó definitivamente sellada la alianza al tiempo que se diluyeron las respectivas identidades de cada uno de los dos partidos históricos. Muchos se sorprendieron al ver que el nieto de Luis Alberto de Herrera brindaba su apoyo al hijo de Luis Batlle Berres; algo impensable unas décadas atrás, cuando ambos caudillos eran más que simples rivales y se denostaban recíprocamente.
Hoy, la situación ha cambiado, pero las lealtades esbozadas en 1999 se confirman: el perdidoso Partido Colorado ya ha anunciado oficialmente su apoyo público a la candidatura de Lacalle en su disputa con el Frente Amplio; y también vuelven los asombros: «¿Un batllista es capaz de votar a Lacalle de Herrera?», se preguntan algunos, del mismo modo que en 1999 se sorprendían diciendo que un blanco no puede votar a un Batlle.
Atrás quedaron las épocas de épicas luchas entre blancos y colorados. Recuérdese a la doctora Alba Roballo después de la derrota del Partido Colorado en 1958, cuando afirmó: «A los blancos, ni un vaso de agua», en relación a la posibilidad de acompañar desde el Parlamento alguna medida del gobierno nacionalista, que no contaba con ciertas mayorías en las Cámaras.
Sin embargo, quienes así se asombran parecen no advertir que Bordaberry apoya actualmente a Lacalle en retribución del apoyo que el joven diputado blanco Luis Alberto Lacalle de Herrera otorgara a su papá en 1972. ¿O alguien puede olvidar que en julio de ese año se concretó el pomposamente llamado Acuerdo Nacional, más conocido como Pacto Chico, entre la minoría nacionalista (más alguno que otro wilsonista) y el gobierno de Juan María Bordaberry? Entre esa minoría blanca que había votado a Mario Aguerrondo en noviembre de 1971 y que respondía al liderazgo de Martín R. Etchegoyen, se contaba el diputado Luis Alberto Lacalle de Herrera junto a Luis Alberto Heber, Washington Beltrán y Francisco Mario Ubillos. A raíz de ese hecho político fue que surgió la expresión «blancos baratos» para referirse a la minoría acuerdista que dio la espalda a Wilson Ferreira Aldunate. Al tomar conocimiento de las conversaciones para llegar al acuerdo, el gran caudillo blanco expresó: «Yo sé que hay blancos baratos que se quieren vender».
Prácticamente despojado de todo rastro de wilsonismo, el partido fundado por Oribe se ubica decididamente a la derecha del espectro, y por eso cuenta con el apoyo del actual líder colorado. Por eso resulta un contrasentido que los blancos auténticamente wilsonistas y los batllistas auténticos puedan sumar sus votos a favor de un candidato tan notoriamente alejado de los ideales progresistas.
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