El informe Ceres
Lo del título bien podría asimilarse a la prédica del Dr. Lacalle, pero el hecho es que, a diferencia de este último, el informe Ceres se precia de contar con una sólida base académica. Según su autor, esto le adjudicaría, un alto valor estratégico. Y, efectivamente, lo primero que sorprende en el informe es que, en su diagnóstico de situación, se incorporan problemas sociales cuyo carácter estratégico ha sido señalado por la izquierda durante décadas, usando, además las mismas denominaciones (marginalidad, exclusión social, extremas diferencias salariales, etc. etc). En contraste, las recomendaciones del informe Ceres rememoran el Consenso de Washington. Consenso, cuyo actual estado de letargo no implica su definitiva desaparición en tanto sigan habiendo economistas que, como Talvi, parecen haber jurado fidelidad eterna a connotados principios neoliberales tales como privatización, desregulación, flexibilización laboral, etc.
Sin embargo, en estos tiempos, cuando los mercados colapsan y los gobiernos se transforman en el último recurso del sistema, es necesario reformular los postulados del citado Consenso de forma tal que no hieran el sentido común de los eventuales lectores. Para evitar este riesgo, se expresan algunas vagas metas de política que bien podrían ser refrendadas por todo el espectro ideológico desde la derecha neoliberal a la izquierda social-democrática. En efecto ¿quién podría estar en contra de, cómo dice Talvi, «asegurar la estabilidad macroeconómica»? ¿o de «mejorar la calidad de los servicios públicos? Por otro lado, ¿quién podría discrepar con el llamado de Talvi a «combatir la marginalidad?» Quizá el único punto que podría sobresaltar al lector, ya anestesiado por las proclamas talvianas, es cuando se lo convoca «a modernizar y flexibilizar las relaciones laborales». Empero basta seguir avanzando en el informe para que todos nos demos por enterados de a qué se está refiriendo Talvi cuando dirige su artillería a dichas relaciones.
Revisando las recomendaciones del informe Ceres nos encontramos que, de aplicarlas, terminaríamos en poco tiempo no solo con todos los problemas sociales que nos aquejan sino también con fundamentales obstáculos económicos tales como las recurrentes crisis financieras y bancarias. Para evitar estas últimas Talvi nos brinda algunos consejos al estilo del afamado cuento de la hormiga y la cigarra: en épocas de boom económico ahorre los ingresos extraordinarios en un fondo de reserva y en períodos de recesión o contracción de la economía use el fondo de reserva acumulado en el período anterior para «cumplir con las obligaciones financieras sin sobresaltos y hacer sostenible una trayectoria de gasto público estable». Las elucubraciones en torno a este tema nos llevan del otro lado de la cordillera donde según Talvi las «hormigas» chilenas aplicaron sus consejos con el resultado de haber gastado solo «30 pesos de cada 100 (recaudados)» en las buenas épocas. Esto contrastaría con las «cigarras» uruguayas que llegamos a gastar «123 pesos de cada 100 del aumento de los ingresos fiscales entre 2004-2008″. La pregunta que surge inmediatamente de esta comparación se refiere a las fuentes de ingreso de ambos gobiernos, el chileno y el nuestro. Es que Talvi parece olvidarse de que Uruguay no cuenta con un sector minero estatal del cobre cuyas exportaciones han brindado y brindan un constante flujo de sustanciales recursos financieros al estado chileno, más allá de los vaivenes del mercado interno. Pero, quien sabe, quizá Talvi nos está enviando algún mensaje subluminal al estilo: «Buscad alguna fuente comparable de ingresos extras que nos ayuden a formar un fondo de estabilización como el chileno sin depender de los vaivenes de mercado interno». Uno se atreve a pensar que Talvi está tratando de tentarnos con el ejemplo de algún vecino más cercano y más comparable como Argentina y sus detracciones agrícolas. ¡Vade Retro!
Pero, donde Talvi se lleva realmente las palmas es cuando aborda el tema de las relaciones laborales. En ese apartado se hacen una serie de afirmaciones que más parecen autos de fe de un convencido neoliberal que aseveraciones científicas. Basta una de ellas para ilustrar esta propensión ideológica. Dice Talvi: «En definitiva, las reformas laborales (del FA), si bien le han transferido un gran poder a la cúpula sindical, no han redundado en beneficios para los trabajadores, sino que más bien lo contrario: dado el crecimiento de la economía, el salario ha crecido menos que lo esperable». ¿Que lo esperable? ¿Por quién? ¿Bajo qué condiciones? ¿En base a qué comparación de tendencias y condiciones del mercado de trabajo (niveles iniciales y finales de desocupación por ejemplo)? El lector interesado en conocer la respuesta a estas preguntas deberá conformarse con la «solución» aportada por Talvi. Se trata del «modelo danés» en el que se combinarían exitosamente un alto grado de sindicalización con negociación colectiva y, lo que más desvela a Talvi, una gran flexibilización. Sería bueno que Talvi descubriera otros dos componentes de ese modelo que no serían tan de su agrado. Por un lado, el funcionamiento del mercado de trabajo danés que tanto admira, está acompañado por un sistema de seguridad social cuya amplitud, costos fiscales y, por tanto, financiación impositiva son comparables a los de Suecia y Noruega. Por el otro, la tan mentada flexibilidad laboral, particularmente la cuantitativa, ha traído como consecuencia que las empresas danesas se preocupen mucho menos que sus similares nórdicas de la formación y el entrenamiento de sus propios trabajadores. Eso ha implicado nuevos costos para el Estado, que debe sustituirlas en esa función si es que quiere mantener dicha flexibilidad en el mismo nivel.
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