Un sistema electoral transparente
Los ciudadanos y ciudadanas uruguayos/as, el pueblo, el cuerpo electoral y todos los sinónimos posibles están convocados a una nueva instancia electoral. Hoy deberemos elegir a quienes habrán de dirigir los destinos de la patria hasta el 1º de marzo de 2015.
A diferencia de otros países democráticos en los que las elecciones parlamentarias están separadas en el tiempo de las presidenciales, nuestro régimen electoral establece que en una misma elección se vote al titular del Poder Ejecutivo y a los integrantes del Legislativo. La enmienda constitucional de 1996 introdujo la segunda vuelta o balotaje para el caso en que ninguno de los partidos obtenga la mayoría absoluta. Esta circunstancia ha hecho que algunos candidatos sostengan que en la primera vuelta del último domingo de octubre, se eligen diputados y senadores, y que en la segunda vuelta de noviembre es cuando se elige verdaderamente al presidente y al vicepresidente. Esto no es así pues, en la elección de 2004, el Frente Amplio obtuvo el triunfo en la primera vuelta con lo cual el doctor Tabaré Vázquez fue ungido presidente en la instancia de octubre. Sin embargo, hay ciudadanos para quienes la primera vuelta sirve para elegir a los miembros del Parlamento, y pueden votar un lema en octubre y, si hay balotaje, en noviembre elegir al candidato del partido adversario. No advierten que es una apuesta peligrosa ya que el voto de octubre puede decidir, al mismo tiempo que la integración del Parlamento, quién será el titular del Ejecutivo.
Pero interesa destacar que esa misma reforma del sistema electoral que introdujo la segunda vuelta o balotaje también estableció la candidatura única por lema, surgida de elecciones internas obligatorias. Esto resultó un cambio de enorme importancia por cuanto terminó con una práctica perversa y antidemocrática, la del doble voto simultáneo. Hasta la reforma del 96, cada lema podía ofrecer multiplicidad de candidaturas a la Presidencia de la República, y como los lemas tradicionales albergaban impúdicamente opciones ideológicas diversas y candidatos casi antagónicos, el ciudadano podía terminar dando su voto a un candidato de su partido con el cual no comulgaba en absoluto. El recordado Hugo Batalla sostenía con fina ironía que en el Uruguay el voto era tan secreto que ni siquiera el elector sabía a quién había votado. Hay innumerables ejemplos de esto que señalamos; el ciudadano colorado que en 1971 votó la lista que llevaba como candidato a la Presidencia a Manuel Flores Mora terminó sumando para que Juan María Bordaberry resultara electo. Del mismo modo, y para poner el ejemplo opuesto, el votante nacionalista que eligió la opción ultraconservadora que representaba el general Aguerrondo sumó votos para la fórmula Wilson Ferreira-Carlos Julio Pereyra, aunque esta última no resultó triunfante en el plano nacional merced a un fraude electoral por todos conocido. Una trampa siniestra que fue felizmente eliminada y que dotó de la transparencia imprescindible al acto electoral. A partir de la reforma de 1996, ningún elector puede llamarse a engaño pues su partido tendrá, necesariamente, un solo candidato a la Presidencia surgido de las elecciones internas de junio.
Es posible que nuestro sistema electoral contenga ciertos aspectos que puedan corregirse, pero no hay dudas de que es transparente y que apunta a garantizar el ejercicio ciudadano democrático por antonomasia.
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